De Veracruz al mundo
GILBERTO NIETO AGUILAR
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2026-02-03 / 21:17:17
Cassirer y Harari: del hombre simbólico al sapiens digital
Tal vez los nombres de Ernst Cassirer y Yuval Noah Harari no tendrían cabida en una misma aula de discusión, como la podrían tener, por ejemplo, Bauman, Morin y Eco. Pero resulta fascinante que ambos autores, de épocas y áreas del pensamiento distintas, pudieran armar las piezas de un mosaico sobre la esencia y el destino del ser humano, del símbolo al algoritmo, en una metamorfosis del animal simbólico.



Cassirer nos dio el diagnóstico de lo que somos y Harari nos está dando el pronóstico de aquello en lo que nos estamos convirtiendo, a sabiendas de que todo lo que se diga sobre el ser humano en cualquier confín del planeta, o se haya dicho en cualquier época pasada, no contiene la última palabra, ni encierra la última verdad.



El ser humano nunca ha habitado el mundo tal como es, sino en el mundo tal como lo imagina, lo nombra y lo narra. Desde las primeras pinturas rupestres hasta los sistemas algorítmicos contemporáneos, nuestra historia es una larga tentativa por comprendernos a nosotros mismos a través de mediaciones. En este punto, aunque separados por casi un siglo, Ernst Cassirer y Yuval Noah Harari parecen mirarse desde sitios distintos: uno observa el nacimiento del sentido; el otro, su posible disolución o mutación.



Para Cassirer, el ser humano es, ante todo, un animal simbólico, no sólo racional. No accede a la realidad de manera directa, sino a través de formas simbólicas que organizan la experiencia: el lenguaje que estructura el pensamiento, el mito que da cohesión al miedo y a la esperanza, el arte que revela lo invisible, la ciencia que ordena el caos. Vivir humanamente es habitar en ese universo simbólico. No hay humanidad sin mediación, sin interpretación, sin sentido compartido. El símbolo no es un instrumento auxiliar, sino el verdadero medio vital del hombre.



Harari, por su parte, recoge ese universo simbólico y lo lleva al terreno de la historia y la tecnología. El superpoder del Sapiens es su capacidad de crear ficciones colectivas. Los dioses, el dinero, los derechos humanos, las tiranías, las naciones y las empresas, son creaciones del hombre y no de la naturaleza; pero existen porque todos creemos en el mismo símbolo que el hombre ha creado y resultan extraordinariamente poderosas. Permiten “cooperar” a gran escala, organizar imperios, justificar sacrificios.



Finalmente, lo que a mí me interesa es que Cassirer y Harari son una meditación sobre lo humano, aun cuando alguien alegue que no tienen punto de comparación, pues para Cassirer el símbolo es una estructura de la mente y de dignidad creadora, y para Harari una herramienta de poder de utilidad contingente. Sin embargo, ambos coinciden en algo decisivo: el ser humano no se define por su biología desnuda, sino por aquello que interpone entre sí y el mundo.



Harari advierte que los avances en inteligencia artificial y biotecnología amenazan con desplazar al viejo humanismo. Si los algoritmos computacionales y de la IA nos conocen mejor que nosotros mismos, si las decisiones pueden ser optimizadas por sistemas no humanos, ¿qué lugar queda para el hombre, para la libertad, para el sentido de la vida? El ser humano no puede convertirse en un conjunto de datos gestionables.



El diálogo imaginario entre Cassirer y Harari no desemboca en una respuesta definitiva, sino en una pregunta abierta: ¿qué tipo de humanidad queremos narrar ahora? Quizá el ser humano siga siendo, como siempre, un ser en tránsito: entre el símbolo y el algoritmo, entre el mito y el dato, entre el sentido y la gestión. La tarea no es elegir el sitio de alguno, sino evitar que, en nombre del progreso, olvidemos que vivir humanamente no es solo sobrevivir, sino significar e interpretar el mundo para hacerlo habitable.



gnietoa@hotmail.com

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