Hay frases e ideas que te sacuden y se te quedan reverberando en la cabeza. Me pasó hace tiempo leyendo a Jesús Reyes Heroles: "Cambiar para conservar, conservar para cambiar". "La polÃtica no es un artificio, sino un arte". Y como dice el refrán "En la victoria humildad, en la derrota dignidad, y en lo esencial unidad". El tiempo dirá si Raquel Bonilla Herrera, es el remedio que necesita la SEV o como en otras ocasiones en pasadas administraciones en la polÃtica veracruzana resulta positivo. Ahora lo que sigue es hacer una buena chamba para construir en adelante.
Contra lo que muchos creen, la vida y la polÃtica son complejas y frecuentemente azarosas. SÃ, el arte de la polÃtica es saber leer bien los tiempos.
La reseña sobre la pelÃcula de Christopher Nolan abundan y por ello, abordar el tema en este espacio implica darle un toque de opinión pública. PermÃtanme mencionar algunos aspectos, no tanto sobre el filme como objeto de las opiniones hoy en dÃa, sino de la naturaleza de la opinión pública que se entrevé en la obra de Homero.
"Opinión pública" es un término que, según algunos académicos comenzó a utilizarse en la ilustración, por ahà del siglo XVIII, pero la idea que conlleva de sentimiento popular y discusión pública es mucho más antigua. Vox populi quizás sea lo más cercano a la antigua Roma.
De acuerdo con la politóloga Susan Herbst, en las ciudades Estado griegas de la antigüedad, la opinión pública era un componente importante en la esfera polÃtica, tomando diversas formas a través del teatro, La retórica, la oratoria, los festivales, los jurados, las asambleas, los consejos y otros mecanismos de expresión y discusión.
Para Herbst, la opinión pública tomaba una forma de comunidad, de normas y valores compartidos que se transmitÃan y se compartÃan, con frecuencia a través de cantos y poemas.
La IlÃada y la Odisea eran cantos que transmitÃan valores y normas de honor, de valentÃa, entre otros. El sentir popular, la reputación, el qué dirán, también juegan un papel en las acciones y las decisiones de los personajes.
En La IlÃada, aquà les decide pelear en una guerra por fama y gloria a cambio de morir joven.
En el libro de la evocación de los muertos en La Odisea, la postura de Aquiles cambia. En una escena que Nolan omite de la pelÃcula, el héroe le confiesa a Ulises que preferÃa ser labrador y servir a otro en vida, arruinar sobre todos los muertos.
Lo pasado ha oÃdo, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo. (Proverbio árabe).
En otro tema y tono cargamos con un fardo invisible. No está hecho de tela o cuerda, sino de decisiones fallidas, palabras que no debieron decidirse, silencios que debieron romperse y caminos que nunca tomamos.
Este peso, acumulado por los errores del pasado, no solo nos encorva la espalda, sino que enturbia nuestra mirada del presente. Sin embargo, la llave para soltar este fardo no se encuentra en el olvido, sino en una herramienta poderosa y a menudo subestimada: la consecuencia plena del aquà y el ahora.
El pasado ejerce su tiranÃa porque lo tratamos como un presente eterno. Esta rumiación constante convierte la memoria en una celda.
El filósofo danés Kierkegaard capturó esta paradoja con una de sus frases más célebres: "La vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero debe ser vivida hacia adelante".
Comprendemos el sentido de nuestra existencia en retrospectiva, pero el acto de vivir solo ocurre en el movimiento hacia adelante. Pretender habitar permanentemente en esa mirada retrospectiva es condenarse a la inmovilidad.
Psicólogos como Carl Jung advertÃan que "aquello que no enfrentamos conscientemente, se convierte en nuestro destino". AsÃ, arrastramos la culpa como un castigo autoimpuesto creyendo que si sufrimos lo suficiente por el ayer de alguna manera espiaremos nuestra falta.
Pero el pasado es un guión ya escrito; por más que releemos con lágrimas, la tinta no se borra.
San AgustÃn lo expresó con contundente claridad: "El pasado ya no es y el futuro no es todavÃa". Solo el presente tiene consistencia antológica; lo demás es memoria o expectativa.
Aquà es donde la conciencia del presente irrumpe como un salvavidas. Ser consciente del presente no significa ignorar la historia personal, sino observar desde una nueva atalaya. Cuando anclamos nuestra atención en el momento actual en la respiración, en las sensaciones corporales, en la realidad tangible que nos rodea, rompemos el hechizo de la proyección mental.
El error ocurrió en un contexto, bajo una circunstancias y con una versión de nosotros que ya no existe. Marco Aurelio, el emperador estoico, nos recuerda en sus Meditaciones: "No pierdas más tiempo discutiendo sobre lo que deberÃa ser, si no ocúpate de lo que es". El pasado ya pasó, El futuro es incierto; solo tienes el ahora.
La conciencia presente nos permite desidentificarse del error: no somos "el fracaso", sino "la persona que vivió un fracaso y aprendió de él". Esta conciencia actúa como un filtro de tres pasos que transforma la carga en experiencia. En primer lugar, permite la aceptación radical: reconocer lo sucedido sin justificarlo ni condenarlo, simplemente entiendo que es un hecho consumado. Negar el pasado es perpetuar su poder; aceptarlo es empezar a desactivarlo.
En segundo lugar, facilita el aprendizaje objetivo: desde la calma del presente, podemos preguntarnos sin pánico ¿Qué me enseñó esto?
Por último, impulsa la acción transformadora: el presente es el único lugar donde podemos reparar el daño. Pedir disculpas hoy, cambiar un hábito ahora o trazar una nueva ruta.
Y continuando con La IlÃada o la Odisea, en ese sentido, durante estos dÃas, nos hemos encontrado en muy diversas conversaciones acerca de una pelÃcula te ha llamado la atención de tirios y troyanos caray, nunca también empleada esta frase motivando a discusiones de carácter cinematográfico, numerosos ejemplares de boxeo de sombras con los prejuicios y, a fin de cuentas, apelando un texto cuyo origen se remonta a unos tres mil años de distancia. En efecto, todo esto ha provocado el estreno de la pelÃcula La Odisea, dirigida por Christopher Nolan, que nos ha permitido recordar la dimensión de lo que sabemos llamar un clásico de la literatura. Y vaya que tenemos la ocasión para hablar de esas historias, de sus personajes, de aquello que ha motivado a muy diversas sociedades, a través de los siglos, a reinterpretarlas y a dialogar con sus intenciones.
Más allá de quedarse empantanado en discutir acerca de la dimensión "histórica" de estos relatos de carácter mitológico, ese tipo de obras cinematográficas son como una ventana en la que se pueden asumir quienes tengan la curiosidad de preguntarse acerca del origen de textos como La IlÃada o La Odisea. Ya se encargarán los expertos en analizar los aspectos técnicos de la pelÃcula si cada miembro del reparto desempeñó acertadamente su papel dentro de la historia. En lo personal mi valoración, en casi todos esos aspectos es más que positiva. Aunque debo entender que, mi entusiasmo también radica en la oportunidad de plantear un nuevo acercamiento a lecturas tan añejas, pero siempre actuales, como pueden ser La IlÃada y la Odisea, a motivar el encuentro con nuevas y nuevos lectores que puedan hallar esa pequeña puerta que les permita adentrarse a las esculturas grecolatinas, a sus textos, a sus expresiones artÃsticas. Que sea la ocasión de un estupendo viaje a bordo de nuevas embarcaciones a pesar de las tormentas que agotan a nuestro paÃs y al mundo. En otro contexto queridos lectores las democracias rara vez desaparecen de un dÃa para otro. No suelen derrumbarse por un solo acontecimiento ni por una decisión aislada. Su deterioro comienza cuando una sociedad deja de sorprenderse por hechos que antes se habÃa considerado inaceptables.
Lo extraordinario deja de parecerlo y, poco a poco, la excepción comienza a sustituir la regla. Ese proceso es silencioso. No altera de inmediato la vida cotidiana ni produce cambios visibles para la mayorÃa de las personas. Por eso resulta tan difÃcil advertirlo. Mientras seguimos ocupados en resolver los problemas de todos los dÃas, también cambia casi sin notarlo, nuestra manera de entender la relación entre el poder y la ley. La democracia no solo se sostiene en elecciones libres. Descansa, sobre todo, en la convicción de que existen reglas que deben respetarse incluso cuando resultan incómodas. El Estado de derecho significa precisamente eso: que las normas se aplican por igual y que nadie puede decidir cuándo obedecerlas y cuándo ignorarlas según las circunstancias o la conveniencia del momento.
Quizás el mayor riesgo para una democracia no sea perder una institución especÃfica, sino perder la capacidad de advertir su ausencia.
Las democracias no mueren únicamente cuando cambian sus leyes. Empiezan a debilitarse cuando cambia la conciencia de sus ciudadanos. Porque el dÃa en el que dejamos de extrañar los lÃmites al poder, también comenzamos a dejar ir la libertad que esos lÃmites protegÃan. |
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