Hablar de educación en Veracruz obliga a abandonar por un momento el discurso oficial y revisar los números. Y los números describen un sistema enorme, costoso y profundamente desigual.
Para el ciclo 2025-2026, la Secretaría de Educación de Veracruz (SEV) reportó cerca de dos millones de estudiantes, más de 136 mil docentes y más de 25 mil escuelas. Es una estructura gigantesca que, sin embargo, continúa arrastrando problemas elementales: planteles sin agua, falta de conectividad, rezago educativo, analfabetismo, baja cobertura, desigualdad territorial y jóvenes que siguen quedándose en el camino.
El problema de Veracruz no es que carezca de un sistema educativo; es que después de años de gobiernos, presupuestos multimillonarios, reformas y programas, todavía no logra garantizar las mismas oportunidades educativas a todos sus habitantes.
La primera evidencia está dentro de las propias escuelas. El Programa Veracruzano de Educación Integral 2025-2030, documento oficial de la administración estatal, reconoce que persisten planteles con deficiencias de infraestructura, mobiliario y servicios básicos como agua, electricidad y conexión a internet.
En primaria el diagnóstico resulta especialmente crudo: durante el ciclo 2024-2025 se contabilizaron 9 mil 428 escuelas primarias, de las cuales 3 mil 245 carecían de agua potable y 281 no tenían electricidad.
Es decir, aproximadamente una de cada tres primarias enfrentaba carencias de agua. Apenas 2 mil 602 tenían computadoras y 2 mil 548 disponían de internet, mientras solamente 1,031 contaban con infraestructura adaptada para personas con discapacidad.
¿De qué modernización educativa podemos hablar cuando miles de niños siguen estudiando en escuelas que no tienen siquiera las condiciones que deberían considerarse elementales en pleno siglo XXI?
Y el problema no termina en la primaria. El Plan Veracruzano de Desarrollo 2025-2030 contabilizó para el ciclo 2023-2024 23 mil 130 escuelas: 157 de educación inicial, 7 mil 656 preescolares, 9 mil 422 primarias, 3 mil 705 secundarias, 1,810 planteles de educación media superior y 380 de educación superior.
Estos números permiten observar la dimensión del embudo educativo: conforme aumenta el nivel escolar, disminuye drásticamente la infraestructura disponible.
No significa que cada nivel necesite el mismo número de planteles, porque las poblaciones y tamaños escolares son distintos, pero sí obliga a analizar si la oferta existente es suficiente para una entidad extensa, dispersa y con numerosas comunidades rurales.
Las carencias continúan cuando se observa el conjunto de la educación básica. Los propios indicadores del Plan Veracruzano de Desarrollo muestran que, en las escuelas consideradas para esta medición, 29% tenía computadoras y apenas 25.4% conexión a internet, frente a promedios nacionales de 54.4% y 46.9%, respectivamente. Solamente 11.4% disponía de infraestructura adaptada para personas con discapacidad, contra 28.4% nacional, y apenas 4.8% tenía materiales adaptados, frente a 13.2% en el país.
En agua potable la diferencia también era considerable: 66.5% en Veracruz frente a 82.6% nacional. Son cifras oficiales que retratan una brecha que ningún discurso puede borrar.
Las preparatorias tampoco escapan del problema. En educación media superior, de acuerdo con el mismo diagnóstico, 66.3% de los planteles considerados tenía computadoras y solamente 48.4% conexión a internet. Apenas 26.3% disponía de infraestructura adaptada para personas con discapacidad y únicamente 0.5% reportaba materiales adaptados para esta población.
El acceso a agua potable alcanzaba 78.6%. La situación es mejor que en algunos indicadores de educación básica, pero resulta difícil hablar de educación moderna cuando aproximadamente la mitad de los bachilleratos considerados en el indicador todavía no tenía conexión a internet.
El segundo gran problema es conseguir que los estudiantes lleguen y permanezcan en esos planteles.
El propio Programa Veracruzano reconoce que en zonas rurales y comunidades marginadas todavía existen niñas, niños y jóvenes que enfrentan dificultades para incorporarse al sistema por la distancia de las escuelas, falta de transporte y limitaciones económicas familiares. El documento admite que estas condiciones reducen la permanencia y elevan el riesgo de abandono temprano. No lo dice un adversario político ni una organización crítica del Gobierno: lo reconoce el programa que debe orientar la política educativa de la actual administración.
La cobertura confirma que el problema se agrava conforme avanza la trayectoria escolar.
Para el ciclo 2023-2024, la tasa bruta de escolarización en primaria era de 97% en Veracruz frente a 100.4% nacional. En secundaria, Veracruz bajaba a 87.4%, mientras el país alcanzaba 95.1%.
En educación media superior la entidad registraba 75.2%, frente a 83.4% nacional, y en educación superior apenas 36.7%, contra 44.4% en el país. La distancia con el promedio nacional se mantiene en prácticamente todos los niveles y se vuelve particularmente preocupante al llegar a la universidad.
Hay además una señal que debería encender todas las alarmas: la propia titular de la Secretaría de Educación de Veracruz reconoció ante el Congreso estatal que al recibir la dependencia encontró un estado con rezago escolar diez puntos por encima del promedio nacional, analfabetismo cercano al doble de la media nacional y abandono escolar 3.6 veces mayor. También señaló que Veracruz ocupaba el segundo lugar en personas que no habían concluido la primaria y el tercero entre quienes no habían terminado la secundaria.
El Gobierno actual atribuye esos indicadores a las condiciones que recibió y asegura haber comenzado a revertirlos; ésa es su posición y debe consignarse. Pero existe una pregunta inevitable: ¿cómo llegó Veracruz a semejantes niveles después de años de una administración estatal que pertenecía al mismo proyecto político que gobernaba la Federación?
El rezago entre los adultos confirma que no estamos frente a un problema menor.
El Instituto Veracruzano de Educación para los Adultos (IVEA) reportó en su Informe Anual de Resultados 2025 que Veracruz ocupaba el quinto lugar nacional por porcentaje de población en rezago educativo, además del cuarto en analfabetismo, tercero en rezago de primaria y sexto en secundaria, con base en estimaciones del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA) correspondientes a 2024. Es la acumulación de generaciones a las que el sistema educativo no logró garantizar oportunamente una educación básica completa.
Y aquí aparece una contradicción que merece todavía más atención: el sistema educativo veracruzano no funciona con unos cuantos millones de pesos. Para 2025, la propia secretaria de Educación informó de un presupuesto anual superior a 65 mil millones de pesos. El Gobierno estatal también reportó que durante ese año destinó más de 200 millones de pesos a material y equipamiento para 1,130 planteles en 199 municipios. Son acciones que deben reconocerse donde produzcan resultados, pero el contraste sigue siendo enorme: hablamos de más de 25 mil escuelas en la entidad y de carencias acumuladas durante años.
Por eso la discusión no puede limitarse a exigir más dinero. Hay que preguntar cómo se utiliza, dónde se utiliza, qué problemas está resolviendo y cuánto tarda en reflejarse en las aulas.
Si Veracruz maneja uno de los sistemas educativos más grandes del país y dispone de decenas de miles de millones de pesos anuales, cada peso debería tener objetivos verificables: cuántas escuelas tendrán agua, cuántas serán conectadas a internet, cuántos jóvenes dejarán de abandonar sus estudios, cuánto disminuirá el analfabetismo y cuánto aumentará la cobertura en secundaria, bachillerato y universidad.
El problema tampoco es exclusivamente estatal. El Gobierno federal tiene responsabilidad en la política educativa nacional, el financiamiento, los programas de becas, la formación docente, los contenidos y buena parte de la estrategia que llega finalmente a las aulas.
México continúa teniendo problemas serios de aprendizaje. Los resultados nacionales de PISA 2025 —Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes—, aplicado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), volvieron a colocar al país por debajo del promedio de esa organización en matemáticas, lectura y ciencias.
Basta ese dato para entender que el desafío no consiste únicamente en conseguir que los alumnos entren a la escuela: también importa lo que realmente aprendan dentro de ella.
Y ése debería ser el centro de la discusión.
La educación no mejora porque cambie el nombre del modelo pedagógico, porque aparezcan nuevos programas o porque cada administración anuncie una nueva transformación.
Mejora cuando un niño puede estudiar en una escuela con agua, electricidad, baños, mobiliario y maestros; cuando un adolescente tiene una secundaria suficientemente cercana; cuando un joven puede terminar el bachillerato sin abandonar porque no tiene dinero para transportarse; cuando una comunidad rural tiene internet; cuando un estudiante con discapacidad encuentra una escuela verdaderamente accesible; y cuando ingresar a la universidad deja de depender tanto del lugar donde se nació y del ingreso de la familia.
Veracruz necesita una estrategia medible para atender primero lo elemental: agua, electricidad, infraestructura, conectividad, accesibilidad, cobertura, permanencia y aprendizaje.
Necesita fortalecer las escuelas rurales, indígenas y multigrado; reducir el abandono en secundaria y bachillerato; ampliar las posibilidades reales de llegar a la educación superior; combatir el analfabetismo y transparentar el uso del presupuesto educativo.
Porque el verdadero fracaso educativo no se encuentra solamente en una calificación internacional.
Está en el niño que estudia en una primaria sin agua, en el adolescente que tiene que desplazarse kilómetros para llegar a una secundaria, en el bachillerato sin internet, en el joven que abandona porque necesita trabajar y en el adulto al que el sistema dejó llegar a la madurez sin haber terminado siquiera su educación básica.
Los gobiernos estatal y federal pueden anunciar programas, becas, reformas y presupuestos. También pueden señalar avances reales donde existan. Pero mientras las estadísticas oficiales continúen mostrando estas brechas, la transformación educativa seguirá teniendo una deuda enorme con Veracruz.
La educación no se transforma por decreto.
Se transforma cuando las carencias que reconoce el propio Gobierno dejan finalmente de existir. |
|