Muy duro ha sido el revés que la ciudadanía estadounidense propinó al presidente Trump, porque visto desde el enfoque de un referéndum significa una evaluación reprobatoria. Lo sorprendente en este caso radica en la autocomplacencia presidencial al promoverse como un imán al sugerir que hicieran de cuenta que él estaba en la boleta electoral. Esa fue la sorpresiva propuesta de Trump pese a mantener una bajísima aprobación ciudadana. La votación simplemente no le resultó favorable. Análogamente, acá en la aldea jarocha cuando en 2007 se celebraron elecciones de medio mandato para elegir alcaldes y legisladores locales otro gobernante de tendencia populista, Fidel Herrera Beltrán, recomendaba a los candidatos del PRI ampararse en su prestigio de “buen gobernante” aludiendo a “la gran obra pública de su gobierno”, ya que, según presumía, en solo tres años había hecho la obra pública programada a seis años. Eso decía, y haya sido como haya sido el PRI obtuvo un extraordinario triunfo electoral en numero de alcaldías y distritos ganados, mientras que el PAN perdió la gran ventaja política obtenida tres años antes.
Por supuesto, la anterior referencia no pretende comparar casos tan disímiles, aunque se trata en ambos casos de gobernantes de estilo populista. Pero no son equiparables porque en el caso estadounidense hablamos de una democracia sostenida por instituciones sólidas, con genuina separación de poderes, efectivos contrapesos al poder y real certeza respecto de los resultados electorales. Igualmente, también de un votante muy informado y bastante participativo, cuyo voto refleja su inconformidad por los elevados costos de las mercancías, por la corrupción detectada con altos decibeles en el gobierno de Trump, por su desacuerdo con la guerra contra Irán y el abandono de Ucrania. Nada equiparable a nuestro caso, mucho menos cuando el órgano encargado de organizar elecciones y garante de una competencia electoral de piso parejo atraviesa por una severa crisis tras exhibirse la corrupción de quien fuera su consejera presidente. Allá, en una democracia consolidada, pese a defectos que indudablemente tiene, el populismo tuvo fecha de caducidad impuesta por una ciudadanía que castiga a malos gobernantes, acá no somos fiel reflejo sino fuerte contraste, porque aquel desaforado grito de López Portillo, el ¡Ya nos saquearon, no nos volverán a saquear¡ permanece como un deseo en utopía, porque el saqueo sigue su imperturbable marcha y el pesimismo no alcanza para esperar un voto de castigo. |
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