De Veracruz al mundo
MOMENTO DE ACOTAR
Francisco Cabral Bravo
2026-06-22 / 15:46:13
Cara a cara, y no de lejitos


Francisco Cabral Bravo

Con solidaridad y respeto a Rocío Nahle García y Ricardo Ahued Bardahuil



Hay personas que construyen sus vidas sobre el artificio, la mentira y la traición. Creen que el poder, el dinero o la influencia los blindan contra cualquier consecuencia. Pero, hay una justicia que no está escrita en los códigos penales, sino en la conciencia: la de los fantasmas que ellos mismos siembran y que, tarde o temprano, regresan a habitar sus noches.

No me refiero a espectros sobrenaturales, sino a esas presencias intangibles que persiguen a los corruptos, a los falsos, a los ladinos y a los hipócritas: el rostro del engañado, la promesa rota, el hombre de la víctima olvidada. Estos fantasmas no piden venganza; piden memoria. Y la memoria cuando es incómoda, se convierte en el peor de los verdugos.

El corrupto, aquel que vende su ética por un puñado de monedas, cree que el trato queda en el pasado. Pero cada soborno, cada desviación de fondos, cada favor ilegal deja una huella espectral. Su fantasma es el del bien común traicionado: un niño sin escuela, un enfermo sin medicina, un puente que se cae.

El fantasma se manifiesta en la mirada sospechosa de un colega, en la auditoría inesperada, en la noticia que destapa lo oculto. Y cuando la justicia terrenal falla, el fantasma se instala en el insomnio del poderoso, recordándole que todo imperio construido sobre la mentira tiene los días contados.

La persona falsa en cambio, teje una realidad paralela de apariencias. Sonríe mientras planea La traición, abraza mientras afila el puñal. Su fantasma es el del espejo. Porque la falsedad exige un esfuerzo titánico de coherencia artificial: recordar qué mentira le dijo a quién, mantener las versiones, sostener la máscara. Con el tiempo esa máscara se pega a la piel, y el falso ya no sabe quién es realmente. Entonces aparece el fantasma más aterrador: el verdadero, ese que sepultó bajo capas de simulación y que ahora reclama su lugar. Lo persigue la posibilidad de que un día en un descuido, la verdad se asoma y el castillo de naipes se derrumbe.

El ladino, el astuto tramposo que se cree más inteligente que los demás, tiene un fantasma particular: el de la justicia poética. El adino goza burlando sistemas, aprovechando resquicios, engañando con sonrisas. Pero el universo tiene una memoria irónica. Su fantasma es el del engaño que se vuelve contra él: la trampa que él preparó y en la que un día cae, el aliado que lo traiciona con sus mismas artes, la jugada maestra que termina siendo su ruina. Lo persigue la certeza de que no hay astucia, que pueda burlar para siempre al tiempo. Y el tiempo, cuando se cansa de esperar se vuelve fantasma.

La hipocresía, por último, es el hábitat natural de todos los fantasmas anteriores. El hipócrita predica lo que no practica, condena en otros lo que se permite en secreto. Su fantasma es doble: por un lado el de su propia contradicción: por otro, el de aquellos a quienes juzgó con severidad mientras él mismo hacía lo mismo. No hay espectro más osado que el de una lección moral que regresa para aplicarse al predicador. El hipócrita vive con el temor constante de que su máscara se resquebraje y de que el mundo vea la grieta. Y ese miedo es su fantasma cotidiano, un acompañante silencioso en cada aplauso, en cada lago que no se atreve a creer del todo.

Pero estos fantasmas no solo persiguen a los corruptos, falsos, ladinos e hipócritas en vida. Los perseguirán también después, porque la muerte no borra el legado. El fantasma del corrupto será su nombre pronunciado con desprecio por las generaciones futuras. El del falso será el vacío que deja: nadie que realmente lo llore, porque nadie lo conoció de verdad. El del ladino será la anécdota que se cuenta como advertencia: "así terminó el que creía que siempre podía engañar a todos". Y el del hipócrita será la lápida que nadie visita, porque en vida ya había ahuyentado a todos con su doblez.

No se trata de un castigo divino ni de una maldición mágica. Es mucho más sencillo y mucho más inexorable: la conciencia humana está tejida con la memoria de los actos. Cada engaño, cada traición, cada moneda ensuciada, cada palabra doble se convierte en un hilo que se anuda alrededor del alma. Con el tiempo, esos hilos se tensan y forman una red. Esa red es el fantasma. Y no hay exorcismo que la disuelva, porque para expulsarla haría falta algo que el corrupto, el falso, el ladino y el hipócrita ya no saben fabricar: honestidad, valentía Y el simple acto de mirarse al espejo sin temblar.

Al final, los fantasmas no vienen de afuera. Vienen de adentro. Y mientras haya un acto ruin sin asumir, una mentira sin confesar, una hipocresía sin enfrentar, esos fantasmas seguirán allí, silenciosos, impecables, esperando. Porque la verdad es que nadie escapa de sí mismo. Y ese es el único fantasma que nunca, nunca se va.

En otro contexto me regreso y veo México 1930. Compiten por la presidencia nacional un candidato fuerte, apoyado por una fuerza casi nula versus un candidato débil, pero apoyado por un partido fortísimo que habría de gobernar durante 76 años, todavía un récord en el mundo civilizado.

Pascual Ortiz Rubio derrotó a José Vasconcelos y se convirtió en presidente de México. La historia le asignó el lépero apodo de Pelele II. Pero le debía todo a Plutarco Elías Calles, Jefe Máximo de la Revolución Mexicana. Este no era nada más el dueño del partido. También era el dueño del poder y era el verdadero dueño de México. Ya se había demostrado que nadie podía enfrentarsele. Ni los ricos ni los mexicanos ni los extranjeros. Ni los sindicatos ni los campesinos. Ni la iglesia ni los militares.

Se dice que, en algún momento, Pascual consultó cómo salvar su dignidad personal sin faltar a su lealtad política. La respuesta se la dio Joaquín Amaro, militar de reconocida lealtad, dignidad y valentía. Le dijo que enfrentarse al jefe político de ambos sería una guerra perdida y una deslealtad prohibida. Tomó el camino de la renuncia. No fue indigno y no fue desleal. Calles y yo ejerciendo su absoluto poder todavía sobre Pelele II y sobre Pelele IV, hasta que este logró la fuerza para enfrentarlo y vencerlo. El sistema consideró e impuso el mutismo presidencial "de ida y vuelta". Que los actuales no hablarán de los anteriores ni los pasados hablarán de los presentes. Así fue y todo funcionó con una estabilidad envidiable.

Soñé que López Obrador se lanzaba para diputado en 2027. Hasta allí, mi sueño era muy aburrido. Pero empezó a ser interesante porque, ya rota la regla del silencio, también se lanzaban Vicente Fox, Felipe Calderón, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo y Enrique Peña. Esos seis señores tienen alto voltaje. Algunos nos agradan y otros nos repugnan, pero todos pesan. Nadie logra engañarlos. Nadie puede ningunearlos. Lo que tengan entre ellos, se lo dirán "cara a cara" y no"de lejitos". Se va poniendo bueno.

La realización de mi sueño no se acercaría un poco a un equilibrio de poderes, a una confrontación de seriedades y a una política realista y no ficticia. La política real es la política del poder. Su entendimiento, su medición, su sistematización, su instrumentación y su funcionamiento.

A ese Congreso nadie le ordenaría. Ningún partido, ninguna potencia y ningún presidente.

Ni esos congresistas los obedecerían. Todo ello por la vía pacífica de la ley o de la política y no por la vereda violenta del levantamiento o de la revolución.

Shakespeare, Quevedo y Spota dirían que con los sueños del insomnio se recuerda el futuro y se profetiza el pasado.

Para finalizar el mensaje del Papa León XIV ante diputados y senadores en España es una serena y profunda llamada de atención a la política del encono que tanto padecemos.

Frente a una clase gobernante en puja permanente, el líder de la Iglesia católica dejó en el recinto legislativo de Madrid su crítica a la disputa del poder que se sustenta en la cultura del odio y la polarización.

La convocatoria para la construcción de soluciones que atiendan la pluralidad de las sociedades fue hilvanada por Robert Francis Prevost con el tema de la guerra como síntoma del fracaso de la política.

La comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la confianza y la esperanza, expuso ante los congresistas, el presidente Pedro Sánchez y el rey Felipe IV.

"La unidad verdadera no informa, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas sensibilidades y tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo".

De ahí que las reflexiones del Papa sean obligadas para la circunstancia mexicana cuando señala que "dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la reciprocidad". Y es que, para el Pontífice "la pluralidad política no debería de generar en descalificación permanente del adversario".

"Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para desarmar el lenguaje. La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación".

"La paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral".

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