Antes de hablar de presupuestos, infraestructura, becas o cobertura educativa, habría que regresar al principio: ¿qué significa enseñar y qué significa aprender?
El proceso de enseñanza-aprendizaje es una relación en la que el docente organiza, orienta y crea las condiciones para que el estudiante construya conocimientos, desarrolle habilidades y pueda utilizar lo aprendido. No consiste simplemente en que un maestro explique y un alumno escuche. Enseñar implica diagnosticar qué sabe el estudiante, determinar qué necesita aprender, seleccionar estrategias, explicar, preguntar, observar, retroalimentar, evaluar y, cuando el aprendizaje no ocurrió, modificar la manera de enseñar.
Ahí comienza uno de los grandes problemas de la educación: haber enseñado un contenido no significa necesariamente que el alumno lo haya aprendido.
Un profesor puede explicar correctamente una operación matemática y descubrir después que parte del grupo no puede resolverla por sí sola. Puede trabajar un texto durante toda una clase y encontrar estudiantes capaces de leerlo en voz alta, pero incapaces de explicar lo que significa. Puede avanzar con el programa mientras algunos alumnos siguen arrastrando conocimientos que nunca consolidaron.
Desde una oficina eso puede convertirse en una estadística. Desde el escritorio del maestro es un problema pedagógico cotidiano.
Y estamos hablando de un sistema gigantesco. Al iniciar el ciclo escolar 2026-2027, el Gobierno de Veracruz informó el regreso a las aulas de más de 2 millones de estudiantes de todos los niveles y alrededor de 150 mil maestras y maestros. Solamente en educación básica son aproximadamente 1.2 millones de estudiantes y cerca de 91 mil docentes. La magnitud importa porque detrás de esos números existen miles de grupos en los que un profesor debe convertir programas, libros y contenidos en aprendizaje real.
El maestro recibe un grupo, pero no recibe treinta alumnos iguales. En un mismo salón encuentra estudiantes con diferentes conocimientos previos, capacidades, ritmos de aprendizaje, hábitos de estudio, niveles de comprensión, contextos familiares y motivaciones. Algunos entienden inmediatamente; otros necesitan ejemplos adicionales, materiales visuales, ejercicios, repetición o atención individual.
El primer gran problema aparece cuando los aprendizajes previos no están consolidados.
El conocimiento se construye sobre conocimientos anteriores.
Un profesor de quinto difícilmente podrá avanzar normalmente con fracciones si algunos estudiantes todavía tienen dificultades con multiplicaciones y divisiones. Un maestro de secundaria tendrá problemas para analizar textos si parte de sus alumnos presenta deficiencias de comprensión lectora. El profesor de bachillerato recibe posteriormente muchos de esos vacíos. Entonces aparece un dilema que conocen perfectamente los docentes: ¿avanzo con el programa o regreso para enseñar aquello que mis alumnos debieron aprender anteriormente?
Si avanza, algunos quedan atrás. Si regresa, disminuye el tiempo disponible para cubrir los contenidos correspondientes al grado. Y mientras más tiempo permanezca sin atenderse una deficiencia, mayor puede hacerse la distancia entre lo que el alumno debería dominar y lo que realmente sabe. No es casualidad que la propia Secretaría de Educación de Veracruz mantenga entre sus herramientas una Estrategia Estatal de Recuperación de Aprendizajes y que actualmente utilice instrumentos diagnósticos para identificar qué aprendizajes están consolidados y cuáles requieren fortalecimiento.
Para el ciclo 2025-2026, por ejemplo, la SEV desarrolló una Evaluación Inicial de los Procesos de Desarrollo de Aprendizaje, articulada con los Ejercicios Integradores del Aprendizaje (EIA).
Los resultados se generan por grupo y grado e identifican porcentajes de estudiantes según su nivel de integración de aprendizajes.
La propia autoridad señala que esa información debe utilizarse para orientar la planeación docente, retroalimentar y establecer estrategias pedagógicas.
Es decir, el diagnóstico tiene sentido solamente cuando modifica la enseñanza.
Otro de los grandes problemas es la comprensión lectora. Leer no consiste únicamente en pronunciar correctamente palabras. Un estudiante aprende cuando identifica ideas, establece relaciones, interpreta, explica con sus propias palabras, formula preguntas y utiliza la información. Si no comprende lo que lee, la dificultad termina afectando prácticamente todas las materias: necesita comprender para resolver un problema matemático, seguir una instrucción de ciencias o interpretar un acontecimiento histórico.
Algo semejante sucede con las matemáticas. El profesor puede enseñar procedimientos que el estudiante memoriza para determinados ejercicios, pero el aprendizaje aparece cuando comprende por qué realiza una operación, cuándo debe utilizarla y cómo puede aplicarla frente a un problema distinto.
Memorizar no siempre significa aprender.
También están la atención y la concentración. El maestro actual trabaja con estudiantes expuestos permanentemente a teléfonos, videos breves, redes sociales, videojuegos y contenidos inmediatos.
Mantener la atención durante una explicación prolongada representa un desafío pedagógico diferente al de generaciones anteriores.
Eso obliga al profesor a modificar estrategias: preguntar más, utilizar ejemplos cercanos, promover participación, desarrollar proyectos y combinar explicación con actividades. Pero tampoco podemos convertir cada clase en entretenimiento. Aprender requiere también esfuerzo, disciplina, lectura, práctica, repetición y tolerancia a la frustración.
La motivación constituye otro problema. Un alumno que no encuentra sentido en lo que estudia difícilmente se involucrará igual que uno interesado en aprender. Ahí aparece otra enorme responsabilidad pedagógica: relacionar los conocimientos con situaciones reales, despertar curiosidad y conseguir que el estudiante comprenda para qué puede servir aquello que está aprendiendo.
Pero existen factores que rebasan al profesor.
Los estudiantes llegan al aula desde realidades profundamente diferentes.
Algunos tienen computadora, internet, libros y acompañamiento familiar; otros carecen de esas herramientas. Algunos pueden dedicar la tarde a estudiar; otros tienen responsabilidades familiares o viven condiciones económicas adversas.
La enseñanza ocurre dentro del salón, pero el aprendizaje no empieza ni termina en él.
También existen diferentes ritmos de aprendizaje. Uno de los mayores desafíos del maestro consiste precisamente en enseñar a un grupo completo sin perder de vista al individuo. Si trabaja al ritmo de quienes avanzan más rápido, puede dejar atrás a una parte del salón; si concentra permanentemente la atención en quienes presentan mayores dificultades, puede limitar el avance de los demás.
Eso exige estrategias diferenciadas y una sólida preparación pedagógica.
Y en Veracruz el reto adquiere dimensiones particulares. El estado cuenta con escuelas urbanas, rurales, indígenas, telesecundarias y multigrado. Los datos oficiales de la SEP para el ciclo 2024-2025 registraban en Veracruz 1 millón 315 mil 131 estudiantes de educación básica, 88 mil 523 docentes y 20 mil 950 escuelas. De éstas, 19 mil 505 eran públicas.
En una escuela multigrado, además, un maestro puede atender simultáneamente estudiantes de diferentes grados, edades y niveles de conocimiento.
Pedagógicamente no es lo mismo preparar una clase para un grado que organizar el aprendizaje de varios grados dentro del mismo espacio.
En educación indígena aparece además el componente lingüístico. Enseñar exige comprender no solamente qué contenido debe aprender el estudiante, sino también el contexto cultural y lingüístico en el que ese aprendizaje ocurre.
Todo esto conduce inevitablemente a otro punto: la preparación del profesor. Ser maestro no consiste únicamente en dominar una materia. Saber matemáticas no significa automáticamente saber enseñarlas. Conocer historia no garantiza saber desarrollar pensamiento histórico. Dominar gramática tampoco asegura conseguir que un niño comprenda y produzca textos.
Ahí entra la pedagogía.
El maestro necesita herramientas de didáctica, evaluación, planeación, desarrollo infantil y adolescente, manejo de grupos, inclusión, atención de rezagos y estrategias para reconocer cuándo un alumno no está aprendiendo y qué puede cambiar en su práctica para conseguirlo.
Por eso la capacitación docente resulta fundamental.
Y aquí debemos reconocer un dato importante: capacitación sí existe. En mayo de 2026, la SEV informó que mediante el Programa de Organización y Reorientación Técnico Pedagógica con énfasis en Inclusión participaban cerca de 90 mil maestras y maestros, mil 500 autoridades escolares y mil 025 asesores técnicos. El programa contempla sesiones mensuales de trabajo y herramientas como el Diseño Universal para el Aprendizaje para adaptar contenidos a diferentes condiciones del alumnado.
Otra información oficial de febrero de 2026 precisó que 89 mil 946 docentes y mil 025 asesores técnico-pedagógicos recibían acompañamiento dentro de esta estrategia, que alcanzaba 22 mil 356 planteles de educación básica.
Son cifras importantes. Pero precisamente por su magnitud aparece la pregunta pedagógica que verdaderamente importa:
¿qué cambió en el aprendizaje de los estudiantes después de capacitar a esos maestros?
Porque contar profesores capacitados no equivale automáticamente a demostrar mejores aprendizajes.
Un curso puede registrar asistencia, entregar materiales y producir una constancia.
La formación verdaderamente útil tendría que reflejarse después en el salón: mejor planeación, estrategias diferentes, detección temprana del rezago, atención a distintos ritmos y, finalmente, alumnos que aprenden mejor.
El propio Gobierno de Veracruz parece reconocer parte de este problema. En febrero de 2026, al presentar herramientas digitales para supervisores escolares, la titular de la SEV planteó reducir tareas administrativas bajo una idea particularmente reveladora: menos burocracia y más pedagogía, menos capturas innecesarias y más tiempo para enseñar y acompañar.
La frase resume un problema que muchos maestros conocen.
El profesor necesita tiempo para preparar clases, revisar trabajos, evaluar individualmente, detectar quién comprendió, volver a explicar a quien no lo hizo, atender familias y actualizarse profesionalmente.
Cada hora consumida innecesariamente en trámites es una hora que deja de estar disponible para alguna de esas tareas.
Y la evaluación también debe recuperar su sentido pedagógico.
Para el ciclo 2026-2027, la SEV volvió a implementar los Ejercicios Integradores del Aprendizaje y estableció su aplicación entre el 31 de agosto y el 16 de octubre de 2026. La propia Secretaría los define como instrumentos pedagógicos destinados a valorar integralmente el aprendizaje y proporcionar al maestro información para identificar estrategias oportunas que fortalezcan la enseñanza.
Ésa debería ser la lógica.
Evaluar para enseñar mejor, no evaluar solamente para producir números.
Si una evaluación demuestra que un grupo tiene dificultades de comprensión lectora, la siguiente pregunta debe ser qué estrategia utilizará el profesor. Si revela problemas matemáticos, habrá que identificar exactamente dónde comenzó el rezago. Si algunos estudiantes avanzan y otros no, habrá que trabajar diferenciadamente.
El verdadero diagnóstico educativo comienza después de obtener el resultado.
Por eso Veracruz necesita fortalecer la formación docente situada, es decir, aquella relacionada con los problemas concretos de cada escuela; reforzar a los asesores técnico-pedagógicos para acompañar al profesor; impulsar estrategias específicas de comprensión lectora y pensamiento matemático; detectar rezagos desde los primeros grados; proporcionar herramientas especiales para escuelas rurales, indígenas y multigrado; y utilizar las evaluaciones para modificar la enseñanza.
Pero también debemos recuperar algo elemental: el maestro necesita tiempo para enseñar y condiciones para hacerlo bien.
Podemos cambiar programas, libros, modelos educativos, campos formativos y metodologías. Pero el aprendizaje continúa ocurriendo en ese momento esencial en que un profesor consigue que un estudiante comprenda algo que antes no comprendía.
Por eso la tragedia del aprendizaje en Veracruz no puede analizarse solamente preguntando cuánto dinero se gasta, cuántas escuelas existen o cuántos alumnos están inscritos.
Tenemos que mirar hacia el salón.
Preguntar qué dificultades encuentra el profesor para enseñar; qué conocimientos previos traen sus alumnos; cuáles son sus problemas de comprensión; qué estrategias pedagógicas funcionan; qué capacitación necesita el maestro y qué apoyo recibe cuando descubre que parte de su grupo simplemente no está aprendiendo.
Porque enseñar no es terminar un programa y aprender no es pasar de grado.
El verdadero éxito educativo ocurre cuando el alumno comprende, relaciona, cuestiona, resuelve y puede utilizar por sí mismo aquello que aprendió.
Y ése debería ser el centro de la discusión educativa en Veracruz: darle al profesor las herramientas para enseñar mejor y exigir que todo el esfuerzo del sistema termine donde verdaderamente importa: en el aprendizaje del alumno. |
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