Francisco Cabral Bravo
Con solidaridad y respeto a RocÃo Nahle GarcÃa y Ricardo Ahued Bardahuil
Al momento que esto escribo en todo mensaje las palabras cuentan y son importantes en todo acto de nuestra comunicación. Hay quienes plantean que la riqueza verbal es una puerta que nos permite observar e interpretar al mundo y la realidad de una manera distinta, más compleja con los matices de quién brinda al lenguaje una relevancia que es cada vez más necesaria en épocas de un reduccionismo atroz.
Por un lado, tenemos a la ley, por el otro al gesto. En el ensayo que Walter BenjamÃn escribió sobre Franz Kafka en 1934, encuentra que en su obra hay simetrÃa entre ambas: el gesto comparte con la ley el ser heredado sin saber de dónde el resistirse a la comprensión y el no poder dominarse.
Benjamina argumenta que Kafka escribe sobre la persistencia subterránea del pasado en el presente, un mundo pantanoso, de una Vorwelt mundo previo que sigue operando bajo las instrucciones del progreso; como serÃan los juzgados, las burocracias, las familias. Ley y gesto se ven unidos por esto.
Aún asÃ, destaca una diferencia principal: la ley clausura y el gesto abre. Una premisa que conviene rescatar a partir de la aprobación del INE del acuerdo INE/CG350/2026, publicado en el Diario Oficial el 28 de julio de este año. Ese que intenta cerrar la apertura natural del gesto.
Se trata de un acuerdo que fija la metodologÃa de monitoreo de noticiarios para 2027 e incorpora una variable nueva: Mecanismos discursivos indirectos de descalificación de las personas precandidatas o candidatas. A partir de éste, pretende identificar expresiones que sin constituir una agresión explÃcita, transmiten descalificación o menosprecio por vÃa indirecta.
Presenta de forma enumerada cinco vÃas: ironÃa o sarcasmo, minimización de logros, infantilización de quien es tratado como incapaz de comprender el cargo, cuestionamiento implÃcito de legitimidad y asociación negativa por identidad. Es el catálogo de gestos que BenjamÃn consideraba irreductible a la ley, dividido por el INE en cinco casillas y con un codificador asignado.
De acuerdo con BenjamÃn, Kafka mediante la ley y el gesto deja ver cómo la modernidad trae consigo lo arcaico. La ley resulta terrible por contener aspectos no escritos; sin embargo, el acuerdo del INE intenta incluirlo todo. Se busca modificar lo inmodificable, la interpretación cambiante del gesto quiere incluirse en el derecho con número de variable. Un conductor de programa de radio puede cumplir cuánto la ley le exige y quedar registrado igual, porque no se mide lo que se dijo sino cómo sonó. Raymundo Riva Palacio lo resumió en su columna "los trogloditas de la polÃtica", al decir que hará falta gente que al informar no parpadea ni levanta las cejas.
Tres años antes, en agosto de 2023, la Sala Suprema del Tribunal Electoral resolvió el SUP-RAP-131/2023 y ordenó al INE suprimir la valoración positiva o negativa de los programas de opinión, análisis, debate y espectáculos, para garantizar la libertad de expresión. Las variables que miden estereotipos y enfoques dejaron de aplicarse ahÃ, porque dependen de esa valoración.
La consejera presidenta, Taddei, dijo en la sesión que es una herramienta técnica que no sustituye el criterio editorial de los medios. La ley en Kafka funciona como una sustracción: apenas uno se acerca, pide un poco más. Siendo fieles a esto último, el acuerdo aprobado por el INE busca incluir, también, lo más inabarcable de este mismo escritor: el gesto.
En otro orden de ideas vivimos en una época que le ha declarado la guerra a la tristeza. Las redes sociales nos muestran vitrinas de felicidad perpetua, la publicidad nos vende productos como antÃdotos contra el malestar y la psicologÃa popular nos insta a "pensar positivo", como si el dolor fuera un fallo del sistema.
En este contexto, sentir tristeza se ha construido en una especie de fracaso personal, un estado que debe ser ocultado, anestesiado o resuelto con urgencia.
Sin embargo, esta perspectiva no sólo es ingenua sino profundamente empobrecedora. Frente a esta tiranÃa del optimismo vacÃo, emerge la voz profética de VÃctor Hugo, quién nos recuerda que la tristeza no es un estado pasivo, sino una fuerza profunda que conecta al ser humano con su espiritualidad y con el dolor de los demás.
Lejos de ser una parálisis del alma, la tristeza es una perforación en la superficie de lo cotidiano. Cuando estamos tristes, el ruido del mundo se apaga y accedemos a una dimensión más honda de nosotros mismos.
El poeta y mÃstico Rainer MarÃa Rilke sostenÃa una idea a fin: "Quizá todos los dragones de nuestra vida son princesas que solo esperan vernos actuar, una vez, con la belleza y coraje". La tristeza nos asusta porque nos desnuda, pero en esa desnudez encontramos nuestra esencia espiritual. Rilke profundiza aún más si nos ofrece mayor claridad: "Yo creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión que experimentamos como si se tratara de una parálisis", y añadÃa que la tristeza, acompañada de la soledad nos permite transformarnos: " Por ello es tan importante permanecer solitario y alerta cuando se está triste".
Hugo comprendió que la melancolÃa no es un simple bajón anÃmico; es la apertura de una ventana interior desde la cual vislumbramos lo trascendente: "Los ojos no pueden ver bien a Dios, sino a través de lágrimas". Una afirmación que sugiere que la comprensión genuina de lo divino requiere el sufrimiento emocional.
El poeta libanés Kahlil Gibran resonaba con esta idea al afirmar que "la tristeza no es más que un mundo entre dos jardines", y cuando estamos tristes "veréis que estáis llorando, en verdad, por lo que fue vuestro deleite". Por su parte, el escritor mexicano Amado Nervo trazaba una distinción fundamental: "La tristeza es un don del cielo, el pensamiento es una enfermedad del espÃritu".
Fiódor Dostoyevski contemporáneo de Hugo, profundizó en esta conexión entre dolor y grandeza espiritual: "El dolor y el sufrimiento son siempre inevitables para una gran inteligencia Y un corazón profundo. Las personas realmente grandes, creo, tienen una gran tristeza en la tierra". Y añadió una verdad radical: "En nuestro planeta sólo podemos amar sufriendo y a través del dolor. No sabemos amar de otro modo ni conocemos otra clase de amor". Marcel Proust, el novelista francés, lo resumió con una fórmula memorable: "La felicidad es saludable para el cuerpo, pero es la pena la que desarrolla las fuerzas del espÃritu".
La filósofa Simone Weil lo expresó con crudeza: "El amor al prójimo no es más que la capacidad de compartir su sufrimiento". Si la alegrÃa tiende a ser individualista y excluyente "yo estoy bien", la tristeza auténtica es universal e inclusiva: nos dice "Yo también he sufrido, por eso te entiendo". Esa conexión empática es la base de toda ética verdadera. La tristeza activa nos convierte en ciudadanos del mundo, porque al reconocer nuestra propia vulnerabilidad, reconocemos la de todos los demás.
En otro contexto decÃa en columnas anteriores el nombre suena protector. Derechos de las audiencias. Nadie firmarÃa en contra de que un televidente pueda quejarse de un noticiero tramposo o de que un canal distinga con claridad la publicidad del contenido informativo. El problema nunca estuvo en el nombre, estuvo en quien decide que es una queja legÃtima, y ese es exactamente el debate que la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones (CRT) intentó cerrar el 26 de agosto, sin cerrarlo del todo.
El 26 de agosto, la CRT aprobó los lineamientos finales con modificaciones que sà importan.
Eliminó del artÃculo 12 la obligación de no difundir "información falsa y descontextualizada"; el elemento que más alimentaba el temor de que la autoridad terminara calificando la veracidad del contenido periodÃstico.
Eliminó también la facultad de intervenir en cualquier momento a solicitud ciudadana y de determinar sanciones directas a las empresas. Lo que queda en un esquema más acotado. Es un repliegue real, no cosmético y conviene reconocerlo.
El columnista Alejo Sánchez Cano lo planteó con la claridad que hacÃa falta: la censura del siglo XXI no necesita policÃas entrenando a las redacciones. Opera distinto, con sanciones económicas, procedimientos administrativos y criterios ambiguos que hacen que un director o un periodista se pregunte, antes de publicar, cuánto le va a costar hacerlo. Eso es autocensura, y es tan peligrosa como la censura abierta.
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