Francisco Cabral Bravo
Con solidaridad y respeto a Rocío Nahle García y Ricardo Ahued Bardahuil
El papá León XIV indicó que no "me interesa en absoluto" debatir con Donald Trump sobre la guerra con Irán, pero que seguirá predicando el mensaje evangélico de paz.
Se refirió a las críticas de Trump a su mensaje de paz, que han dominado los titulares. Pero el papa estadounidense también intentó aclarar las cosas, al insistir en que su predicación no está dirigida Trump, sino que refleja un mensaje evangélico más amplio de paz.
" Ha habido una cierta narrativa que no ha sido exacta en todos sus aspectos, pero debido a la situación política, el presidente de Estados Unidos hizo algunos comentarios sobre mí. Gran parte de lo que se ha escrito desde entonces ha sido más comentario sobre comentario, tratando de interpretar lo que se ha dicho"
Trump lanzó la crítica en su plataforma de redes sociales Truth Social, cuando cuestionó la predicación de León XIV sobre la paz al tiempo que la guerra, que estalló con ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel y continuó con la represalia de Irán, sigue recrudiciéndose. Trump acusó a León de ser blando con el crimen, de estar demasiado cercano a la izquierda y sostuvo que el primer pontífice estadounidense debía su elección a él.
León XIV ha hecho exhortos constantes a la paz y al diálogo y ha denunciado el uso de justificaciones religiosas para la guerra. En concreto, calificó de "verdaderamente inaceptable" la amenaza de Trump de aniquilar la civilización iraní.
El Vaticano ha subrayado que cuando el papa predica sobre la paz, se refiere a todas las guerras que devastan el planeta, no solo al conflicto con Irán. La iglesia ortodoxa rusa, ha justificado la invasión de Ucrania por parte de Moscú como una "guerra santa".
Al hablar con los periodistas, León XIV se refirió específicamente a sus declaraciones ante una reunión por la paz en Bamenda, Camerún. La ciudad es el epicentro de un conflicto separatista que ha estado recrudiciéndose en la región occidental anglófona del país desde casi una década.
León XIV explicó que no le interesa en absoluto debatir con Trump.
Sin embargo, indicó que de cara al futuro seguirá predicando el Evangelio.
"Vengo principalmente a África como pastor, como cabeza de la Iglesia católica para estar con ellos, celebrar con ellos, alentar y acompañar a todos los católicos de toda África".
Subrayó algunas próximas lecturas litúrgicas acerca de lo que significa ser cristiano y seguir a Cristo, promover la fraternidad, "pero también buscar maneras de promover la justicia en nuestro mundo, promover la paz".
León XIV llegó más tarde a Angola, la tercera parada de su gira por cuatro naciones. Un mensaje de paz referente para el país del sur de África, que fue devastado por una guerra civil de 27 años, que finalizó en 2002, pero ha dejado profundas cicatrices.
El enfrentamiento entre el papa León XIV y Donald Trump, es una de las muchas confrontaciones, algunas veces simbólicas y otras violentas, que han protagonizado los representantes de San Pedro frente a reyes, emperadores y presidentes. No se trata solo de disputas personales, sino de dos formas de poder que rara vez conviven sin tensión: el poder moral y el poder político. Cuando El Vaticano dominaba completamente podía doblegar a los gobernantes.
El papa Gregorio VII obligó al emperador Enrique IV de Alemania a pedir perdón públicamente tras ser excomulgado.
Era una época en la que el poder espiritual tenía consecuencias terrenales inmediatas: perder el favor del Papa significaba perder el trono.
Poco a poco los gobernantes comenzaron a desafiar abiertamente a los pontífices.
El caso de Enrique VIII de Inglaterra frente al papa Clemente VII fue un punto de quiebre; ante la negativa papal a concederle un divorcio, el rey inglés rompió con la Iglesia, fundó su propia iglesia anglicana y la configuración religiosa de Europa cambió. La autoridad del Papa dejó de ser incuestionable.
Otro evento similar fue el saqueo de Roma, bajo el poder del español Carlos V, quién evidenció hasta qué punto político podía humillar al religioso. Roma fue devastada y el Papa quedó prácticamente prisionero. La imagen del líder espiritual del mundo católico sitiado por ejércitos cristianos simbolizó el fin de una era.
Hoy los conflictos ya no se libran con espadas ni ejércitos, sino con posts, discursos, posicionamientos y mucha presión pública. Para nadie era un secreto que el papa Francisco mantuvo tensiones abiertas con Donald Trump en temas como migración y cambio climático, reflejando una diferencia de visiones sobre el mundo más que una confrontación directa de poder.
Nuevamente con un Trump más bélico, el actual papa León XIV ha criticado su política internacional y ha insistido en la necesidad de contener conflictos como el de Oriente Medio. Fiel a su estilo, la respuesta del magnate no ha sido diplomática: ha cuestionado abiertamente la postura del Papa, acusándola de debilidad.
Lo inesperado ha sido la irrupción en esta disputa de la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni. Considerada hasta hace poco una aliada ideológica de Trump, Meloni ha optado por respaldar al Papa, marcando con ella una distancia significativa.
Su decisión quizás no es un acto de fe; si no de cálculos políticos. En un momento de alta tensión, internacional alinearse con el Vaticano le permite posicionarse como una líder europea autónoma, capaz de equilibrar la relación con Estados Unidos sin someterse completamente a su agenda, al tiempo que manda el mensaje de que los europeos no se alinean al chasquido de dedos de Trump.
El poder papal ha cambiado, si en la Edad Media el Papa podía poner de rodillas a los gobernantes, hoy su influencia se ejerce de manera más sutil, pero no por ello irrelevante. El Papa ya no convoca cruzadas ni lidera ejércitos. Sin embargo, conserva algo que los Estados no siempre pueden imponer: legitimidad moral. Y en un mundo hiperconectado, donde la opinión pública puede condicionar decisiones políticas, esa legitimidad se convierte en una forma de poder.
En otro contexto hablar de inteligencia artificial hoy es hablar de una herramienta que puede fortalecer al Estado o debilitar a la sociedad. No hay punto medio. Su impacto en la vida pública ya no es futuro, es el presente, y en México comienza a reflejarse en un terreno delicado: la confianza.
La capacidad de generar contenido sintéticos, pone en riesgo uno de los pilares de la comunicación; la presunción de veracidad. Cuando la ciudadanía duda de lo que ve y escucha no solo se erosiona la información, se debilita la vida democrática.
El Global Cybersecurity Outlook 2026 del World Economic Forum lo advierte con claridad: la inteligencia artificial está transformando la ciberseguridad, pero también amplificando los riesgos. Es un arma de doble filo.
Permite anticipar amenazas, pero también facilita ataques más sofisticados, automatizados y difíciles de detectar.
Los datos son contundentes. Pero el problema no es solo técnico. Es estructural. Mientras la tecnología avanza a gran velocidad, la regulación, la gobernanza y la capacidad institucional se quedan atrás. Esa brecha es terreno fértil para abusos. A ellos se suma la opacidad. Hoy, en muchos casos, no sabemos cómo funcionan los algoritmos, qué decisiones toman ni bajo qué criterios procesan los datos personales. Sin transparencia no hay rendición de cuentas y sin ella la confianza pública se rompe.
La ONU ha sido enfática: el destino de la humanidad no puede quedar en manos de un algoritmo. Las alertas son claras: riesgos para la paz, afectaciones a derechos humanos, manipulación de procesos democráticos y erosión de la confianza en las instituciones.
También es fundamental abrir la puerta a expertos independientes. Las decisiones sobre inteligencia artificial no pueden basarse en ocurrencias ni en intereses políticos. Requieren evidencia, conocimiento técnico y visión a largo plazo. La inteligencia artificial debe ser una aliada para ampliar capacidades, no una excusa para distorsionar la realidad. Al final, la tecnología puede evolucionar todo lo que quiera, pero la responsabilidad y la ética seguirán siendo profundamente humanas.
Y en política, los vacíos, por diminutos que sean, tienden a ser ocupados o explotados |
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