Como hemos comentado en otras ocasiones la historia nos ha enseñado que las grandes transformaciones nunca llegan anunciando con claridad quiénes serán sus vencedores y quiénes sus víctimas. Todo depende, en buena medida, de la capacidad para entender el momento, resistir sus consecuencias y aprovechar sus posibilidades.
Hace casi un siglo, Pearl S. Buck, un escritor estadounidense que había crecido y vivido buena parte de su vida en China, publicó una novela titulada Viento del Este, Viento del Oeste. A través de ella y desde la perspectiva de una sociedad que comenzaba a enfrentarse a la descomposición de su propio mundo, explicaba las contradicciones entre Oriente y Occidente.
Era 1930. Faltaban nueve años para el estallido de la Segunda Guerra Mundial, pero los vientos que terminarían destruyendo el orden internacional ya comenzaban a soplar.
Hoy, cuando uno observa lo que está pasando, cuando contempla acontecimientos que aparentemente no tienen sentido, pero que en realidad obedecen a una lógica histórica, descubren que seguimos sin aprender las grandes lesiones del pasado. Lo más preocupante no es solamente que los errores se repitan, sino que quienes tienen la responsabilidad de evitarlos parecen incapaces de reconocerlos. Una vez más, aquello que destruyó el mundo de ayer se convierte en la principal amenaza de nuestro presente.
Tanto la Primera como la Segunda Guerra Mundial, dejaron paradójicamente, oportunidades para la América que habla español.
Mientras Europa se consumía en sus propias contradicciones, buena parte de América Latina encontró nuevas posibilidades económicas y políticas.
Es difícil imaginar que el presidente Lázaro Cárdenas hubiera podido llevar adelante aquella decisión en las mismas condiciones si el mundo no hubiera estado atravesando las tensiones de la preguerra. Naturalmente, la expropiación respondió a una lucha interna por los derechos de los trabajadores y la soberanía nacional. Pero también fue posible por los equilibrios internacionales de aquel momento.
Que Franklin D. Roosevelt estuviera en la Casa Blanca resultó decisivo. Su política de buena vecindad junto con la necesidad de mantener la estabilidad del continente ante la amenaza de una guerra mundial, permitió que México enfrentará las consecuencias internacionales de nacionalizar los activos de las grandes compañías petroleras extranjeras, entre ellas El Águila, controlada por intereses de Royal Dutch Shell. Washington defendió el derecho de las empresas a recibir una compensación, pero evitó convertir el conflicto en una ruptura con México.
Esa es una de las grandes enseñanzas de la historia. Los momentos de mayor incertidumbre internacional también pueden abrir oportunidades que, en circunstancias normales, parecían imposibles.
Hoy Europa vuelve a enfrentarse a una guerra que amenaza con transformar su destino. Y aunque la historia nunca se repite exactamente de la misma manera, resulta imposible ignorar ciertas semejanzas en la forma en que las grandes potencias administran los conflictos y negocian sus consecuencias.
En ese contexto, conviene observar con detenimiento lo que está ocurriendo entre Donald Trump y Vladimir Putin. Sin embargo, más allá de la tragedia europea, lo verdaderamente importante para nosotros es comprender que este reordenamiento mundial también puede abrir oportunidades. Y algunas de ellas podrían resultar decisivas para México.
Ya no es tiempo de llorar. Tampoco de contemplarlo todo desde la vulgaridad de nuestras decepciones políticas, de recordar permanentemente cómo nos faltaron aquellos que tenían que darnos ejemplo de moralidad y fueron incapaces de poner orden en su propia casa.
Es tiempo de levantar la mirada. De reconocer nuestras debilidades, pero también de calcular nuestras posibilidades. De entender que, por encima de nuestras diferencias internas, existe un mundo que está transformando y en el que México puede desempeñar un papel mucho más importante del que nosotros mismos estamos acostumbrados a reconocerle. Y no se trata de ignorar lo que sucede dentro del país.
Por eso, cuando digo que hay esperanza, no lo digo como una expresión de optimismo ingenuo. Digo que debe haber esperanza porque existen razones históricas, económicas y geopolíticas para pensar que México puede encontrar una oportunidad precisamente en medio del desorden internacional.
Por eso conviene mantener los ojos muy abiertos frente a lo que sucede en el mundo. México tiene experiencia en sobrevivir. Lo que ahora necesita demostrar es que también sabe aprovechar el momento histórico que tiene delante.
La ruleta mundial está girando nuevamente. Todo dependerá de cómo juguemos nuestras cartas.
En otro orden de ideas en política, los problemas rara vez llegan solos. Se acumulan, se contaminan entre sí y, cuando el gobierno pierde capacidad para anticiparlos y resolverlos, terminan convirtiéndose en problemas de gobernabilidad.
Claudia Sheinbaum debería observar con particular atención lo que está ocurriendo en el país porque comienzan a coincidir demasiados focos rojos. Todo ello ocurre en la víspera de las elecciones intermedias de 2027 y con un INE obligado a reconstruir su credibilidad después de la salida de Guadalupe Taddei.
Existen suficientes señales de tensión para preguntarse si la presidenta debería realizar un ajuste de gabinete antes que los problemas crezcan.
Además, es tiempo de incorporar a su gente de confianza, a los leales a ella, a las tareas del gabinete presidencial.
El primer foco está precisamente la Gobernación.
El gobierno necesita financiar programas sociales, pensiones, intereses de la deuda, infraestructura y empresas públicas mientras intenta reducir gradualmente el déficit.
Un ajuste de gabinete no necesariamente representa una admisión de fracaso. Puede convertirse en un instrumento para recuperar la iniciativa política antes de unas elecciones particularmente importantes. El peor error sería esperar a que las crisis determinen los cambios.
Claudia Sheinbaum todavía tiene margen para mover sus piezas. La pregunta es cuánto tiempo conservará ese margen.
En otro contexto comencemos por recordar una frase de la obra Tartufo, escrita por Molière, qué en voz de Orgón, plantea no hoy por qué ser esclavos de esos fingidores, que hay tantos falsos devotos como falsos valientes. Así, cabe plantearse que hay preguntas que resultan incómodas por lo que implica su formulación y las posibles respuestas que no se acercan a la falsedad. Cuestionamientos que permiten acelerar el pensamiento y nos conducen al conocimiento, a encender la curiosidad o encontrar los recursos necesarios para no enfangarse en las arenas de la duda, de la incertidumbre. Preguntas que, a fin de cuentas, también son un reflejo de quiénes articulan cada una de sus palabras, de sus búsquedas y de su propia maraña. En ese sentido, quizá sea oportuno preguntarnos, como sociedad, cuándo podremos exigir de manera eficiente y con el sentido de la oportuna justicia.
En política, frecuentemente la pusilanimidad y la impunidad van de la mano. En política, los favores no son gratuitos.
"Cuando una mujer se mete en política, cambia la mujer y cuando muchas mujeres se meten a la política, cambia la política". |
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