Durante décadas, México presumió haberse convertido en una potencia automotriz. Armadoras, plantas de motores, fábricas de autopartes y enormes corredores industriales hicieron del sector uno de los pilares de las exportaciones y del empleo manufacturero nacional. Pero hoy esa fortaleza está sometida a una presión extraordinaria: Donald Trump golpea desde el norte con aranceles y exigencias comerciales cada vez más agresivas, mientras China avanza desde el otro extremo con vehículos eléctricos, tecnología, precios competitivos y una estrategia industrial construida durante años.
Y México está en medio.
Lo verdaderamente preocupante es que mientras Estados Unidos y China defienden ferozmente sus intereses económicos, nuestro gobierno parece administrar la coyuntura en lugar de construir una estrategia de largo plazo.
Washington protege sus fábricas; Pekín subsidia, innova, financia y expande a sus empresas; México responde apagando incendios, negociando excepciones y esperando que las decisiones tomadas en Washington no terminen dañando demasiado nuestra economía.
La industria automotriz mexicana no es un asunto menor. Es una de las columnas vertebrales de nuestra estructura manufacturera y está profundamente integrada con Estados Unidos y Canadá.
Por eso los aranceles sectoriales impuestos por el gobierno de Trump representan una amenaza seria. En julio, Rogelio Garza, presidente de la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz, advertía que mientras permanezcan esas medidas arancelarias ni siquiera existen condiciones adecuadas para discutir nuevas reglas de origen dentro del T-MEC. La presión estadounidense incluye además propuestas para elevar todavía más el contenido estadounidense de los vehículos fabricados en Norteamérica.
El gobierno mexicano puede argumentar, con razón, que las decisiones de Trump no dependen de Palacio Nacional. Pero ésa es apenas una parte de la historia.
Gobernar no consiste en controlar lo incontrolable, sino en preparar al país para enfrentarlo.
¿Dónde está la gran estrategia mexicana para reducir nuestra vulnerabilidad automotriz? ¿Dónde está la política nacional de electromovilidad capaz de convertirnos no solamente en ensambladores, sino en desarrolladores de tecnología? ¿Dónde está el programa verdaderamente ambicioso para fabricar baterías, semiconductores, software, componentes electrónicos y tecnologías propias?
¿Dónde está la inversión suficiente en investigación, formación de ingenieros, infraestructura energética y cadenas nacionales de proveedores?
Porque mientras México sigue celebrando cada planta extranjera que instala una línea de producción, China lleva años construyendo capacidades tecnológicas propias. Esa diferencia es brutal: una cosa es fabricar automóviles y otra muy distinta controlar la tecnología con la que se fabricarán los automóviles del futuro.
Ahí está precisamente el fracaso que durante años se ha querido ocultar detrás del discurso triunfalista del nearshoring. Nos dijeron que México estaba ante una oportunidad histórica. Que las tensiones entre China y Estados Unidos provocarían una avalancha de inversiones. Que nuestra ubicación geográfica prácticamente garantizaba convertirnos en uno de los grandes ganadores de la reorganización industrial mundial.
Pero una oportunidad geográfica no sustituye una política económica.
No basta estar junto a Estados Unidos. Hay que ofrecer energía suficiente y confiable, infraestructura moderna, seguridad, Estado de derecho, carreteras eficientes, agua, capital humano especializado y certidumbre para inversiones que se planean a veinte o treinta años. Y precisamente allí es donde México arrastra deficiencias que ningún discurso presidencial puede borrar.
Mientras tanto, apareció la otra muralla: China.
México decidió elevar hasta 50 por ciento los aranceles a automóviles procedentes de países con los que no mantiene tratados comerciales, una medida respaldada incluso por representantes de la propia industria automotriz mexicana como una herramienta para equilibrar las condiciones de competencia. Pero colocar una barrera arancelaria puede proteger temporalmente un mercado; lo que no puede hacer es sustituir innovación, productividad ni desarrollo tecnológico.
Ése es el punto que debería preocuparnos.
Si México necesita levantar muros para proteger su industria pero al mismo tiempo depende profundamente del mercado estadounidense para sostenerla, entonces nuestra supuesta potencia automotriz tiene una vulnerabilidad enorme.
De un lado dependemos del consumidor estadounidense. Del otro dependemos de tecnología, componentes y cadenas globales que cada vez tienen mayor presencia asiática. Y en medio de ambas potencias seguimos sin construir suficientes capacidades nacionales.
Las cifras muestran la magnitud de lo que está en juego. De acuerdo con el INEGI, solamente entre enero y mayo de 2026 México produjo 1 millón 642 mil 83 vehículos ligeros.
En mayo se fabricaron 342 mil 926 unidades y se exportaron 306 mil 288. Es decir, estamos hablando de una gigantesca plataforma industrial cuya estabilidad repercute mucho más allá de las armadoras: alcanza proveedores, transportistas, acereras, fabricantes de componentes, servicios logísticos y miles de pequeñas y medianas empresas.
Por eso resulta irresponsable tratar el conflicto comercial como una simple disputa diplomática.
Detrás de cada arancel hay inversiones que pueden congelarse. Detrás de cada cambio en las reglas de origen existen proveedores que pueden perder contratos. Detrás de cada planta cuya producción se traslada existe una comunidad que puede perder empleos.
Y detrás de cada año desperdiciado sin desarrollar tecnología mexicana existe una dependencia que será mucho más difícil romper mañana.
El gobierno de Claudia Sheinbaum heredó buena parte de estas vulnerabilidades, pero ya no puede limitarse a culpar al pasado ni refugiarse en la incertidumbre internacional.
Tiene la responsabilidad de decidir qué lugar ocupará México en la nueva industria automotriz mundial.
Y la pregunta resulta incómoda para un gobierno que presume soberanía constantemente: ¿qué tan soberana puede ser una economía cuando una decisión tomada en Washington puede poner nerviosa a una de sus principales industrias?
Todavía más incómoda es otra: ¿qué pasará cuando el automóvil eléctrico termine desplazando progresivamente tecnologías en las que México construyó buena parte de su ventaja manufacturera?
China entendió hace años que el automóvil dejó de ser únicamente una máquina mecánica. Ahora es batería, software, electrónica, inteligencia artificial, sensores, datos y conectividad. La batalla ya no consiste únicamente en fabricar motores y ensamblar carrocerías. Consiste en dominar conocimiento.
México llegó tarde a esa carrera.
Y eso también es responsabilidad de gobiernos que prefirieron presumir cifras de inversión extranjera antes que preguntarse cuánto conocimiento realmente quedaba en el país. Durante demasiado tiempo celebramos ser una gran plataforma de manufactura sin construir paralelamente una verdadera potencia mexicana de innovación.
No significa renunciar a la inversión extranjera.
Sería absurdo. Significa utilizarla para desarrollar proveedores nacionales, centros tecnológicos, investigación, patentes, capacitación y empresas mexicanas capaces de subir dentro de la cadena de valor.
Pero para lograrlo hace falta algo más que mañaneras, discursos sobre soberanía y fotografías inaugurando plantas.
Hace falta política industrial.
Hace falta energía.
Hace falta seguridad.
Hace falta infraestructura.
Hace falta educación tecnológica.
Hace falta ciencia.
Y, sobre todo, hace falta una visión de país que vaya más allá del próximo proceso electoral.
Estados Unidos sabe perfectamente lo que quiere: recuperar manufactura, aumentar contenido estadounidense y reducir su dependencia de China.
China también sabe lo que quiere: conquistar mercados, dominar tecnologías estratégicas y convertir sus empresas en actores globales.
La pregunta es mucho más sencilla y dolorosa:
¿México sabe qué quiere?
Porque hasta ahora parece condenado a reaccionar a las decisiones de los demás. Si Trump amenaza, negociamos. Si China avanza, ponemos aranceles. Si una empresa anuncia inversión, celebramos. Si otra reconsidera sus planes, guardamos silencio.
Eso no es estrategia industrial. Es administración de contingencias.
México posee trabajadores capacitados, décadas de experiencia manufacturera, una posición geográfica privilegiada y una integración productiva con Norteamérica que pocos países podrían replicar. Tenemos las condiciones para convertir la actual crisis en una enorme oportunidad.
Lo que no tenemos derecho a hacer es desperdiciarla.
Porque si el gobierno continúa creyendo que nuestra ubicación geográfica resolverá por sí sola nuestros problemas, puede descubrir demasiado tarde que mientras Estados Unidos y China peleaban por fabricar el automóvil del futuro, México se conformó con seguir ensamblando el presente. |
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