México lleva décadas formulando la misma pregunta: ¿qué hacer para crecer? Cambian los presidentes, los partidos, los discursos y los nombres de los programas, pero el problema permanece. El país no logra alcanzar las tasas de crecimiento necesarias para generar suficientes empleos formales, elevar los salarios, reducir la pobreza y cerrar las enormes brechas regionales. Y si existe un estado donde esa incapacidad puede observarse con especial crudeza, ese es Veracruz.
Pocas entidades poseen tantas ventajas y, al mismo tiempo, cargan con semejante rezago. Veracruz tiene petróleo, gas, petroquímica, agricultura, ganadería, turismo, puertos estratégicos, agua, universidades y una ubicación privilegiada. Tiene prácticamente todo para convertirse en uno de los grandes motores económicos del país. Sin embargo, gobierno tras gobierno, ese potencial continúa apareciendo en los discursos mientras los resultados siguen sin llegar.
Los números recientes deberían preocupar seriamente al gobierno de Rocío Nahle García. De acuerdo con el Indicador Trimestral de la Actividad Económica Estatal del INEGI, durante el primer trimestre de 2026 la economía veracruzana presentó una variación anual de 0.0 por ciento. Dicho sin maquillaje estadístico: Veracruz no creció.
Las actividades primarias cayeron 13.3 por ciento y las terciarias retrocedieron 0.3 por ciento; solamente las secundarias avanzaron 4.8 por ciento, insuficiente para sacar al conjunto de la economía estatal del estancamiento.
Y cuando una economía no crece, las consecuencias no se quedan en una hoja de cálculo. Se sienten en el pequeño empresario que vende menos, en el joven que termina una carrera y no encuentra empleo, en el campesino que abandona su parcela y en miles de familias obligadas a refugiarse en la informalidad porque el mercado laboral formal simplemente no ofrece suficientes oportunidades.
La debilidad económica también se refleja en la calidad y generación del empleo. Veracruz cerró el primer semestre de 2026 con una pérdida neta de 5 mil 39 empleos formales, de acuerdo con cifras de trabajadores afiliados al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) analizadas por la organización México, ¿cómo vamos?, lo que colocó al estado entre las entidades con saldo negativo en generación de puestos de trabajo.
A ello se suma un problema todavía más profundo: según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI, al cierre de 2025 la tasa de informalidad laboral en Veracruz se ubicaba alrededor de 69 por ciento. Dicho de otra manera, prácticamente siete de cada diez trabajadores veracruzanos se encontraban en la informalidad.
La combinación debería encender las alarmas: Veracruz no solamente enfrenta dificultades para generar nuevos empleos formales, sino que pierde plazas mientras una enorme proporción de sus trabajadores permanece fuera de esquemas laborales con plena protección y seguridad social. No basta anunciar inversiones; el verdadero desafío es convertirlas en empleos formales, estables y mejor pagados.
Ahí está uno de los grandes problemas del discurso oficial. El gobierno puede anunciar inversiones, reuniones empresariales, proyectos energéticos y nuevas obras. Puede hablar de prosperidad y de las posibilidades abiertas por el Corredor Interoceánico. Pero ninguna conferencia de prensa sustituye al crecimiento económico. Una inversión anunciada todavía no es una fábrica funcionando; un proyecto presentado todavía no representa empleos creados; una fotografía con empresarios todavía no significa desarrollo.
En marzo de 2026 se anunciaron para Veracruz 17 proyectos privados por alrededor de mil 186 millones de dólares, con la expectativa de generar más de 22 mil empleos. Además, el Gobierno federal ha hablado de inversiones por aproximadamente 190 mil millones de pesos durante el sexenio para infraestructura, petroquímica, fertilizantes, carreteras, agua y salud.
Bienvenidas las inversiones. Veracruz necesita todas las que pueda conseguir. Pero el gobierno de Nahle tendrá que demostrar que esos anuncios realmente aterrizan y no terminan formando parte del enorme archivo mexicano de proyectos presentados con bombo y platillo que después avanzan lentamente, cambian de dimensión o nunca producen los beneficios prometidos.
El problema, por supuesto, no comenzó con Rocío Nahle. Sería absurdo atribuirle todos los rezagos acumulados durante décadas. Pero precisamente por eso resulta indispensable mirar hacia el gobierno de Cuitláhuac García Jiménez, quien gobernó Veracruz entre 2018 y 2024 bajo las siglas de Morena y con el respaldo absoluto del entonces presidente Andrés Manuel López Obrador.
Durante seis años se aseguró que Veracruz había entrado finalmente a la llamada Cuarta Transformación. Se presumieron orden financiero, programas sociales, obra pública y una nueva manera de gobernar. López Obrador visitó innumerables veces el estado y lo convirtió en territorio fundamental para sus proyectos energéticos y logísticos.
¿Dónde quedó entonces la transformación económica estructural?
Después de seis años de gobierno morenista, Rocío Nahle no recibió una potencia económica lista para despegar. Recibió una entidad que todavía enfrenta pobreza laboral elevada, informalidad, desigualdad regional, debilidad empresarial, problemas de infraestructura y enormes diferencias entre las zonas relativamente dinámicas y los municipios donde las oportunidades siguen siendo escasas.
Ese es el balance que Morena debería explicar.
Y Veracruz no es una excepción aislada. El estancamiento forma parte de un problema nacional que coincide precisamente con los años de la llamada Cuarta Transformación. Entre 2019 y 2025, el Producto Interno Bruto de México creció en promedio apenas 1.1 por ciento anual, frente a un promedio de 2.3 por ciento entre 2000 y 2018, de acuerdo con cifras del Sistema de Cuentas Nacionales del INEGI y el análisis realizado por el economista y exsubgobernador del Banco de México Manuel Sánchez González. En 2025, además, la economía mexicana avanzó solamente 0.8 por ciento.
El contraste es difícil de ignorar. Después de más de siete años de gobiernos de Morena, México sigue sin encontrar la fórmula para crecer de manera sostenida. Se podrá discutir el reparto del ingreso, los programas sociales o los incrementos al salario mínimo, pero existe una realidad imposible de esconder: sin crecimiento suficiente no habrá empleos, inversión ni desarrollo capaces de sostener en el largo plazo las promesas de bienestar.
No basta afirmar que se combatió la corrupción o que ahora los recursos “llegan al pueblo”. La obligación de un gobierno no termina repartiendo dinero. También debe crear condiciones para producir riqueza. Los programas sociales pueden aliviar necesidades y mejorar el ingreso de millones de hogares, pero una transferencia social y el crecimiento económico son cosas distintas.
Ese desafío continúa bajo Claudia Sheinbaum. El Gobierno federal habla de Plan México, relocalización de empresas, polos de desarrollo, infraestructura y fortalecimiento del mercado interno. Veracruz puede convertirse en una prueba decisiva de si esas promesas realmente producen crecimiento.
El estado ocupa una posición estratégica dentro del Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec. Coatzacoalcos debería convertirse en uno de los grandes nodos industriales y logísticos del país. Pero una vía ferroviaria por sí misma no produce desarrollo.
Hace falta seguridad, energía, carreteras, agua, parques industriales competitivos, conectividad, capital humano y certeza para quien arriesga su dinero. Sin esas condiciones existe el peligro de construir infraestructura moderna rodeada por comunidades que continúen viviendo prácticamente igual. Ese sería uno de los mayores fracasos posibles: que los trenes crucen Veracruz cargados de mercancías mientras la pobreza permanece a ambos lados de las vías.
También está el campo. Que las actividades primarias hayan registrado una contracción anual de 13.3 por ciento durante el primer trimestre de 2026, según INEGI, no debería tratarse como un dato menor. En un estado productor de caña de azúcar, café, cítricos, piña y ganado, semejante retroceso exige explicaciones y una estrategia.
El caso del Ingenio San Pedro es una advertencia. Su cierre amenaza la economía de miles de familias vinculadas directa e indirectamente con su actividad. No solamente pierde el trabajador del ingenio: pierde el productor cañero, el transportista, el proveedor, el comerciante y prácticamente toda la cadena regional.
Veracruz no necesita únicamente grandes inversiones extranjeras. Necesita fortalecer las cadenas productivas existentes, impulsar pequeñas y medianas empresas, recuperar sectores tradicionales, atraer industrias y conseguir que los jóvenes encuentren aquí oportunidades suficientemente atractivas para no marcharse.
Porque otro síntoma del fracaso económico es precisamente la expulsión de talento. Veracruz forma jóvenes en universidades, tecnológicos e instituciones de educación superior para después observar cómo muchos terminan buscando oportunidades en Ciudad de México, Nuevo León, Querétaro, Jalisco o fuera del país. El estado invierte en su formación y otras economías terminan aprovechando ese capital humano.
A ello se suma otra cifra incómoda. Durante el primer trimestre de 2026, 44.4 por ciento de la población veracruzana se encontraba en pobreza laboral, de acuerdo con INEGI. Es una mejora respecto del 45.7 por ciento observado un año antes, pero sigue significando que una enorme proporción de la población vive en hogares donde el ingreso laboral por persona resulta insuficiente para adquirir la canasta alimentaria.
¿Cómo puede hablarse de prosperidad mientras semejante porcentaje de veracruzanos permanece en esa condición?
Aquí es donde el discurso político suele hacer trampa. Cuando un indicador mejora, el gobierno se adjudica inmediatamente el resultado. Cuando empeora, aparecen la herencia recibida, las condiciones internacionales o los gobiernos anteriores.
Pero Morena ya no puede comportarse eternamente como oposición.
Andrés Manuel López Obrador gobernó México seis años. Cuitláhuac García gobernó Veracruz seis años. Claudia Sheinbaum gobierna el país desde 2024 y Rocío Nahle gobierna Veracruz desde diciembre de ese mismo año. Morena controla desde hace años buena parte de las decisiones públicas que afectan directamente al estado.
Por eso ya no alcanza con culpar al pasado. El pasado también empieza a ser Morena.
Rocío Nahle no puede conformarse con administrar los mismos problemas que heredó de Cuitláhuac García y presentar como transformación cualquier inversión que llegue al estado. Su responsabilidad es conseguir resultados medibles: crecimiento, productividad, empleos formales, nuevas empresas, mejores salarios y reducción sostenida de la pobreza.
Veracruz necesita además una política económica que sobreviva a los ciclos electorales. Durante décadas cada gobernador ha pretendido comenzar nuevamente el estado. Cambian funcionarios, programas, prioridades y proyectos, pero rara vez existe una visión de veinte o treinta años que determine dónde quiere estar Veracruz y qué sectores pretende desarrollar.
Un sexenio apuesta por turismo; otro por petróleo; otro descubre el campo; después llega otro y promete industrialización. Mientras tanto, otras entidades construyen ecosistemas manufactureros, tecnológicos y logísticos y siguen ampliando su ventaja.
Veracruz necesita dejar de vivir de su potencial y convertirlo en resultados.
Para conseguirlo también deberá enfrentarse un tema que los gobiernos suelen tratar con cautela: la confianza. Ningún empresario decide una inversión importante solamente porque un funcionario le promete facilidades. Evalúa carreteras, seguridad, energía, agua, mano de obra, costos logísticos, regulación y certeza jurídica.
Por eso la seguridad pública también es política económica. Cada carretera insegura, cada extorsión, cada robo al transporte de carga y cada empresario que decide no invertir por miedo representa dinero, empleos y oportunidades que Veracruz pierde.
Rocío Nahle tiene frente a sí una oportunidad histórica, pero también una responsabilidad enorme. Cuenta con un Gobierno federal encabezado por Claudia Sheinbaum, de su mismo movimiento político, proyectos estratégicos en marcha y una entidad con ventajas extraordinarias.
Precisamente por eso las excusas serán cada vez menos convincentes.
Si existe coordinación federal, si existen inversiones anunciadas, si existe el Corredor Interoceánico, si existen proyectos energéticos, infraestructura portuaria y todos los recursos que durante décadas nos han dicho que posee Veracruz, entonces los resultados deberían comenzar a verse en la economía real.
No dentro de diez años. No en el siguiente sexenio. Y mucho menos únicamente en propaganda.
Cuitláhuac García ya tuvo seis años. Andrés Manuel López Obrador también. Ahora gobiernan Rocío Nahle en Veracruz y Claudia Sheinbaum en México. Morena ya tuvo tiempo suficiente para dejar de presentarse como espectador de los problemas nacionales.
Ahora le corresponde responder por ellos.
Y si dentro de algunos años Veracruz continúa hablando de pobreza, informalidad, jóvenes que emigran, campo abandonado y crecimiento insuficiente, ya no será creíble decir que faltó tiempo o que todo fue culpa de quienes gobernaron antes.
Quizá la pregunta correcta ya no sea qué le falta a Veracruz.
Tiene territorio. Tiene puertos. Tiene petróleo. Tiene campo. Tiene industria. Tiene agua. Tiene ubicación. Tiene universidades. Tiene trabajadores y una posición estratégica para el comercio mundial.
La verdadera pregunta es por qué, teniendo tanto, sus gobiernos han conseguido tan poco.
Y esa pregunta hoy tiene nombres y apellidos: Cuitláhuac García Jiménez por los seis años que ya gobernó; Andrés Manuel López Obrador por el modelo económico que encabezó; Claudia Sheinbaum Pardo por el rumbo que hoy conduce desde Palacio Nacional; y Rocío Nahle García porque ya no tiene derecho a limitarse a administrar el enorme potencial que Veracruz lleva décadas desperdiciando. |
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