José Miguel Cobián
Ser pusilánime significa tener falta de ánimo, valor o energía para soportar las desgracias, enfrentarse a peligros o tomar decisiones difíciles. Es una persona que se muestra apocada, miedosa o de espíritu débil.
Cuando me refiero al mexicano, me refiero al mexicano promedio. Siempre hay excepciones, y mientras más excepciones existan, más excepcional será la posibilidad de que México prospere y salga del bache en que se encuentra desde hace muchos años.
Primero hablemos del miedo a tomar decisiones difíciles. El mexicano evita discutir, evita confrontar, evita enfrentar e incluso, evita rechazar y repudiar a indeseables. ¡Bueno!, llega al extremo de temer decir la verdad. Ejemplos:
La presidenta Sheimbaum está manejando una historia para engañar a sus seguidores, afirmando que el gobierno americano debe presentar pruebas para obtener la detención de personas ubicadas en territorio nacional que solicita con fines de extradición. El juego del gobierno, es tapar la cortada antes de que suceda, curarse en salud. Saben que el sistema de justicia norteamericano seguirá avanzando, y que habrá más políticos mexicanos (de morena y de otros partidos) señalados como protectores, asociados o empleados de grupos terroristas conocidos en México como cárteles.
La etapa de pruebas inicia en un juicio, donde el fiscal presenta sus ¨pruebas¨ y la defensa presenta las suyas. En tanto no inicia juicio, no existen pruebas, sólo existen ¨indicios¨. Y esto no se debe a que los indicios no se conviertan en pruebas, sino que así es la terminología legal. Ella y su aparato de propaganda al atacar a Trump y al sistema de justicia norteamericano quiere desprestigiarlo para que cuando salgan más nombres ilustres de Morena, sus seguidores no crean lo que afirmen los norteamericanos. Negando además la calidad del sistema de justicia norteamericano, muy superior al mexicano, pues allá goza de una independencia envidiable.
El temor del mexicano lo vemos todos los días en las redes sociales. En esas benditas redes, podemos ver cómo funciona el comportamiento de cientos o miles de mexicanos, según el acceso que cada persona posea a unos cuantos o a muchos que expresan su opinión. No hay mexicano que pueda afirmar que desconoce las ligas que hay entre los diez acusados de Sinaloa por el proceso de extradición y el cártel de Sinaloa. Sin embargo, observamos defensores a ultranza, y críticos tibios. No existe un rechazo social público a esos mexicanos que protegen desde la trinchera de su opinión, a los criminales que desde el gobierno han protegido a otros criminales que han dañado a cientos de miles de mexicanos.
El tratar con respeto a personajes que defienden lo indefendible, implica que ser pusilánime. Negarse a rechazar y repudiar a quién por interés personal, ya sea económico o de hacer méritos para ser el próximo ladrón en el presupuesto, defiende a criminales. En países civilizados quién actúa mal es repudiado socialmente. En México es incluso reconocido y halagado. La capacidad de arrastrarse como gusanos, de servir de tapete, de limpiar botas, de una mayoría de mexicanos es impresionante.
Debería de realizarse un estudio sociológico para comprender el porqué de una actitud tan antisocial como esa de defender o respetar, al que causa daño a la sociedad está tan arraigada en México y en Latinoamérica en general.
Lo pusilánime se nota incluso cuando alguien está descontento con un gobierno, pero no sale a votar, para cambiarlo. Entiendo que jamás recibimos buenas ofertas políticas y que muchas veces sólo cambiamos de personajes escogiendo quién va a robar del erario el siguiente período, pero cuando menos, debería de haber un rechazo y repudio a quién actúa en contra de los intereses de la patria. Pero no lo hay. Puedes tener al peor alcalde, al peor gobernador de tu historia, y el mexicano pusilánime o no saldrá a votar, o votará por el mismo partido que propuso a ese peor alcalde, peor gobernador o peor presidente de la república.
Curiosamente el mexicano no es pusilánime cuando enfrenta desgracias. Es tan aguantador, que no le falta ánimo ni fuerza para aguantar lo que sea. Ya sea una desgracia cuyo origen es fortuito o una desgracia cuyo origen proviene de malas decisiones ya sea personales, o de alguna autoridad. Yo me pregunto si el no ser pusilánime en esos casos, se parece mucho a lo que Eduardo Humberto del Río García, (1934) describió tan bien en ¨Los Agachados de Rius¨.
El apocamiento o espíritu débil se nota al aceptar la realidad como viene, sin tener la menor intención de cambiarla. Actuando como una res en el potrero, que puede ser llevada al matadero sin cambiar ni un ápice su destino, en lugar de asumir la responsabilidad de la mayoría de edad, y optar por cuando menos, intentar cambiar ese destino por uno mejor.
México ha sido históricamente un país de caudillos y líderes. El pueblo solo obedece. Se emociona cuando el líder le dice que la decisión es del propio pueblo, cuando en realidad, únicamente es utilizado en su pusilanimidad para simular que avala las decisiones del líder. Incluso entre políticos de cierto nivel, los hemos visto aplaudiendo a rabiar una decisión o modificación legal y a los pocos años, los vemos aplaudiendo a rabiar exactamente lo contrario.
Cuando veo a mexicanos que no repudian los actos que dañan a la sociedad, sean del tipo que sean, me pregunto ¿Cuándo le robaron la dignidad al pueblo de México? Cuando veo a comerciantes, a miembros de clubes sociales, a personajes de cierto nivel, incluso notarios, sometidos a la voluntad de delincuentes, y actuando incluso como cómplices, me pregunto sobre el origen de su necesidad de violar los principios básicos con que fueron educados, con tal de quedar bien con quién ellos consideran el más rico, el más poderoso, el más peligroso, o simplemente el que algún día les puede otorgar algún favor. Y no se entienda mal, no me refiero a delincuentes del crimen organizado a los que muchos justificarían temer por sus vidas, me refiero a todo tipo de delincuentes, los que ocupan una regiduría, los que ocupan una sindicatura, los que ocupan una alcaldía, los que ocupan una secretaría de estado, los que ocupan una gubernatura, una diputación local o federal, una senaduría, un puesto público en general, pero también a los que desde el área privada o social de la economía, también cometen delitos una y otra vez, y son bien recibidos, incluso con halagos y lisonjas por esos mexicanos auto convencidos de que ser lacayos y siervos de delincuentes les puede generar algún tipo de beneficio. Traicionar a su conciencia, a su familia, a su patria, por mendrugos que ni siquiera siempre llegan. ¿Por qué y cuando el mexicano perdió su dignidad? ¿Cuándo la perdió el militar? ¿Cuándo la perdió el marino?
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