¿Cuándo empezamos a ser inteligentes los humanos? ¿Cómo apareció nuestra inteligencia? ¿Qué la hizo surgir? ¿Emergió paulatinamente a partir de las potencialidades de la materia, tal como ya sugirió C. Darwin? ¿Responde a un acto de creación divina, como afirmaba A.R. Wallace? Este viejo debate no ha perdido su vigencia en nuestros días (Carlos A. Marmelada, 2003).
La evolución del hombre ha sido dispar y diferenciada, en tiempo y espacio. Así ha sido a lo largo de la historia, y los testimonios y evidencias de los últimos milenios lo ratifican. Una muestra son las culturas antiguas como China, Egipto, India, Mesopotamia, Siria, Grecia, por citar sólo algunos ejemplos. En cada lugar se desarrolló una historia distinta que los llevó a cultivar sus propias costumbres y tradiciones, a crear sus dioses, mitos y cultos, a construir una cosmovisión, una interpretación del mundo y de la vida y una cultura muy propia de cada pueblo. La cultura desarrollada por la inteligencia “colectiva” en tiempo y espacio.
La escritura fue un gran factor de desarrollo y evolución, que hizo a los pueblos conocer otras culturas y comparar la propia, mezclar tradiciones, copiar estilos de vida, acrecentar los conocimientos, expandir las filosofías de vida, conocer más allá de las propias fronteras físicas y mentales. Se acrecienta la idea de que el ser humano no es perfecto pero sí perfectible; que puede evolucionar a estadios superiores y que deben existir formas y maneras de impulsar y promover a la mayoría de los seres humanos en el mundo, para que puedan alcanzar el ideal de “desarrollo” y “felicidad”.
Ante la pregunta sobre si podrá el ser humano aspirar a campos colectivos superiores, más igualitarios y equitativos a como estamos hoy, la respuesta se pierde en las profundidades de la historia y el momento presente. No existe una fórmula mágica y tal vez nunca existirá, aun cuando el tema ha sido abordado de diversas formas y por distintos autores. Resulta interesante leer “De animales a dioses” de Yuval Noah Harari, “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, “Genes, cerebros y símbolos” de Jordi Agustí Juliá, “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury“, “La mano izquierda de la oscuridad” de Úrsula K Le Guin, y muchísimas, bastantes otras, sobre literatura de reflexión o de divulgación científica.
Dentro del debate sobre modernidad y posmodernidad se ha discutido mucho una de las ideas características en el mundo occidental sobre si en el tiempo transcurrido (S. XVI a la fecha), los avances en materia de derechos humanos (1789) y los múltiples sucesos registrados por la historia sobre los esfuerzos por la educación, la distribución de la riqueza, mejores condiciones de vida, etcétera, han logrado que la humanidad alcance su mayoría de edad, librándose nuestra estirpe de un estado inferior y primitivo de sujeción a la naturaleza, de ignorancia y falsa conciencia.
Hermosas palabras en la búsqueda de una utopía sobre la humanidad, pero vemos que el progreso sólo ha sido científico, tecnológico y económico, y que únicamente son patente de unos cuantos, quedando la inmensa mayoría de la humanidad en condiciones de indefensión. Ni siquiera en el uso de la razón y el conocimiento se logra abarcar grandes cantidades de personas que alcancen esa supuesta “mayoría de edad”.
Existe una promesa no-escrita ni expresada tácitamente, más bien un mito de la modernidad, de que con el crecimiento tecnológico, científico y económico habrán de desaparecer la ignorancia, la esclavitud en sus diversas formas y la miseria, y que en algún momento llegará la satisfacción de las necesidades y se verá recompensada la búsqueda humana de la felicidad. ¿Será posible esto algún día?
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