Nos encontramos con las acostumbradas paradojas que nos hablan de un paÃs que no se alcanza a encontrar del todo. Con lugares comunes y frases bien trabajadas como es normal desde las épocas legendarias del presidencialismo mexicano, nos describen un México lleno de espejismos que no siempre reflejan lo que ocurre en lo cotidiano, en esa realidad que, al parecer, le provoca dolores al gobierno.
Ya los expertos se encargarán de desmenuzar las estadÃsticas, de analizar las telarañas retóricas. A fines del siglo XX comenzó la transición y alternancia polÃtica en México. La dictadura perfecta no querÃa dejar el poder que ostentó durante 70 años, pero la presión social acumulada por décadas de abusos y pifias monumentales era tal que el PRI tuvo que ir concediendo espacios de poder a la oposición y a la sociedad civil hasta llegar a la alternancia en la Presidencia en el año 2000. Esto no fue gratuito, costó la vida de muchos mexicanos, con miles de perseguidos, encarcelados, exiliados y destrozados por sus ideas, ideales, denuncias de injusticias o simplemente por buscar un mejor paÃs que dejarle a sus hijos.
La apertura que llegó con los gobiernos de Zedillo, Fox y Calderón buscaban la inclusión de todos los mexicanos y las salvaguardas qué tanto necesitaba la incipiente democracia: órganos autónomos como el IFE (ahora INE) que protegerÃa el voto de los ciudadanos, el Inai, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, el IFT y muchos más, privilegiando la independencia de la Suprema Corte de Justicia y el Congreso, implementando candados para evitar abusos de poder.
Rompiendo la tradición priÃsta, el presidente no eligió a su sucesor, el PAN tuvo elecciones internas que Calderón ganó sobre el candidato de Fox (quién apoyaba a Santiago Creel) y siguieron los cambios democráticos.
Disminuyeron las presiones a periodistas, activistas y pensadores que criticaban el gobierno en turno. Incluso se podÃan hacer chistes e imitaciones del presidente, la primera dama, el gabinete y todos los polÃticos en programas de TV que fortalecieron la libertad de expresión, a costa de los enojos de los aludidos.
Cambio de tema y de tono ¿cómo recuperamos el respeto al otro, a la casa del otro, a la generosidad del otro? ¿Cómo hacemos que tener lo que tiene el otro se convierta en el motor de cualquier acción? Ante estas dos preguntas (inspiradas en el filme de Christopher Nolan), que quedaron pendientes, es claro que recuperar el respeto exige, entonces, pactar de nuevo.
Convengamos que la profundidad del pacto social no se agota en los griegos y que Rousseau sentó una de las bases filosóficas de la estructura polÃtica moderna, al hablar de la importancia del contrato social, el cual, de no existir llevarÃa al humano a la barbarie. No hay alternativa, la humanidad no puede dejar de ponerse de acuerdo. Este autor nos enseñó que no hay otro remedio más que la suma de fuerzas para vencer la resistencia y accionarla en común acuerdo. Las personas no son más que personas y se requieren unas a otras para sobrevivir al mundo y asà mismas. De lo contrario, no hay pacto y estarÃamos abandonados a la ley del más fuerte.
Pero, ¿con quién se pacta? Asociarse siempre tiene que ver con otro, uno que primero es parte de mi familia, de mi casa, pero que más allá es el extraño. Pareciera, entonces, que el pacto de hospitalidad es anterior, como dinámica humana (no En el sentido histórico) Y antes que el contrato social. De tal manera que el primer "contrato social" no fue entre ciudadanos, sino entre un ser humano y el extraño que llega a su puerta. El extraño representa una posibilidad, nunca una garantÃa. En el fondo, la pregunta es sobre la migración. ¿Cómo es, entonces, la ley de Zeus de recibir al huésped?¿Cómo se corresponde con la obligación del huésped a respetar a quien lo recibe?
Pensemos en las situaciones del anfitrión y del que llega. Quién recibe está dentro y se arriesga al abrir, no conoce las intenciones de quien llega. ¿Cómo saber de las posibilidades que se pierde si no se abre? Del otro lado de la puerta también hay un universo pasado. ¿Qué es llegar a un lugar después de una Odisea? ¿Qué espera el que llega? ¿Tiene miedo? También está poniendo su vida en manos de un extraño. Cuando se ha decidido abrir esa puerta y el extraño ha traspasado el umbral. ¿A qué se obliga el que abre? Quizás la pregunta más importante es ¿a qué se obliga el que llega?
Existe un racismo del que ciertas polÃticas públicas no son conscientes, y menos quienes las reciben con aires de superioridad moral, que exigen menos al extranjero que a quién ya pertenece a la comunidad. Cuando un ciudadano comete un delito se le exige responsabilidad.
La verdadera acogida reconoce el extranjero como un igual que responde por los propios actos. La sexenia es un derecho y un pacto, y como todo pacto debe ser defendido y cuidado. Dejar que el otro haga su antojo sin respeto no es tolerancia, es miedo a parecer intolerante. Con lo cual el mensaje no está dirigido al forastero, si no a las almas con superioridad moral. El fracaso de xenia no es solo de parte del inmigrante, sino de quien no pone lÃmites a ese choque. En el fondo, cometer delitos en el lugar de acogida es el resultado de la envidia; cuando no puede tener lo que el otro tiene, lo destruyó.
¿De qué se trata defender la xenia? ¿Cuáles son sus lÃmites? ¿Qué recursos tenemos para repensar la acogida?
La humanidad misma requiere una Odisea para volver a sà misma. No para ser Odiseos ni dioses, sino para retomar los lazos de un pacto social que mueva la humanidad en una misma dirección, una polis que cuide de los instintos más bajos de voracidad y envidia. Porque el humano no es fundamentalmente bueno, en eso falla Rousseau: el hombre es un mamÃfero cargado de pasiones que requiere educación y lÃmites. La bondad puede ser un atributo de los hombres, pero de ninguna manera está garantizada. Los lÃmites son el marco para que la bondad sea posible.
Cambiando de tema y tonalidad hasta hoy, la ciencia polÃtica y, en particular, la teorÃa del poder no ha aclarado lo que determina las preferencias y los comportamientos de los pueblos. Por eso, no siempre sabemos lo que es normal y lo que es monstruoso.
Aristóteles fue maestro de Alejandro. Séneca fue consejero de Tiberio. Maquiavelo fue asesor de Lorenzo. Mazarino fue mentor de Luis XIV. Y asà en toda la historia hasta Schlesinger, qué fue el "pepe-grillo" de Kennedy. Las bibliotecas están repletas de tutoriales para el gobernante, pero es muy magra en la consejerÃa para el gobernado. Quizás es porque nos hemos equivocado en tantas ocasiones.
Pensemos en México. Muchos consideran que en la mitad de las 14 sucesiones presidenciales del México civilista, se equivocó la decisión, haya sido del electorado, de un partido, de un politburó o de un presidente, según las épocas. Y es que, en el fondo de las casas, no siempre escogieron sabiamente.
Pero hoy nuestro asunto no es el resultado, sino la razón de nuestras equivocaciones Y eso aún no sabemos si corresponde a la polÃtica, a la psicologÃa, a la filosofÃa, a la sociologÃa o si se debe a una era, a un destino fati o a un karma. Pero, hasta hoy, no he sabido de un solo pueblo que, a través de la historia, jamás se haya equivocado. Como estudiosos de la polÃtica debemos analizar las hipótesis o los teoremas para convertirlos en axiomas.
Quizás el futuro nos dé alguna respuesta sobre lo que ahora podemos llamar el espejismo de la normalidad. Los humanos sabemos de nuestra normalidad por comparación. Porque nos vemos y nos cotejamos con los otros.
Las Naciones sólo se podrÃan comparar con otros paÃses o con otros tiempos. PodrÃan utilizar modelos para determinar si es normal que un pueblo no coma o que no se cure o que no estudie. Si una nación es normal por no castigar delincuentes o por tener muchos homicidios o por reportar malos gobiernos.
Ya en 1906, Justo Sierra dijo que los que ven a la justicia y a la educación tan sólo como un empleo, "pronto serán barridos y borrados" "y los los borraron y barrieron"
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