Durante años, los gobiernos de México han repetido la misma promesa: crecimiento económico, más empleos, mejores salarios y desarrollo para todos. Cambian los partidos, cambian los discursos y cambian los eslóganes, pero el resultado sigue siendo prácticamente el mismo. La economía avanza lentamente, la productividad permanece estancada y millones de jóvenes continúan encontrando como única alternativa empleos precarios o la informalidad. Lo más grave es que seguimos buscando explicaciones en factores externos cuando la verdadera respuesta está frente a nosotros desde hace décadas: México nunca ha hecho de la educación una verdadera política de Estado.
No existe una sola economía desarrollada que haya alcanzado altos niveles de bienestar sin invertir primero en conocimiento. Corea del Sur, Singapur, Dinamarca, Finlandia o Irlanda entendieron hace muchos años que el recurso más valioso de una nación no es el petróleo, el litio o los minerales; es el talento de su gente.
Antes de convertirse en potencias tecnológicas construyeron sistemas educativos capaces de formar ciudadanos críticos, profesionistas altamente capacitados y trabajadores preparados para competir en una economía global. México, en cambio, continúa atrapado en la lógica del corto plazo, donde los resultados electorales parecen importar más que los resultados educativos.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) fue contundente en su Estudio Económico sobre México 2026.
El organismo advirtió que si el país quiere acelerar su crecimiento deberá elevar la productividad mediante una mejor educación, mayor digitalización y una inversión sostenida en capital humano. Incluso recomendó proteger el espacio fiscal precisamente para fortalecer estos rubros.
La propia OCDE advirtió en sus perspectivas económicas más recientes que México crecerá apenas 0.8 por ciento durante 2026 y 1.8 por ciento en 2027, un ritmo insuficiente para cerrar la enorme brecha de productividad y competitividad que mantiene frente a las economías más desarrolladas.
El organismo insiste en que elevar la calidad de la educación, fortalecer las habilidades de la fuerza laboral e invertir en capital humano son condiciones indispensables para acelerar el crecimiento económico del país.
Sin embargo, pareciera que en el gobierno se sigue creyendo que el crecimiento económico depende exclusivamente de repartir apoyos sociales o de inaugurar obras emblemáticas.
Nadie discute que combatir la pobreza sea una obligación del Estado, pero confundir política social con estrategia de desarrollo económico ha sido uno de los errores más costosos de los últimos años.
Los programas sociales pueden aliviar necesidades inmediatas; la educación cambia el destino de una persona y de un país entero. El propio Gobierno federal presume para 2026 un presupuesto histórico superior a 1.1 billones de pesos para educación, incluyendo becas, infraestructura y universidades.
Sobre el papel, la cifra luce impresionante.
Sin embargo, ese monto representa alrededor del 3.2 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), todavía por debajo del 4 al 6 por ciento del PIB que la UNESCO recomienda destinar a la educación para garantizar sistemas educativos de calidad y sostenibles.
La verdadera pregunta, entonces, no es cuánto dinero se anuncia, sino qué resultados produce. Porque ningún presupuesto puede considerarse exitoso si millones de estudiantes siguen egresando con enormes deficiencias en lectura, matemáticas y ciencias, competencias indispensables para competir en la economía del conocimiento.
El problema no es únicamente cuánto se gasta, sino cómo se invierte. En los últimos años el debate educativo dejó de centrarse en la calidad del aprendizaje para concentrarse en la confrontación política. Se eliminaron mecanismos de evaluación docente, se modificaron planes de estudio entre fuertes polémicas y los nuevos libros de texto fueron cuestionados por especialistas debido a errores, omisiones y enfoques ideológicos. Mientras tanto, el mundo avanza hacia la inteligencia artificial, la automatización, la robótica y la economía digital.
Las consecuencias empiezan a sentirse en el mercado laboral. Empresas que buscan instalar operaciones de alto valor agregado requieren ingenieros, programadores, especialistas en datos, científicos y técnicos altamente capacitados. El fenómeno del nearshoring representó una oportunidad histórica para México, pero diversos sectores empresariales advirtieron que una de las principales limitantes es precisamente la escasez de talento especializado. No basta con tener una ubicación geográfica privilegiada si el capital humano no responde a las exigencias de la nueva economía.
La educación tampoco puede reducirse únicamente a preparar trabajadores. Ese quizá sea uno de los errores más graves de nuestro tiempo.
La mayor amenaza para una democracia no siempre entra por la puerta del autoritarismo.
Muchas veces entra silenciosamente al salón de clases.
Comienza cuando educamos a los jóvenes para producir, competir y obedecer, pero dejamos de enseñarles a pensar, cuestionar y ponerse en el lugar del otro.
Ese deterioro casi nunca genera titulares, pero termina vaciando lentamente a las instituciones.
Una sociedad puede graduar miles de ingenieros, abogados o médicos extraordinarios y, aun así, fracasar rotundamente en formar ciudadanos.
La democracia no sobrevive únicamente gracias a las leyes o a las elecciones; sobrevive cuando existen personas capaces de exigir cuentas al poder, defender una idea con argumentos y reconocer la dignidad de quien piensa diferente.
Por eso resulta tan preocupante que las humanidades sean vistas cada vez más como materias prescindibles. La filosofía, la historia, la literatura, la ética y la educación cívica no representan un lujo académico. Son las disciplinas que enseñan a distinguir entre hechos y propaganda, entre evidencia y manipulación, entre liderazgo y culto a la personalidad.
Cuando una escuela deja de formar criterio, empatía e imaginación, no solamente pierde la educación; comienza a perder la democracia.
Y una democracia debilitada también termina debilitando la economía.
Los inversionistas buscan estabilidad jurídica, instituciones confiables y trabajadores altamente capacitados. Ninguna empresa de tecnología instalará un centro de investigación donde no exista talento suficiente. Ninguna economía podrá competir en inteligencia artificial si millones de estudiantes presentan rezagos desde la educación básica. El conocimiento se convirtió en el principal activo económico del siglo XXI y México sigue comportándose como si bastara con explotar ventajas geográficas o mano de obra barata.
Mientras otros países invierten agresivamente en innovación científica y tecnológica, aquí seguimos discutiendo si exigir mejores resultados educativos resulta «elitista» o «neoliberal». Esa falsa discusión ha terminado por normalizar la mediocridad. Se ha confundido inclusión con ausencia de exigencia; igualdad con conformismo; acceso con calidad. Pero abrir la puerta de una escuela no garantiza aprendizaje. El verdadero reto consiste en que quienes cruzan esa puerta salgan preparados para transformar su realidad.
La educación también representa el principal mecanismo de movilidad social. Un niño que recibe formación de calidad tiene mayores posibilidades de acceder a mejores empleos, mayores ingresos y una vida con menos carencias. Cuando ese proceso falla, la pobreza deja de ser una condición temporal y se convierte en una herencia que pasa de una generación a otra. Ningún programa asistencial puede romper ese círculo con la misma eficacia que una educación de excelencia.
México necesita mucho más que discursos sobre transformación. Necesita una transformación intelectual. Una que coloque nuevamente a la educación en el centro de todas las políticas públicas; que recupere la exigencia académica; que fortalezca la ciencia, la investigación y la innovación; que dignifique la labor docente y que forme ciudadanos libres antes que simpatizantes políticos.
Porque los gobiernos son pasajeros. Las obras públicas eventualmente envejecen. Los programas sociales cambian con cada administración. Pero una generación mal educada puede condenar el desarrollo económico de un país durante medio siglo.
La verdadera riqueza de México no se encuentra bajo la tierra ni en sus recursos naturales. Está sentada todos los días en un pupitre. Si el gobierno no entiende que cada peso invertido en educación de calidad vale mucho más que cualquier discurso político, seguiremos celebrando presupuestos históricos mientras el crecimiento económico continúa siendo uno de los más bajos entre las economías emergentes.
Un país que deja de enseñar a pensar también deja de innovar.
Y un país que deja de innovar termina resignándose al estancamiento. Esa es la factura que México ya empezó a pagar. |
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