Durante años se insistió en que en México ya no había espacio para nuevas alternativas políticas.
Se repetía que el sistema estaba cerrado, que el poder había logrado absorber cualquier expresión ciudadana y que la oposición estaba condenada a sobrevivir entre derrotas, divisiones y liderazgos agotados. Sin embargo, la realidad terminó desmintiendo ese discurso. El registro nacional de Somos México representa mucho más que el nacimiento de un nuevo partido político: simboliza que todavía existen miles de ciudadanos dispuestos a organizarse para construir una opción distinta.
El camino no fue sencillo. Mientras el oficialismo consolidaba su enorme maquinaria política y utilizaba toda la fuerza institucional de la que dispone, miles de ciudadanos emprendieron un proceso que exigía organización, disciplina y presencia territorial. No bastaba con aparecer en redes sociales ni con realizar eventos multitudinarios.
La ley establecía requisitos estrictos que debían cumplirse uno por uno, bajo la supervisión permanente del Instituto Nacional Electoral.
La dimensión del esfuerzo suele pasar desapercibida.
Para obtener el registro nacional era necesario acreditar cientos de miles de afiliaciones válidas y realizar al menos 200 asambleas distritales distribuidas en buena parte del territorio nacional. No era una tarea para improvisados ni para estructuras ficticias; implicaba meses de trabajo voluntario, logística, movilización y organización ciudadana.
Los resultados hablan por sí solos. Somos México logró celebrar 246 asambleas distritales, cuarenta y seis más de las exigidas por la legislación electoral. Además, alcanzó más de 300 mil afiliaciones ciudadanas, superando ampliamente el mínimo legal de aproximadamente 256 mil personas requerido por el INE.
No fueron cifras simbólicas; fueron números suficientes para demostrar una presencia nacional efectiva.
Detrás de esas cifras existe un fenómeno político que merece atención. Las asambleas no ocurrieron únicamente en las grandes capitales.
Se desarrollaron en entidades del norte, centro, occidente, sur y sureste del país, demostrando que el descontento con la situación nacional no pertenece exclusivamente a una región, sino que atraviesa prácticamente toda la República.
Buena parte de esa estructura nació del movimiento ciudadano conocido como la Marea Rosa, integrado por miles de personas que durante los últimos años salieron a defender instituciones como el INE, la Suprema Corte y el equilibrio democrático. Aquellas movilizaciones, que muchos intentaron minimizar, terminaron convirtiéndose en una organización capaz de cumplir con todos los requisitos legales para constituir un nuevo partido nacional.
Mientras tanto, el gobierno ha insistido en presentar cualquier expresión opositora como una conspiración de élites o como un simple reciclaje político. Esa narrativa resulta cada vez más difícil de sostener cuando son cientos de miles de ciudadanos quienes voluntariamente firman su afiliación y participan en asambleas supervisadas por la autoridad electoral.
El registro otorgado por el INE tampoco fue un regalo político.
Llegó después de una larga revisión documental, auditorías de fiscalización, validación de afiliaciones y múltiples impugnaciones promovidas por actores políticos que intentaron frenar el proceso.
Incluso el Tribunal Electoral resolvió diversos recursos antes de que el Consejo General pudiera emitir la resolución definitiva.
Paradójicamente, mientras una organización ciudadana debía demostrar una por una sus afiliaciones y cumplir rigurosamente con cada requisito legal para obtener su registro, el gobierno actual continúa enfrentando críticas por el debilitamiento institucional del país.
México vive uno de los momentos más complejos en materia de crecimiento económico, seguridad pública, servicios de salud, educación, inversión privada y percepción internacional.
Diversos organismos nacionales e internacionales han advertido sobre la desaceleración económica, la incertidumbre jurídica y la creciente polarización política.
Precisamente en ese escenario cobra mayor relevancia el surgimiento de un movimiento que apuesta por la participación ciudadana y que entiende que los grandes cambios no se construyen desde la confrontación permanente, sino desde la unidad de los mexicanos, dejando atrás los intereses personales, los protagonismos y la vieja práctica del «agandalle» político que tanto daño ha hecho al país.
La inseguridad sigue afectando amplias regiones del territorio nacional. La violencia permanece como una de las principales preocupaciones de millones de familias.
A ello se suma un sistema de salud que continúa mostrando carencias de medicamentos, infraestructura y personal especializado, mientras la educación enfrenta rezagos acumulados que todavía no encuentran una política pública integral.
Frente a este panorama, resulta indispensable que la sociedad encuentre espacios donde prevalezca el diálogo, el consenso y la construcción colectiva. México necesita ciudadanos que trabajen unidos por objetivos comunes, sin importar diferencias ideológicas o intereses particulares, porque ningún proyecto político podrá ofrecer soluciones duraderas si primero no logra reconciliar a una sociedad que durante años ha sido dividida entre buenos y malos, entre pueblo y adversarios.
En materia económica tampoco sobran buenas noticias. El crecimiento nacional permanece prácticamente estancado, la inversión privada enfrenta incertidumbre derivada de cambios regulatorios y muchas pequeñas empresas continúan sobreviviendo en condiciones difíciles. Para millones de mexicanos, el discurso optimista del gobierno simplemente no coincide con la realidad cotidiana. Por ello resulta alentador que comiencen a consolidarse proyectos que privilegian la participación ciudadana por encima de las cuotas de poder.
Hoy más que nunca México requiere liderazgos capaces de sumar, de escuchar y de construir acuerdos amplios, entendiendo que el desarrollo del país no puede depender de un solo grupo político ni de quienes buscan apropiarse de los espacios públicos para beneficio propio.
En ese contexto, la aparición de una nueva fuerza política adquiere un significado distinto. No se trata únicamente de sumar un logotipo más en las boletas electorales. Se trata de abrir una posibilidad para quienes consideran insuficiente la oferta política existente y buscan una alternativa distinta al proyecto que actualmente gobierna el país.
Pero ese reto solo podrá consolidarse si prevalece la unidad ciudadana, si se deja de lado la disputa por posiciones, los intereses de grupo y las ambiciones personales.
La verdadera fortaleza de un movimiento ciudadano radica en que nadie pretenda quedarse con él ni convertirlo en patrimonio de unos cuantos.
Cuando la sociedad camina unida, sin divisiones, sin exclusiones y sin agandallez, la democracia se fortalece y México recupera la posibilidad de construir un futuro donde el interés colectivo esté por encima de cualquier proyecto individual.
Uno de los principales méritos de Somos México consiste precisamente en haber nacido desde la organización ciudadana.
A diferencia de otros partidos creados alrededor del poder presidencial o financiados desde estructuras gubernamentales, este proyecto tuvo que construir su presencia territorial prácticamente desde cero, organizando voluntarios, convocando ciudadanos y superando múltiples obstáculos administrativos.
Ese esfuerzo también envía un mensaje importante para la democracia mexicana: todavía existen ciudadanos dispuestos a dedicar tiempo, recursos y trabajo para participar políticamente sin depender del aparato gubernamental.
En tiempos donde la apatía parece crecer, esa disposición resulta especialmente valiosa.
No es casualidad que durante el proceso diversos actores buscaran cuestionar la viabilidad del nuevo partido. La competencia política siempre incomoda a quienes prefieren escenarios controlados. Sin embargo, al final fueron las instituciones electorales las que certificaron el cumplimiento de los requisitos legales.
Naturalmente, el verdadero desafío apenas comienza. Obtener el registro constituye apenas el primer paso.
Ahora deberá demostrar capacidad para construir una agenda nacional, presentar propuestas viables, formar cuadros competitivos y convencer a millones de electores de que representa algo diferente y no únicamente una suma de antiguos liderazgos políticos.
Pero incluso antes de competir electoralmente ya consiguió algo significativo: demostrar que el monopolio político nunca es definitivo. En una democracia siempre existe espacio para que nuevos ciudadanos decidan organizarse y participar.
El gobierno actual suele insistir en que representa al pueblo entero. Sin embargo, la aparición de nuevas fuerzas políticas evidencia precisamente lo contrario: una parte importante de la sociedad continúa buscando opciones distintas. Ningún gobierno puede asumir que posee en exclusiva la representación de toda la ciudadanía.
La pluralidad democrática no debe verse como una amenaza sino como una fortaleza. Los países más sólidos institucionalmente son precisamente aquellos donde existen contrapesos, competencia electoral y alternativas reales para los ciudadanos.
Somos México también representa una oportunidad para reconstruir la cultura del debate político.
Durante los últimos años la discusión pública ha sido sustituida con demasiada frecuencia por la descalificación, la polarización y la confrontación permanente. México necesita volver a discutir ideas, proyectos y soluciones, no únicamente etiquetas ideológicas.
Resulta igualmente relevante que el nuevo partido haya logrado superar ampliamente los mínimos legales establecidos por el INE. No alcanzó apenas la meta; la rebasó tanto en número de asambleas como en afiliaciones, lo que refleja una estructura organizativa considerablemente más amplia de la estrictamente necesaria.
Mientras el oficialismo concentra cada vez más poder institucional, la existencia de nuevas fuerzas políticas fortalece el equilibrio democrático.
Ninguna democracia sana puede depender exclusivamente de un solo proyecto político ni de una sola narrativa gubernamental. La crítica al gobierno tampoco implica negar los avances que pueda haber tenido en algunos rubros.
Significa reconocer que hoy existen problemas evidentes que siguen sin resolverse: inseguridad persistente, bajo crecimiento económico, deterioro institucional, servicios públicos insuficientes y una creciente confrontación política que termina dividiendo a la sociedad.
Frente a ese escenario, resulta positivo que surjan organizaciones capaces de canalizar institucionalmente el descontento ciudadano.
Siempre será preferible que las inconformidades encuentren salida mediante la participación democrática y no mediante la desesperanza o el abstencionismo.
La historia demuestra que las democracias evolucionan precisamente cuando aparecen nuevas opciones capaces de renovar la competencia política.
Ningún partido es eterno; ninguna mayoría permanece para siempre. Lo único permanente debe ser el derecho ciudadano a elegir entre distintas alternativas.
Por eso el nacimiento de Somos México merece analizarse más allá de simpatías partidistas.
Constituye una demostración de que la participación ciudadana organizada sigue siendo capaz de abrir espacios incluso en contextos políticos altamente polarizados.
El verdadero triunfo no radica únicamente en haber obtenido un registro. El mayor éxito consiste en haber demostrado que cientos de miles de mexicanos todavía creen que la política puede construirse desde la sociedad y no exclusivamente desde el poder.
Y esa quizá sea la mejor noticia para la democracia mexicana: cuando los ciudadanos deciden organizarse, ningún gobierno, por fuerte que parezca, puede cerrar definitivamente las puertas de la participación política. |
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