El presidente López Portillo presumía que su gobierno era “de planes y programas”, es decir, la planeación había tocado las puertas de la burocracia para bien el país, ya no más ocurrencias en la gobernanza todo se hacía en base a estudios previos y se implementaba con estricto rigor y disciplina, para evitar desviaciones creó la Contraloría encargada de evaluar las acciones de gobierno. Pero en el fondo, esa retórica estaba destinaba a acentuar las diferencias con su antecesor, Luis Echeverría, el non plus ultra de los presidentes más dispersos de nuestra galería nacional. Se comentaba que en sus iterativas giras por todo el país, cuando el presidente ordenaba la construcción de alguna obra decidida in situ, su secretario de Hacienda o el de la Presidencia le preguntaban cuál de las obras anteriormente ordenadas debían dejar sin efecto para dar cabida a la nueva. Y así nos fue, porque en su populismo Echeverría gastó desordenadamente el dinero público, y al finalizar su periodo devaluó la moneda dejando pesado paquete a su sucesor. Pero con todo y sus planes y programas López Portillo también heredó a su sucesor un mundo de recurrentes crisis económicas.
Aquello fue del siglo XX, y en el XXI aun no superamos ese diseño porque seguimos siendo un país donde sus gobiernos formulan planes y programas solo para cubrir un expediente, porque si fuera para darles estricto cumplimiento con tanto dinero a disposición este país gozara de una infraestructura de primer mundo: carreteras impecables, hospitales bien equipados, refinerías que refinan crudo pesado, escuelas dignas, energía eléctrica suficiente para satisfacer la demanda nacional, aeropuertos como el de frustrade construcción en Texcoco, presas para el riego agrícola, agua potable, etc. En 2007, el presidente Calderón anuncio su Plan Nacional de Infraestructura para “fortalecer y modernizar las infraestructuras de México”. López Obrador hacía alarde de que con sus obras de multimillonario costo el sureste, al fin, encontraría el camino para su desarrollo. Sin comentarios. El 2 de febrero, la presidenta inauguró el Tren México-Toluca, cuya construcción inició en 2013 con un costo de 38 mil 608 millones de pesos y 13 años después se concluye con un monto de 140 mil 134 millones de pesos o sea, un sobre costo de 263%, lo que da idea de cómo se sigue planeando y ejecutando la obra pública en este país, porque Peña Nieto no lo pudo concluir ni López Obrador, como lo había ofrecido. A continuación, este gobierno presentó el Plan de Inversión de Infraestructura para el desarrollo con Bienestar, su objetivo es “realizar una inversión pública y mixta de 5.6 billones de pesos para energía, trenes, carreteras, puertos, salud, agua, educación y aeropuertos”. Es el inicio de otro ciclo, de otra esperanza, que en este caso, por el bien de México, ojalá no sea otra ilusión frustrada. |
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