Es practica añeja la reunión periódica de amigos en torno de una mesa de café, el perfil de los comensales los unifica en charlas de interés común acompañadas por las infaltables divagaciones. Algunas de esas reuniones se caracterizan por ser gremiales, otras destacan por su versátil pluralidad, entre las variables destacan las de motivo profesional y generacional, otras de amistades encontradas en el camino. La constante es la catarsis que propician, la oportunidad de “fugarse” momentáneamente. El fenómeno es mundial, porque es humano. En Monte Marte, París, una plazuela con cafetería reúne a artistas del momento, allí transcurrieron en sus respectivos tiempos Víctor Hugo, Balzac, Casals, Simone de Beauvoir, Sartre, Chaplin, etc. En Madrid, la Generación del 98 (así la calificó “Azorín”) con Unamuno al frente debatían la decadencia del Imperio Español dada la pérdida de sus últimas colonias, Puerto Rico, Cuba, Guam. En México la Generación del Ateneo surgida en 1909 e integrada por Vasconcelos, Ureña, Alfonso Reyes, entre otros, hicieron época y trascendieron a su tiempo. En Alemania e Inglaterra el fenómeno no fue ajeno y aunque en una mesa de café nada se resuelve de cualquier manera sirve para cohesionar propósitos, fomentar la inspiración y debatir casualidades, así ha sido, así será con las modalidades impresas por las circunstancias y la cultura.
Una mesa hebdomadaria de café, diaria o terciada, sirve para estrechar lazos, sentimientos, experiencias personales y el desfogue de pesares. Por la naturaleza de sus componentes, la parte humana interviene con medular presencia, los desacuerdos y afinidades se superan y consolidan. La convivencia fortalece la amistad, las identidades se estrechan, aunque los contrastes acechan porque la materia prima es la condición humana, y no está ausente la pesarosa levedad del ser acompañada de sus dolorosos efectos. En nuestra mesa matutina de cada domingo ya no estará físicamente presente Antonio Pérez Bouzas, “Toby”, para sus amigos de la chanza, se ha marchado cruzando el umbral hacia lo desconocido, sorpresivamente, sin aviso previo abandonó su mansión de peregrino, se le extrañará con profundo pesar. Sin embargo, su presencia será virtual y allí permanecerá porque el recuerdo de su bonhomía sigue vigente. Conocedor a fondo de la tecnología automotriz su consejo sobre las diferentes marcas estaba avalado por ese calificado sustento. Entre sus postreros comentarios se recuerda su observación acerca de lo novicio de un motociclista a juzgar por la manera de colocar las piernas en el inicio de la marcha. Su fino oído le permitía captar el sonido irregular de un vehículo en marcha, harán falta su asesoría tecnológica y su presteza para ofrecer ayuda. Muy solidario siempre, Antonio Pérez Bouzas solo estará ausente físicamente, porque en la memoria de sus compañeros y amigos de la mesa su recuerdo vibrará por siempre. Para su padre, Antonio Pérez Díaz y su señora esposa, a sus hijos, nuestro solidario acompañamiento por la irreparable pérdida. Nada es para siempre, dice la sabiduría popular, así transita la vida en este mundo.
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