En tiempos donde la inteligencia artificial parece capaz de responder cualquier pregunta, resolver problemas matemáticos en segundos o redactar textos completos, hay quienes se preguntan si los profesores seguirán siendo necesarios. La respuesta no sólo es sí; es más urgente que nunca. Porque ninguna tecnología puede reemplazar la vocación de un maestro que inspira, corrige, orienta y forma ciudadanos. Un profesor no enseña únicamente contenidos académicos: enseña valores, pensamiento crítico, disciplina, respeto y responsabilidad. Sin ellos no hay educación de calidad y, sin educación, ningún país puede aspirar al desarrollo.
México lleva décadas hablando de transformar la educación. Cada sexenio promete una revolución distinta, una reforma diferente o un nuevo modelo pedagógico. Sin embargo, la constante ha sido la misma: los gobiernos cambian, los discursos evolucionan, pero quienes siguen sosteniendo el sistema educativo son los profesores, muchas veces trabajando en condiciones que ningún servidor público aceptaría para sí mismo.
La Cuarta Transformación llegó con la promesa de dignificar al magisterio.
Lejos de fortalecer la calidad educativa, una de las decisiones más cuestionables de la Cuarta Transformación fue eliminar la evaluación docente sin construir un mecanismo serio, transparente y permanente que permitiera medir el desempeño, detectar áreas de oportunidad e impulsar la capacitación del magisterio. Si bien la evaluación implementada durante el sexenio anterior recibió críticas por su diseño y aplicación, desaparecerla prácticamente de un plumazo dejó al sistema educativo sin una herramienta objetiva para conocer el nivel de preparación de los docentes y mejorar los procesos de enseñanza.
La educación no mejora por decreto ni por razones ideológicas. Todo sistema educativo de alto nivel evalúa, capacita y actualiza constantemente a sus maestros. En México, en cambio, la discusión terminó subordinándose a intereses políticos y sindicales. En lugar de perfeccionar un modelo que presentaba deficiencias, el Gobierno optó por desmantelarlo sin ofrecer una alternativa que realmente elevara la calidad educativa. El resultado ha sido un sistema con menos mecanismos de rendición de cuentas, menor impulso a la excelencia académica y sin evidencia clara de mejoras significativas en el aprendizaje de los estudiantes.
El propio Gobierno federal presume para 2026 un presupuesto histórico superior a 1.1 billones de pesos para educación, incluyendo becas, infraestructura y universidades.
La cifra, presentada por la Secretaría de Hacienda y la Presidencia de la República, representa uno de los mayores montos destinados al sector educativo en la historia reciente. Sin embargo, el tamaño del presupuesto pierde fuerza cuando se analiza cómo se distribuye.
Buena parte del incremento se concentra en programas de becas, mientras la inversión específica para fortalecer la labor docente sigue siendo limitada.
El contraste resulta difícil de justificar.
De acuerdo con el Presupuesto de Egresos de la Federación 2026, la Beca Universal Rita Cetina concentra más de 103 mil millones de pesos, mientras que el Programa para el Desarrollo Profesional Docente, encargado de la capacitación y actualización de los maestros, apenas dispone de 19.3 millones de pesos. Es decir, el Estado destina miles de veces más recursos a la entrega de apoyos económicos que a mejorar la formación de quienes tienen la responsabilidad de educar a millones de estudiantes. No se trata de descalificar las becas, sino de entender que ninguna transferencia económica sustituye a un profesor preparado y respaldado.
Esa ha sido una de las principales debilidades de la política educativa de la 4T: privilegiar el componente asistencial sobre el fortalecimiento estructural del sistema educativo. Porque repartir dinero puede aliviar necesidades inmediatas, pero no corrige escuelas deterioradas, laboratorios inexistentes, bibliotecas vacías o docentes obligados a enfrentar los desafíos del siglo XXI con herramientas del siglo pasado.
Los resultados siguen reflejando esa realidad. México continúa rezagado frente a la mayoría de los países de la OCDE en competencias fundamentales como lectura, matemáticas y ciencias, mientras millones de jóvenes enfrentan dificultades para incorporarse al mercado laboral o continuar estudios superiores.
La educación sigue siendo una de las principales deudas del Estado mexicano.
El caso más reciente ocurrió con la Universidad Nacional Autónoma de México. En el proceso de admisión para el ciclo escolar 2026-2027 participaron más de 158 mil aspirantes, pero apenas alrededor de 22 mil obtuvieron un lugar mediante concurso de selección.
Como si la falta de espacios no fuera suficiente, el proceso quedó marcado por la detección de posibles irregularidades en miles de exámenes realizados en línea mediante el uso de herramientas tecnológicas, lo que obligó a repetir parte de la evaluación.
El episodio dejó una enseñanza contundente: la inteligencia artificial puede facilitar el fraude, pero sólo profesores preparados podrán enseñar a las nuevas generaciones a utilizar la tecnología con ética, criterio y responsabilidad.
En Veracruz, el panorama tampoco admite triunfalismos.
El Gobierno estatal ha informado avances en algunos indicadores, como la disminución del abandono escolar en educación básica, resultado que merece reconocerse y que refleja, en buena medida, el esfuerzo cotidiano de miles de docentes veracruzanos.
Sin embargo, esa realidad convive con otra mucho menos alentadora. Basta recorrer comunidades rurales, zonas indígenas y planteles alejados de las grandes ciudades para encontrar miles de escuelas con problemas de infraestructura, falta de conectividad, mobiliario insuficiente, carencia de materiales didácticos e incluso ausencia de personal suficiente para atender a los alumnos.
Los profesores veracruzanos continúan enfrentando una pesada carga administrativa, trámites burocráticos, procesos lentos para cambios de adscripción o promociones y, en muchos casos, condiciones laborales que poco corresponden con la importancia social de su trabajo. A ello se suma la incertidumbre que durante años han provocado las constantes modificaciones a planes de estudio, modelos educativos y lineamientos que cambian más por decisiones políticas que por criterios académicos.
Paradójicamente, mientras el discurso oficial insiste en que la educación está en el centro de la transformación nacional, la discusión pública gira mucho más alrededor de becas, programas sociales o inauguración de nuevas universidades que sobre la calidad de la enseñanza, la investigación científica, la innovación pedagógica o la formación continua del magisterio.
Y ahí radica el verdadero problema.
Un país no mejora su educación por construir más edificios escolares si dentro de ellos no existen profesores suficientemente preparados, motivados y respaldados. Tampoco lo consigue sustituyendo el mérito académico por decisiones políticas o utilizando al magisterio únicamente como bandera electoral cada vez que se acercan las campañas.
Los países que hoy lideran los indicadores educativos —como Finlandia, Corea del Sur o Singapur— entendieron hace décadas que la calidad de un sistema educativo depende, en gran medida, de la calidad y el prestigio de sus maestros. Invirtieron en su formación, elevaron los requisitos para ingresar a la profesión y convirtieron la docencia en una de las carreras más respetadas. México, en cambio, sigue atrapado entre reformas inconclusas, disputas sindicales y decisiones sexenales que cambian el rumbo educativo cada seis años.
Los profesores no necesitan homenajes una vez al año ni discursos llenos de elogios cada 15 de mayo. Necesitan mejores condiciones de trabajo, capacitación permanente, infraestructura digna, estabilidad laboral y políticas públicas que entiendan que la educación no se transforma desde un escritorio, sino desde el salón de clases.
Porque la pregunta nunca debió ser si los profesores seguirán siendo necesarios.
La verdadera pregunta es si México seguirá permitiendo que quienes forman a las próximas generaciones continúen trabajando con recursos insuficientes mientras la política convierte a la educación en un instrumento de propaganda.
Sin maestros fuertes no habrá universidades competitivas, empresas innovadoras ni ciudadanos capaces de enfrentar los desafíos del futuro.
Y ningún gobierno, por más presupuestos históricos que anuncie o más becas que reparta, podrá construir el país que promete mientras siga dejando en segundo plano a quienes todos los días sostienen la educación de México y de Veracruz. |
|