De Veracruz al mundo
GILBERTO NIETO AGUILAR
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2026-04-28 / 20:08:40
Del gis a la IA: la metamorfosis educativa
Durante décadas, la educación mexicana ha caminado al ritmo de reformas que prometen modernidad, pero que pocas veces transforman lo esencial. He sido testigo directo de ese vaivén. Inicié mi camino docente bajo el Plan de Once Años, cuando el gis y el pizarrón todavía simbolizaban orden, disciplina y certezas metodológicas. Al graduarme en la Escuela Normal, ese Plan había sido declarado obsoleto y el que estaba en boga era el método global de análisis estructural, a partir de unidades de significado completo, buscando sus componentes en letras y sílabas.



Desde entonces, hemos asistido a un desfile de paradigmas: conductismo, tecnología educativa, programación por objetivos, gramática estructural, constructivismo, inteligencias múltiples, competencias, educación holista, neurociencia y, ahora, inteligencia artificial. Cada uno llega con un lenguaje nuevo, manuales urgentes y promesas grandilocuentes. Casi todos se van dejando saldos ambiguos y aulas cansadas.



Mientras México procesaba estos virajes pedagógicos, el mundo recorría su propia disputa intelectual buscando evolucionar de los modelos centrados en la enseñanza (pasivos) hacia enfoques centrados en el aprendizaje (activo y autónomo). Entre las décadas de 1960 y 1970, el conductismo estadounidense dominó la educación formal, reduciendo el aprendizaje a esquemas de estímulo–respuesta, repetición y refuerzos basados en premios y castigos. Frente a esa mirada mecanicista, la psicología de la Gestalt, desarrollada en Alemania, recordaba que la mente humana funciona como un todo organizado y que la experiencia subjetiva no puede fragmentarse sin perder su sentido.



De manera paralela, propuestas contraculturales como la de A. S. Neill en “Summerhill”, gestadas desde la década de los veinte en Inglaterra, defendían una educación democrática, centrada en la libertad, la responsabilidad y la confianza en el niño. Eran voces incómodas, pero necesarias. Otro paradigma, el constructivismo, que pudo haber sido un giro profundo para México al reconocer al estudiante como sujeto activo, terminó atrapado en formatos administrativos y capacitaciones superficiales. Fue retórica, pero no práctica.



Las reformas educativas de las últimas décadas han compartido un problema común: confundieron el cambio de discurso con el cambio pedagógico. Se



modificaron planes, siglas y evaluaciones, pero se dejó intacta la estructura escolar que asfixia la curiosidad, castiga el error y burocratiza el pensamiento docente.



Ahora la inteligencia artificial aparece como la nueva panacea. Se nos dice que personalizará el aprendizaje, que optimizará la evaluación y que liberará tiempo para enseñar mejor. Tal vez. Pero cabe una pregunta incómoda: ¿qué sentido tiene incorporar algoritmos sofisticados en escuelas donde aún faltan vínculos humanos sólidos, lectura de comprensión y condiciones dignas para enseñar y aprender?



La historia educativa reciente aconseja prudencia. Ninguna tecnología —por avanzada que sea— sustituye el núcleo del acto educativo fincado en la relación humana. Sin confianza, sin escucha y sin un proyecto ético de formación, la IA corre el riesgo de convertirse en otro eslogan más, brillante en el discurso y pobre en el aula.



Señala la doctora Pamela Cantor, especialista en la ciencia del aprendizaje y el desarrollo, que las relaciones de cuidado y confianza son una auténtica fuente de energía: activan la motivación, fortalecen la voluntad y “cablean” el cerebro para afrontar tareas cognitivas cada vez más complejas. Sin ese soporte emocional, el conocimiento se vuelve frágil y fácilmente olvidable.



Tal vez el verdadero progreso no consista en pasar del gis a la inteligencia artificial, sino en atrevernos a revisar críticamente para qué educamos, a quién sirve la escuela y quién decide el rumbo del cambio. De lo contrario, seguiremos acumulando innovaciones sin transformación y discursos sin aprendizaje duradero.



gnietoa@hotmail.com

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