Francisco Cabral Bravo
Con solidaridad y respeto a Rocío Nahle García y Ricardo Ahued Bardahuil
Hace unos días comentaba con un amigo que otra vez vivimos en una paradoja incómoda: nunca la humanidad dispuso de tanta información, y sin embargo nunca fue tan difícil confundir el ruido con el conocimiento. Nunca estuvimos tan conectados, y sin embargo la sociedad y la hostilidad crecen. Nunca corrimos tanto, y sin embargo decidimos peor.
En este paisaje de tiempos acelerados, tres virtudes clásicas: la educación, la cortesía y la sensatez o prudencia no son piezas de museo ni buenos modales de otra época, son respuestas concretas a los dilemas de nuestro tiempo. No bastan por sí solas, pero sin ellas cualquier otra conquista se vuelve frágil.
La vida no se mide solo por lo que se tiene o se logra, sino por la manera que se comprende, se convive y se decide.
Nos vemos orillados, que nos orilla demasiadas veces, de manera inconsciente la mayoría de las ocasiones a no reflexionar en temas básicos.
El sentido común cada vez es menos común.
Escasean la reflexión y el respeto.
Hablar de estas tres virtudes, no confundir con valores porque las virtudes son atemporales, es hablar de herramientas concretas que deberíamos tener presente siempre en nuestras vidas. No se trata de superficiales ni de dermagogia.
La educación, ante todo, es mucho más que acumular títulos o dominar técnicas. La instrucción llena la mente de datos; la educación forma el carácter, despierta el juicio y refina la sensibilidad. No es casual que la palabra educar viene del latín educere, "sacar de dentro"; la verdadera educación no se limita a introducir contenidos, sino que hace emerger lo mejor de cada persona.
Séneca lo resumió para siempre: no aprendamos para la escuela, sino para la vida.
Kant fue aún más radical: "El hombre no es más que lo que la educación hace de él".
Es decir, nacemos como posibilidades, no como seres terminados; la humanidad plena es una conquista. Ortega y Gasset lo decía a su manera: educar es formar al hombre para la vida, no solo adiestrandolo para una función.
Por eso Mandela tenía razón al llamar a la educación "el arma más poderosa para cambiar el mundo", no porque elimine los conflictos, sino porque transforma quiénes han de afrontarlos. Educarse es aprender a preguntar, a dudar sin caer en el cinismo, a escuchar sin rendirse al primer prejuicio.
Educarse y formarse es también una tarea permanente. La persona educada no es solo la que ya sabe, sino la que sigue aprendiendo con humildad.
Pero saber no basta. El hombre sabio sabe ir hacia adentro, procesar el conocimiento y aprender a convivir con respeto. Aquí aparece la cortesía, con frecuencia despreciada como simple etiqueta. Nada más injusto. La cortesía no es una máscara: es la forma visible del respeto, un modo cotidiano de reconocer que el otro existe y merece consideración. Reconocimiento práctico de la dignidad ajena Joseph Joubert la definió con exactitud: "La cortesía es la flor de la humanidad; quien no es suficientemente cortés, no es suficientemente humano" Lady Mary Wortley Montagu añadió una verdad pragmática: "La cortesía no cuesta nada y compra todo".
En efecto, los pequeños gestos escuchar sin interrumpir, ceder el paso, agradecer, pedir disculpas, moderar el tono no son triviales; son los ladrillos con los que se construye la confianza. Sin ellos, la convivencia se degrada en un choque de egos.
Hay frases e ideas que te sacuden y se te quedan reverberando en la cabeza. En una última reflexión lo anteriormente mencionado lo he comentado con el Dr Edgar Eduardo Ruiz Cervantes. Ese juego de los tiempos me ha traído diversos recuerdos: el tiempo nunca es neutral y siempre corre a favor o en contra. Nunca se adelanta ni se retrasa, porque es infalible. Nunca perece porque es eterno. El tiempo es el sistema perfecto. Nunca necesita auxilio porque es independiente.
En otro tema y tono como lo he comentado en anteriores columnas, Anthropic recurrió a expertos vinculados a la iglesia para abordar dilemas éticos en Claude y en el impacto de la inteligencia artificial.
Cuando Brian Patrick Green cruzó por primera vez la puerta de Anthropic, en Silicon Valley, un día de diciembre de 2025, acompañado de un cura con camisa negra y alzacuello, estaba muy lejos de imaginar lo que iba a suceder después.
Junto al sacerdote, este experto en ética de la (IA) de la universidad católica Santa Clara, en California, participaba entonces en una "reunión exploratoria" a petición de la empresa estadounidense.
La idea: evaluar si es posible un diálogo con la Iglesia con el fin de "influir positivamente" en las evoluciones tecnológicas. Ambos hombres forman parte de un grupo de investigación sobre IA vinculado al Vaticano.
Meses más tarde, a tres asientos del papa León XIV en la sala del Sínodo del Vaticano se sienta, para estupor general, un no creyente: Christopher Olah, el propio cofundador de Anthropic.
El pontífice presenta "Magnífica Humanitas", la primera encíclica jamás dedicada a la IA, en la que llama a "desarmar" esta tecnología para " impedirle el dominio sobre el humano". También denuncia la concentración del poder tecnológico.
El interés de la Iglesia Católica por las cuestiones relacionadas con la IA no es reciente. Ya en la década de 2010 bajo el impulso del papa Francisco, se multiplicaban los contactos con universitarios y dirigentes de
Silicon Valley.
El Vaticano ha desempeñado un papel de vanguardia al identificar muy pronto una tendencia que iba a convertirse en estructurante.
Pero las cosas se aceleran con la llegada de León XIV, "un papa profundamente inscrito en la modernidad", el primero en llevar un reloj conectado que " comprende estas cuestiones gracias a su formación científica" como matemático.
El pontífice estadounidense-peruano no deja de alertar sobre la dependencia creciente de los algoritmos.
Su encíclica "Magnífica Humanitas" suele compararse con la de León XIII de 1891 sobre los derechos de los trabajadores, que redefinió la doctrina social de la Iglesia Católica durante la Revolución industrial.
Este documento fundamental es fruto de una "estrategia del Vaticano que articula diplomacia religiosa, peritaje académico y diálogo con el mundo de las tecnologías", analiza François Mabille, del Observatorio Geopolítico de lo Religioso.
Los intercambios que a veces incluyen autoridades judías, musulmanas y budistas se proceden en ambos sentidos.
Mientras Washington rechaza una regulación mundial de la IA, el Vaticano también se mueve en el plano diplomático.
El teólogo Paolo Benanti no dejó de subrayar las consecuencias entre el Vaticano y los Veintisiete.
Lo que está en juego con la IA y es vertiginoso, es la definición de qué es lo humano, pero también de qué es lo divino. Y el Vaticano lo sabe.
Recuerde pensar no significa acumular información. Tampoco consiste en tener una opinión sobre todo. Es una actividad mucho más exigente: supone comprender antes de juzgar, distinguir los hechos de las interpretaciones, someter las propias convicciones a examen, escuchar aquello que contradice nuestras certezas y asumir las consecuencias de nuestros actos. Por eso la educación nunca ha sido únicamente un problema pedagógico. Es también un problema de libertad y, por tanto, inevitablemente político.
Toda sociedad educa a sus nuevas generaciones de acuerdo con cierta concepción del ser humano. Decide qué conocimientos considera indispensables, qué episodios de su historia transmite, qué conductas reconoce y qué valores desea preservar. Esto no constituye necesariamente adoctrinamiento; forma parte de la función cultural de educar. El problema comienza cuando la educación deja de proporcionar instrumentos para comprender la realidad y comienza a entregar conclusiones terminadas sobre ella. Cuando eso ocurre, el estudiante puede aprender muchas respuestas y perder, paradójicamente, la capacidad de formular preguntas. |
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