Francisco Cabral Bravo
Con solidaridad y respeto a Rocío Nahle García y Ricardo Ahued Bardahuil
Al momento que esto escribo en la historia secular y en la sabiduría de nuestros pueblos hay una lección que nunca debemos olvidar; la resiliencia es una de las grandes razones por las que sociedades como la mexicana han logrado sobrevivir a sus propias crisis. El humor forma parte esencial de esa capacidad de resistencia.
Por eso, cuando los poderes públicos se empeñan en perseguirlo, lo que realmente están demostrando es que están perdiendo la batalla.
Todos los gobiernos, en momentos de crisis, han tenido la tentación de ponerle puertas al campo. Todos, en algún momento de su existencia, han querido regular no solamente los comportamientos de los ciudadanos, sino incluso sus pensamientos. La llamada ley contra los memes abre precisamente una discusión sobre esos límites. Una cosa es perseguir el fraude o el uso ilícito de la identidad institucional y otra muy distinta es permitir que esas disposiciones puedan utilizarse para restringir el humor o la crítica política.
No entender que una parte fundamental de la resistencia, la resiliencia y la capacidad de supervivencia del pueblo mexicano reside en el humor es no entender la esencia misma de nuestro país.
Y ahora resulta que, en un mundo inundado por la globalización, cuyo tumor se reproduce en todos los ámbitos de nuestra existencia, desde la economía y la política hasta el entretenimiento y las redes sociales. Observe bien: una cosa es el insulto, otra es el fraude y otra muy distinta es el humor. La pregunta es quién establecerá esas fronteras y bajo qué criterios.
El verdadero miedo es que, cuando todo falle, cuando ni siquiera quede abierta la espita del humor. Cuando la política llega a ese nivel, abróchese el cinturón. Porque si el miedo desde el poder alcanza semejantes proporciones estamos condenados a un vuelo lleno de turbulencias.
En conclusión, déjense de perseguir fantasmas. No le tengan miedo a gigantes que, en realidad, son molinos de viento. Aseguren su narrativa.
En otro orden de ideas vivimos en la era de la saturación cognitiva. Nunca la humanidad había tenido tanto acceso a la información, pero, paradójicamente, nunca habíamos estado tan desprovistos de certezas.
La "ilusión de la verdad" ha dejado de ser un mero sesgo psicológico para convertirse en el arquitecto de nuestras realidades sociales y políticas. En este ecosistema, donde un bulo repetido mil veces pesa más que un dato contrastado, la inteligencia artificial emerge como un arma de doble filo: puede ser el motor definitivo de la desinformación o el antídoto que necesitamos para recuperar la lucidez.
El fenómeno que parecemos no es nuevo, pero sí ha alcanzado una escala inédita. La psicología cognitiva nos habla del "efecto de verdad ilusoria": la mera repetición de una afirmación incrementa nuestra percepción de su veracidad, independientemente de su fundamento.
Es imprescindible recuperar el pensamiento crítico como músculo que se ejercita a diario, no como un don innato. En este sentido, el silencio y la pausa se convierten en actos revolucionarios; detener el scrolling para desactivar la programación algorítmica de nuestra conciencia.
Esta frase de Alvin Toffler cae como anillo al dedo en estos momentos que estamos viviendo, de grandes contradicciones con respecto al papel de la IA en nuestras vidas: "Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no sepan aprender, desaprender y volver a aprender". Es ingenuo negar que la IA ha exacerbado el problema. Pero el error estratégico sería demonizar la herramienta en lugar de reformular nuestro uso de ella.
Cambio de contexto me atrevo a pensar que existe un refrán que sería prudente dejar bien enmarcado en nuestras paredes y las antesalas de una posible discusión, "cuando fueres por camino, no digas mal de tu vecino". Así quedó consignado en uno de los libros más importantes de principios del siglo XVII, en el que Gonzalo Correas tuvo a bien recoger este tipo de frases, de carácter popular.
Lo interesante es darse cuenta que, como casi todas las frases de este tipo, tuvo su propia evolución a lo largo del tiempo hasta que, en la actualidad, no es extraño escuchar o hallar su derivación al cambiar su última palabra por "enemigo". En ese sentido, el peso del refrán cambia y adquiere una gravedad aún mayor al acercarse que la prudencia a veces es la mejor manera de enfrentarse a toda situación y, aún más, cuando la existencia de ese posible "enemigo" se esconde detrás de la brumosa incertidumbre y en algo perverso como el sí mismo de quienes navegan bajo la bandera de la injusticia. De tal suerte que, durante estos días, el refrán se mantiene como la expresión de una advertencia en medio del tráfago de lo que ha ocurrido en diversos lugares del país.
Así, luego de observar, y como tantos y tantas más, padecer lo que ha sucedido con las protestas de los trabajadores del IMSS, es necesario subrayar estas palabras antes de ser devorados por la vorágine de la ambigüedad y una posible injusticia. Tal vez este movimiento nos ha enfrentado con nuestras propias maneras de entender la importancia del IMSS y lo que debería significar su trascendencia para millones de personas en nuestro país. Sirvan estas líneas para cotejar los resultados en un tema tan sensible para la población como es la salud.
Claudia Sheinbaum tenía razón: es necesario monetizar el sistema nacional de salud y erradicar la burocracia. Muchos de los procesos administrativos que se siguen en los hospitales tienen 50 a 60 años de antigüedad. Sin embargo, para lograrlo también se requiere mayores recursos.
Conmemorar el Día del Médico debe significar mucho más que publicar mensajes de reconocimiento. Exige revisar las condiciones laborales del personal sanitario, garantizar el abasto de medicamentos, transparentar las compras públicas, investigar posibles irregularidades, dar mantenimiento a los hospitales y evaluar los resultados de las políticas de salud.
Cada 23 de octubre México conmemora el Día del Médico, una fecha establecida en 1937 durante la Convención de Sindicatos Médicos Confederados de la República, que coincide con la creación, en 1833, del establecimiento de Ciencias Médicas, hoy Facultad de Medicina de la UNAM.
La fecha permite reconocer la labor de quienes dedican su vida a cuidar la salud de los demás. Sin embargo, también obliga mirar las condiciones en las que miles de médicas y médicos realizan su trabajo. Hoy México atraviesa una situación preocupante en materia de salud.
No se trata únicamente de fallas administrativas, no se trata de los algoritmos, sus consecuencias se reflejan en la atención que reciben los pacientes y en las condiciones en las que trabaja el personal sanitario.
A estas dificultades se suman las deficiencias en la infraestructura hospitalaria, como camas en pésimas condiciones, falta de insumos, instalaciones deterioradas y espacios que no siempre cumplen con las condiciones de limpieza y dignidad que merecen los pacientes. La salud pública no puede depender de una visita presidencial ni de una escenografía preparada para mostrar una realidad distinta. Los hospitales deben funcionar adecuadamente todos los días.
En medio de estas dificultades están las y los médicos, quienes, con preparación, conocimiento y vocación, enfrentan jornadas extenuantes y una enorme responsabilidad profesional. No se puede exigir excelencia médica si no existen las condiciones para ejercerla. Tampoco es justo que el personal de salud cargue con las consecuencias de una mala planeación, compras deficientes y de decisiones administrativas que terminan perjudicando a quienes necesitan atención.
La vocación salvavidas, pero no puede sustituir aquello que las instituciones tienen la obligación de proporcionar. La administración pública debe demostrar su capacidad para resolver problemas, ejercer responsablemente los recursos y rendir cuentas sobre sus resultados.
La salud no puede convertirse en una promesa permanente ni en un instrumento de propaganda política. Es un derecho que requiere presupuestos suficientes, planeación, responsabilidad administrativa, transparencia y resultados verificables. La salud es un derecho, no es un privilegio. |
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