José Miguel Cobián Elías
Si comparamos el dinero que gana una familia promedio en Estados Unidos con lo que gana una familia promedio en la mayor parte de América Latina, la diferencia es enorme.
Muchas personas piensan que esto pasa porque Estados Unidos tuvo más suerte, o porque América Latina es pobre en recursos naturales. Pero la realidad es exactamente lo opuesta: América Latina tiene una enorme riqueza natural. Entonces, ¿qué fue lo que falló? La diferencia está en las reglas del juego económico.
Para entender por qué hoy vivimos tan diferente, hay que viajar en el tiempo unos 500 años, al momento en que los europeos llegaron a América. Aquí es donde empieza la primera gran diferencia.
Cuando los españoles y los portugueses llegaron a Mesoamérica y Sudamérica, se encontraron con civilizaciones enormes y organizadas (como los aztecas o los incas) y con minas gigantescas de oro y plata. Los reyes de España no mandaron a la gente a empezar una nueva vida desde cero; mandaron un sistema para extraer la riqueza y llevársela a Europa. La tierra se repartió en pocas manos (en grandes haciendas) y el poder se concentró en unos pocos gobernantes que dependían directamente del rey.
En cambio, cuando los británicos llegaron a lo que hoy es Estados Unidos, la historia fue muy diferente. No encontraron grandes imperios llenos de oro ni minas fabulosas. Encontraron un territorio salvaje donde tenían que trabajar la tierra por sí mismos para sobrevivir. Como nadie iba a venir a regalarles nada, los colonos ingleses empezaron a organizarse entre ellos. Se repartieron pequeñas porciones de tierra para que cada familia pudiera cultivarlas y quedarse con sus ganancias.
En resumen: América Latina nació bajo un modelo de extracción (unos pocos mandan y muchos obedecen para sacar recursos), mientras que el norte nació bajo un modelo donde el ciudadano común tenía que producir, comerciar y defender su pedazo de tierra. Quizá allí también radique la falta de valores cívicos en las sociedades latinoamericanas.
Siglos después, los países de América Latina y Estados Unidos se independizaron y se convirtieron en repúblicas. Pero las costumbres del pasado se quedaron grabadas en las leyes y en la cultura. Aquí es donde entran las instituciones, que no son otra cosa que las reglas del juego de la sociedad.
Imagina que quieres poner un negocio, una pequeña pastelería o una carpintería.
En Estados Unidos (y países con instituciones fuertes): Las reglas son claras. Vas a una oficina (o lo haces por internet), abres tu negocio en pocas horas, sabes que nadie te lo va a quitar de la noche a la mañana, los bancos te prestan dinero con intereses bajos si ven que trabajas bien, y si alguien te roba o te hace trampa, los jueces hacen que la ley se cumpla de manera justa y rápida.
En gran parte de América Latina: Poner un negocio formal puede ser una pesadilla de trámites, permisos y mordidas (corrupción). Si te va bien, a veces sientes que el gobierno te cobra impuestos muy altos pero te da servicios muy malos a cambio (calles llenas de baches, hospitales sin medicinas, inseguridad). Además, conseguir un crédito en el banco es carísimo por los altos intereses.
Cuando abrir un negocio, contratar gente o invertir es difícil, aburrido o peligroso, la gente prefiere no arriesgarse. Y sin negocios nuevos que crezcan, no hay empleos bien pagados.
La naturaleza también jugó un papel importante, aunque a veces no nos demos cuenta.
Si miras la geografía de Estados Unidos, verás que tiene planicies gigantescas y una red de ríos navegables enorme (como el río Misisipi) que conecta el centro del país con el mar de forma muy barata. Esto permitió que desde hace más de 150 años pudieran transportar maíz, trigo, acero y productos de fábrica de un estado a otro de manera rápida y económica. Se convirtió en un mercado gigante donde todos se podían vender a todos.
América Latina, en cambio, está dividida por la naturaleza. La imponente Cordillera de los Andes en Sudamérica o las sierras escarpadas en México hacen que cruzar de un estado a otro o llevar mercancías por carretera sea costoso y difícil. Históricamente, esto hizo que muchos países latinoamericanos estuvieran desconectados internamente, comerciando más hacia afuera (con Europa o Estados Unidos) que con sus propios vecinos.
La estabilidad es como los cimientos de una casa: si cambian las reglas cada tres años, nadie quiere construir un segundo piso.
Durante el siglo XIX y gran parte del siglo XX, América Latina vivió una montaña rusa política: golpes de estado, dictaduras, revoluciones, cambios radicales de constitución y, sobre todo, una inflación galopante que devaluaba los ahorros de la gente de la noche a la mañana. Cuando un gobierno llega y decide expropiar empresas, congelar cuentas o cambiar las leyes del juego a su capricho, los inversionistas nacionales y extranjeros sacan su dinero del país y se lo llevan a lugares más seguros.
Estados Unidos también tuvo sus crisis (la peor de ellas, su propia Guerra Civil en el siglo XIX), pero su Constitución y sus leyes básicas se mantuvieron firmes. Un empresario estadounidense sabía que, ganara quien ganara las elecciones, las reglas de la propiedad privada y los contratos iban a respetarse. Esa previsibilidad atrae talento, tecnología y dinero de todo el mundo. Conclusión: No es la gente, es el sistema
Es muy importante dejar algo claro: los latinoamericanos no son menos trabajadores que los estadounidenses. De hecho, millones de migrantes latinos que viajan a Estados Unidos trabajan de sol a sol y logran prosperar allá. ¿Por qué? Porque en Estados Unidos encuentran un sistema que premia su esfuerzo: si trabajan duro, las reglas les permiten conservar los frutos de su trabajo, comprar una casa, educar a sus hijos y ver crecer sus ahorros sin que la corrupción o la inflación se los devoren.
La diferencia económica actual entre ambas regiones no se debe al clima, ni a la raza, ni a la falta de ganas de salir adelante. Es el resultado de siglos de historia donde unas sociedades construyeron reglas justas, instituciones confiables y gobiernos que rinden cuentas, mientras que otras arrastraron sistemas donde el poder se concentró arriba y el ciudadano de a pie tuvo que remar contracorriente solo para sobrevivir. Cambiar esa realidad no depende de la caridad ni de la suerte, sino de exigir mejores reglas, transparencia y justicia para todos.
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