Francisco Cabral Bravo
Con solidaridad y respeto a Rocío Nahle García y Ricardo Ahued Bardahuil
Al momento que esto escribo recordé decía la abuela que, si alguien no te contesta, con su silencio ya te contestó. Quizás sí lo entendía Donald Trump, quien esperaba del gobierno mexicano una respuesta en los dos meses que ordenó nuestro tratado de extracción y ya pasaron cinco meses.
Quizás ese solicitante desoído requiera a México o actúe como se le ocurra. La política dice que lo debe hacer entre el 10 y el 25 de octubre. Antes no le servirá para sus elecciones y, después, ya no le servirá.
Sabia virtud de conocer el tiempo, diría Renato Leduc. Horacio aconsejaba siempre aprovechar el hoy y nunca confiar en el mañana.
Me lo recuerda la historia. Casi iniciando el mandato de Adolfo Hitler, Franklin Roosevelt asumió el mandato de Estados Unidos y, de inmediato, se hizo tres preguntas.
La primera, si habría guerra en Europa. La respuesta fue indubitable. La segunda, si Estados Unidos debería intervenir en esa guerra ajena. ¡Claro que sí! De esa guerra saldrían como los dueños de la mitad del mundo. El destino de Gloria tocaba las puertas de Estados Unidos y su presidente no sería el atarantado, miedoso o humanista que le negara el paso o le rechazara sus ofrendas.
La tercera interrogante se refería al tiempo, qué es nuestro tema de hoy: ¿Cuándo sería el momento oportuno para inmiscuirse en la conflagración? No tan pronto. Espero 8 o 10 años. Tan lento como para que los otros sumaran 70 u 80 millones de muertos, entre 6 judíos, 20 rusos, 30 chinos y 15 de diversos países.
Tan lento como para que, en ese entonces, ya no tuvieran comida, ni armas, ni medicinas, ni jóvenes, ni esperanzas ni vigor para enfrentarsele.
Tan lento como para que, en su desesperación, los amigos le rogaran su ayuda y los enemigos le imploraran la paz. Para ese entonces, el auxilio a unos y la demencia a otros tendrían un precio exorbitante.
El reloj político, como cualquier reloj avanza sin retroceso. El tiempo nunca se detiene ni se retrasa ni se anticipa. Es de absoluta autonomía, no requiere combustible ni mantenimiento. No se descompone ni se desgasta ni perece. Es infalible y eterno. Pero, además, el tiempo nunca es neutral. Siempre corre a favor o en contra. En política no existe el tiempo perdido. El tiempo que unos pierden, otros lo aprovechan.
Es por eso que, en estas horas de muchas preguntas y de pocas respuestas, me atrevo a adivinar algo del pasado, así como a recordar algo del futuro. Me queda claro que el oficio de profeta hoy está muy desprestigiado, sobre todo en la política. Pero todos tenemos derecho a las adivinanzas, mientras estás No sean meras charadas.
Tucídides escribió que la causa verdadera de la guerra del Peloponeso fue también la menos declarada: el crecimiento de Atenas y el miedo que infundió en Esparta. En tiempo habitual; Virginia Woolf y Tucídides sobre la guerra: Carson no lee el ateniense como manual de estrategia, sino como un hombre atrapado en un problema de medición. Para fechar el inicio de la guerra, necesitaba que coincidieran los relojes de Argos, Esparta y Atenas, en ninguna ciudad griega compartía calendario. Inventó entonces el suyo: un tiempo abstracto, contado por veranos e inviernos, hecho para elevarse por encima del tiempo habitual de la polis. Esa altitud le dio la mirada totalizadora que fundó la historiografía y el realismo político.Tucídides lo sabía y Carson le dio escala humana y poética. Leer no hace mejor persona a nadie, y menos a un político. Pero sin lectura no hay pensamiento crítico, amplitud de horizonte es mi capacidad de descifrar situaciones complejas.
Es una lata esto del premio Nobel de Literatura. Ya quisiera uno tener tiempo, u otra vida, para leer todo lo que sale, más los clásicos que ya se leyeron, pero regresan, como búmeran, con nuevas referencias u otros actores.
Con el anuncio del galardón de este año a la canadiense Anne Carson se renueva mi ignorancia sobre tantas potenciales plumas que se pueden disfrutar o al menos, echar o irás a las narraciones orales de los laureados. Me explico.
No, no he leído a Anne Carson, mismo caso desde hace varios años con algunos otros Nobel.
Ya ni llorar es bueno. Las letras son también cuerpo, torpeza y humor ante lo inevitable. En algún momento hay que subirse al ring imaginario o al real.
En otro orden de ideas en la cultura actual, sobre todo en la literatura, el cine y las conferencias motivacionales, se repite una idea "persigue tus sueños y los alcanzarás". Según esa narrativa, hay que encontrar algo que nos apasiona y poner todos los medios para lograrlo. El premio es un futuro feliz, trabajando en lo que siempre soñamos y, por si fuera poco, con éxito.
Sin embargo, y se nota en muchos estudiantes universitarios, no es fácil tener el propósito de vida tan claro a esa edad. Los jóvenes de 18 a 23 años tienen dudas, no terminan de ver su futuro y no saben con precisión qué tipo de empresa, proyecto u organización les apasiona. Son pocos los que se proyectan con claridad a largo plazo.
Los datos de satisfacción laboral también invitan a pensar. Según las encuestas de Gallup 2026, en el mundo sólo 20% de quienes trabajan está altamente comprometido y entusiasmado con su trabajo; 62% se ubica en un punto medio y 18% está insatisfecho. En México, la mitad de las personas no se dedica a la carrera que estudió.
Hace poco leí a Cal Newport. Para él, la filosofía de tener un gran sueño y luego ejecutarlo muchas veces no se cumple y, con frecuencia, empeora las cosas: "haz lo que te apasiona" puede traer desorientación y frustración. Propone en cambio, el método "del artesano": entender lo bueno que tienen los trabajos que vamos teniendo, hacerlos muy bien y crecer en aptitudes. Con el tiempo, a menudo nace una pasión verdadera por lo que uno hace.
Amy Wrzesniewski, experta en psicología organizacional, entrevistó a empleados de oficios muy distintos y exploró que influía en que disfrutaran o no su trabajo. Según su investigación, los más felices y apasionados no fueron quienes persiguieron un sueño hasta convertirlo en empleo, si no quienes llegaron a ser muy competentes en lo que hacían. Encontrar lo que nos apasiona parece, entonces, un camino dinámico. Y hay círculos virtuosos. Quien se esfuerza por hacer bien una actividad se vuelve experto con el tiempo, le toma gusto Y aprende a hacerla con creatividad. No solo es bueno en ello, también lo disfruta; y, al disfrutarlo, mejor aún más.
Trabajar bien importa más que encontrar el trabajo ideal, sostiene Newport. Me parece que, como en muchas cosas de la vida, hay que entender los puntos medios. Dedícate a lo que te apasiona o apasiónate con lo que haces.
Para finalizar me tomo un permiso de Marcel Proust para pensar en lo que hemos perdido. No para lamentarlo, que de nada nos sirve, sino para recuperarlo, qué es lo único que nos vale. Hace unos días Pascal Beltrán del Río nos recordaba que el mundo ha perdido talento político.
Estuve en total acuerdo. Lo hemos platicado mucho, lo hemos escrito. Hace años como un riesgo del futuro y hoy como una catástrofe del presente.
Aclaro que no soy un nostálgico del pasado y no creo que el pretérito siempre sea lo mejor.
Para mí, el Medievo es un infierno y el Renacimiento es un esplendor. Considero al México independiente muy superior a los 300 años coloniales. Y creo que la Revolución Mexicana nos colocó muy por encima del romántico Porfiriato. Creo más en lo nuevo que en lo viejo. Estoy convencido de que los niveles altos de mis hijas y su generación son superiores a los niveles altos de mis coetáneos. De los mediocres de cualquier época o de cualquier sexenio ni siquiera ocuparnos.
El talento político está de capa caída. Es la falta de apetito por la política, muy grave en los maduros y en los jóvenes cuando piensan en todo menos en el Estado, en la sociedad y en la nación. Provoca generaciones sin políticos y, cuando no tenemos quien gobierne, escogemos al que caiga, como cuando no tenemos qué comer.
La historia no tiene palabra de honor y todos los pueblos han transitado por la luz y por la tiniebla. |
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