José Miguel Cobián Elías
Ocho largos años con retrocesos todos los días en la atención de la salud de los mexicanos. Ocho largos años en los que lo poco que se había avanzado en beneficio de los enfermos se ha perdido. Ocho largos años de mayores sufrimientos para un pequeño sector de la población que no le merece la menor atención ni la menor preocupación al resto de una población apática, frustrada, resentida y manipulada. Ocho largos años de hacer negocio con el dolor ajeno. Ocho largos años de encontrar nuevas formas de desviar recursos, de robar recursos a costa del dolor del mexicano.
Sólo quién está enfermo valora la salud. Sólo quien necesita una medicina y no dispone de ella, entiende la necesidad de que no falte. Sólo quién tiene que atender a un paciente conoce la frustración y el dolor que le causa no poder atenderlo por carecer de lo indispensable. Sólo quién espera una operación entiende la angustia que debe sufrir quién espera una operación para atender una enfermedad potencialmente mortal.
México lleva muchos años siendo saqueado por mexicanos, podemos considerar que desde 1821 México se convirtió en botín de personas sin escrúpulos que aspiran a llegar al poder para enriquecerse desviando recursos del erario público. No es nuevo el esquema. La corrupción forma parte de la vida del mexicano desde la independencia. Movimiento que se generó por parte de un sector privilegiado de la población temeroso de perder esos privilegios. Independencia fue el momento en que comenzó la verdadera explotación y saqueo a los pueblos indios, y sobre todo, el momento en que inició un proceso de decadencia ética y moral que ha continuado hasta la fecha con una pendiente suave pero estable, siempre cada día peor que el anterior.
Cuando llegó Andrés Manuel al poder, hoy ya podemos entender que traía un plan muy elaborado para no sólo adueñarse del país, sino para disponer de los recursos públicos para él, para su familia y para sus colaboradores. Todos y cada uno de sus actos estuvieron orientados a enriquecerse. Desde la cancelación del aeropuerto de Texcoco, que permitió el gran negocio de la construcción del AIFA. La cancelación de compras de gasolina y diésel en el extranjero, que favorecieron el negocio del Huachicol fiscal. El control de Pemex en manos de un ingeniero agrónomo, para favorecer el negocio del Huachicol. La construcción del tren maya y del interoceánico, con los grandes negocios de los prestanombres de sus hijos. La refinería de dos bocas, que como todo el sistema de refinación sigue perdiendo dinero, pero permitió contratos de hasta veintidós mil millones de pesos a prestanombres de los López Beltrán, según hemos podido constatar en recientes audios liberados por LatinUS. Y así, podría seguir con una lista interminable.
A pesar de que el mexicano ha normalizado la corrupción. Los niveles alcanzados en los últimos ocho años compiten y en muchos casos superan con creces, a los que habían existido durante los gobiernos del PRI y del PAN. Y aun así, no había existido uno tan despiadado ni con una generación de sufrimiento tan grande para la población mexicana, que la corrupción en el sector salud.
Desde el primer año de gobierno, vimos cómo se logró la desaparición del seguro popular, que no era ninguna panacea, pero si otorgaba un pequeño alivio a millones de mexicanos, que lo perdieron
sin tener nada a cambio. Con esa desaparición se lograron grandes ahorros, que generaron nuevas opciones de desvío de recursos. Luego llegó la pandemia del COVID, y la autorización del gobierno central de que se comprara lo necesario sin cumplir con ninguna regla de control. Esto generó un gran negocio a estados y sector salud, ya que crearon a sus propios proveedores, que compraban en el mercado nacional cualquier producto, se necesitara o no, y se lo vendían al gobierno a precios diez y veinte veces su precio normal.
Ya cebados con la ambición desmedida y habiendo observado que hay libertad absoluta para robar, el gobierno humanista contrató todo tipo de servicios, como los inolvidables contratos al hijo de Bartlett, o los millones gastados en los respiradores del conacyt o la vacuna patria, con el único objetivo de continuar enriqueciéndose a costillas de la salud de México entero. Mientras tanto, año con año, el sector salud vio reducido su presupuesto, y últimamente se ha comentado –sin que se haya comprado aún- algo que resulta muy creíble, dadas las políticas del gobierno morenista: Que el gobierno federal dejó de entregar las participaciones que corresponden al seguro social.
Puedes leer esto y verlo con frialdad. Hasta que generes un poco de empatía con una persona humilde que sólo tiene acceso a la salud mediante los servicios del sector público. Acude a una clínica y resulta que no hay ni gasas. No hay medicinas, porque importarlas también era buen negocio, comprando de mala calidad aunque se destruyera la soberanía de tener una industria farmacéutica nacional, pero ni eso pudieron hacer bien.
No quiero pensar que uno de tus familiares tenga una enfermedad terminal y requiera una operación. Pensemos en cáncer de próstata o en cáncer de mama, y le indiquen a tu familiar que acuda a consulta con el especialista, laboratorio químico, laboratorio radiológico, una y otra vez, porque la primera vez que acudió faltaba algo y no pudieron hacerle el estudio necesario. Luego de seis meses de horror (o más tiempo), logra que le programen una cirugía, la cual es suspendida un par de veces por falta hasta de bisturí. Imagina el horror psicológico de esa persona que sabe que tiene un enemigo dentro de su cuerpo, que le urge que se lo saquen, que sabe que está muriendo lentamente, y no recibe la atención adecuada. Tortura pura.
Tortura para algunos que se convierte en negocio para otros. ¿Qué clase de persona debe ser alguien que le consta que hay desabasto y mala atención en el sector salud, y todos los días sale a declarar lo contrario, porque lo único que le interesa es conservar el poder y ganar la próxima elección? ¿Qué clase de basura y escoria humana debe ser una persona para buscar enriquecerse con el sufrimiento y el dolor ajenos? La respuesta es vergonzosa: De la clase de persona que 35 millones de mexicanos van a defender y aplaudir porque les han convencido y manipulado, o lo que es peor, los han comprado. De la clase de persona que otros 35 millones de mexicanos no voltean a ver, no censuran y no les importa lo que haga.
Ese es el México de hoy.
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