Francisco Cabral Bravo
Con solidaridad y respeto a RocÃo Nahle GarcÃa y Ricardo Ahued Bardahuil
En su 250 aniversario, celebro y saludo la independencia de Estados Unidos y su concretización, lograda 10 años después de aquella, mientras las 13 colonias se mantuvieron desligadas y desunidas. Ese suceso cambió, para bien, la polÃtica del mundo, comenzando por la nuestra.
Se cuenta, en esos tiempos, en una ocasión, John Adams, representante de las colonias ante Inglaterra, se presentó ante el primer ministro William Pitt para tratar un asunto muy grave para la joven nación. El inglés le resolvió, con a
ostensible menosprecio, que no eran iguales, puesto que los americanos ni tenÃan Constitución ni eran paÃs ni tenÃan soberano.
John Adams era un abogado que comprendió la necesidad de ser un Estado para hablar "de igual a igual". La mayorÃa de sus paisanos polÃticos eran muy modestos, aunque eran verdaderos iluminados que habÃan de inventar el sistema que hoy han copiado el 80% de los paÃses del planeta, mismos que también han copiado prerrogativas de la Revolución Francesa y de la Reforma Mexicana.
TodavÃa habrÃa de transmitirse un largo camino rumbo a la vida constitucional. Los ruegos de Alexander Hamilton para lograr el imprescindible liderazgo congresional de George Washington. La renuncia inicial de este y su final aceptación.
La desconfianza generalizada de las delegaciones estatales. El nutrido asesoramiento de ideas europeas surtido desde ParÃs por Thomas Jefferson. El cabildeo personal y periodÃstico del propio Hamilton, asociado con James Madison y John Jay.
La posición de Nueva Jersey. La posición de Virginia. La transacción de Connecticut. El crÃptico juego de Benjamin Franklin. La exclusión del voto de Nueva York por motivos legaloides. La paciencia de Washington. Y la votación aprobatoria, ciertamente apretada, pero públicamente aceptada por todos. Sin esa unión, su futuro hubiera sido incierto. De allà el lema de la nación "E pluribus, unum" de muchos uno. Se dice que otro dÃa Adams volvió ante Pitt para entregarle ya "de igual a igual" un pergamino y decirle frÃamente: "Excelencia, lea este documento que va a cambiar la historia del mundo. Se llama Constitución de los Estados Unidos de América".
Las ideas polÃticas han producido más cambios que todas las guerras, que todas las revoluciones o que todas las conquistas, y han transformado la historia de las naciones. Por eso, los tiranos temen mucho a los pensadores polÃticos, pero confÃan mucho en los cárteles de delincuentes. Las ideas han movido a las armas, pero las armas nunca han movido a las ideas. Sin embargo, a veces las ideas no son entendidas plenamente ni por sus autores ni por aquellos a los que van dirigidas. Recurro a tres episodios.
La Revolución Francesa de 1789 proclamó la igualdad. De ella deviene la libertad, porque todos los hombres son iguales; la democracia, porque las voluntades son iguales, y la justicia, porque todos los derechos son iguales.
La Reforma Mexicana de 1857 proclamó la separación entre el Estado y la Iglesia. Creo que todavÃa no nos lo perdonan los afectados, pero 160 paÃses nos han seguido. Más tarde, propusimos el sufragio efectivo, en un libro que nadie leyó, pero que provocó una Revolución en un paÃs de analfabetas y dio paso al sistema más estable de la historia de América Latina.
La Revolución Norteamericana de 1776 proclamó la República federal, el gobierno democrático, la libertad constitucional y la soberanÃa popular.
En buena hora los franceses, los mexicanos y los estadounidenses nos sacaron de las cavernas. Ojalá que nunca regresemos a ellas.
En otro orden de ideas existe una pregunta que recorre la historia de la humanidad como un escalofrÃo persistente: ¿cómo es posible que seres dotados de razón, empatÃa y capacidad estética inflijan sufrimiento a otros seres humanos con una frialdad y una meticulosidad que rozan lo incomprensible?
La crueldad, el egoÃsmo y la capacidad destructiva que mostramos hacia nuestros semejantes no son simples accidentes de un mundo imperfecto, sino una corriente subterránea que en determinados momentos emerge y anega la convivencia, revelando la fragilidad de los diques morales, que hemos construido. Este ensayo explora esa zona oscura, donde el otro deja de ser un reflejo para convertirse en un mero obstáculo, un instrumento o, peor aún, en un lienzo sobre el que pintar el propio poder.
En su tratado De Cive, Thomas Hobbes acuñó una de las sentencias más descarnadas del pensamiento polÃtico: Homo homini lupus, "el hombre es el lobo del hombre". (Cabe aclarar que la frase se hizo famosa por la obra del propio Hobbes Leviatán y la que a su vez, tomó prestada de la comedia Asinaria del dramaturgo romano Plauto).
Lejos de ser una metáfora decorativa esta fórmula concentra un diagnóstico impecable: en el estado de la naturaleza, donde no existe un poder común que mantenga a raya los apetitos individuales, la vida humana se torna a una competición feroz por la supervivencia, la ganancia y la gloria.
Hobbes no describÃa una excepción monstruosa, sino una lógica profunda de la condición humana que la civilización reprime, pero nunca extirpa del todo.
Bajo la corteza de las leyes y las normas, el lobo permanece agazapado, dispuesto a saltar cuando los diques institucionales se cuartean.
La crueldad, en este sentido, puede definirse como la imposición deliberada de sufrimiento a otro ser, en ausencia de una necesidad de supervivencia y, a menudo, acompañada de un placer o indiferencia por el daño causado. No se trata solo de violencia fÃsica. Existe una crueldad referida que se ejerce cotidianamente: la humillación sistemática, la exclusión calculada, la palabra que se clava como una aguja en el punto exacto de una inseguridad ajena.
Lo que distingue el acto cruel del mero daño accidental es la conciencia del dolor ajeno y la voluntad de ignorarlo o, todavÃa más perturbador, de saberlo. El torturador que ajusta sus instrumentos, el acosador escolar que detecta compresión quirúrgica la vulnerabilidad de su vÃctima, el burócrata que firma una deportación sabiendo que rompe una familia; todas comparten una capacidad de desconexión que el psicólogo Simon Baron-Cohen llamarÃa "erosión de la empatÃa".
El lupus hobbesiano no siempre enseña los colmillos; a menudo se viste de corbata y se parapeta tras un reglamento.
Pero la empatÃa no se erosiona en el vacÃo. El motor más inmediato de esta desconexión es el egoÃsmo entendido no como el sano instinto de autoconservación, sino como la hipertrofia del yo que reduce el universo a la propia conveniencia.
El egoÃsmo destructivo opera bajo un silogismo letal: "Si mi deseo es legÃtimo, cualquier obstáculo es ilegÃtimo y todo medio está justificado para eliminarlo".
El egoÃsmo, cuando se institucionaliza, crea sistemas enteros diseñados para que el sufrimiento de unos garantice el confort de otros, y para esa transacción se perciba como natural. Hobbes intuyo esta dinámica al señalar que sin un Leviatán que inspire temor, los pactos sin espada no son más que palabras vacÃas.
La capacidad destructiva humana alcanza su cénit cuando la crueldad se despersonaliza y el egoÃsmo se colectiviza. Aquà no hablamos de un único verdugo, sino de La maquinaria. Los grandes genocidios del siglo XX nos mostraron que la aniquilación puede hacer un proceso fabril, con sus ingenieros, sus logistas y sus contables.
Zygmunt Bauman, al analizar el Holocausto, señaló que la modernidad no suprimió la barbarie, sino que el equipo con las herramientas de la burocracia y la división del trabajo. Un soldado ruso en un campo de exterminio podÃa sentir que su labor era solo un eslabón, que la responsabilidad última se diluÃa en la cadena de mando.
Ya lo planteaban quiénes han analizado y estudiado con detenimiento la trascendencia de las palabras y, sin duda, de la imagen, en una época como la nuestra en la que en un mÃnimo gesto puede quedar capturado en la memoria de un dispositivo electrónico que se tenga al alcance asà se presenta una atención cada vez más compleja entre la memoria y el olvido que apenas estamos logrando asimilar.
Hace algunos años, era habitual escuchar la referencia a los tiempos lÃquidos, ese término del cual nos habló Zygmunt Bauman en muy diversos libros en los que analizaba la dimensión del tiempo y una cierta trivialización de los temas importantes y trascendentales en una época en la que a fin de cuentas, se ha apostado por la superficialidad y el olvido, lo cual, sin duda, ha trastocado nuestra manera de comprender la realidad y el vÃnculo que mantenemos como seres humanos.
Es probable que con una carta o video de disculpa sea suficiente para matizar el eco de las redes sociales o los medios de comunicación, algún dÃa conversaremos acerca de la banalización de la disculpa. Sin embargo, allà quedan los indicios de que se necesita trabajar mucho más a nivel social para que esto deje de ser algo recurrente. Ojalá, partiendo de este tema, esto se observe y juzgue de manera diferente con quienes ocupan cargos públicos o forman parte: para ellas y ellos, una simple carta o disculpa no deberÃa ser suficiente, las consecuencias de sus palabras y sus actos no deberÃan matizarse por el nivel de sà mismo y victimización que suelen emplear como recursos efectivos para hacer frente a lo que es evidente. SÃ, que son una parte muy visible de la impunidad que, como sociedad, hemos permitido y, quizá aplaudido. |
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