De Veracruz al mundo
GILBERTO NIETO AGUILAR
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2026-05-12 / 21:56:55
Las profesiones de contenido social
Vivimos momentos de gran inestabilidad en las relaciones entre personas, grupos de afinidad diversa, gobernantes y gobernados. Momentos de “todos contra todos”, marcados por grandes diferencias que, en un entorno racional, no debieran existir. Grupos cada vez más numerosos de ciudadanos se sienten agraviados, actúan bajo la convicción de que se les falta al respeto o se les engaña de forma deliberada. Un sentir nacional en extremo peligroso.



Habrá quien descalifique este diagnóstico, tal vez por su espíritu positivo y optimista. Sin embargo, la realidad es que muchas personas experimentan la sensación de vivir una “época oscura” caracterizada por la incertidumbre, polarización social, desencanto, sentimientos de angustia, resentimiento, miedo, coraje y culpa. Vivimos una época de grandes impulsos nocivos que giran en torno a la incomprensión, intolerancia, prepotencia, deslealtad, mentira, falta de valores y un escaso respeto por la vida y el esfuerzo ajeno, sin admitir que todos tenemos derecho a ser escuchados. (Tiempos de desencanto, publicado el 2 de julio de 2025 en este medio).



Aunque el sentido común nos invita a promover el lado positivo de la vida y la búsqueda de la felicidad, no se descarta la existencia de pasiones o sentimientos contrarios al modo resplandeciente de ver la vida, pues es cierto que la complejidad de la experiencia humana es muy diversa. Además, varios expertos señalan un deterioro en las condiciones generales de la salud mental caracterizada por alteraciones significativas en los estados de ánimo como la depresión, la bipolaridad, hipersensibilidad anímica, dificultad para regular las emociones, vulnerabilidad emocional, falta de empatía y de resiliencia (Op. Cit).



En este contexto, el término “personas de cristal” —utilizado para señalar a quienes son especialmente sensibles y con dificultades para manejar críticas o situaciones adversas—, ya no es exclusivo de la Generación Z. Hoy convivimos o confrontamos a adultos con actitudes de adolescentes. Personas mayores de 40 años marcadas por un “adolescentrismo” (como lo diría Agustín Laje) que no han podido superar y que les marca su existencia, comportándose como personas inmaduras, inestables, caprichosas, impulsivas, irreflexivas, llevadas por la inmediatez y no por el juicio sereno que analiza, primero, para decidir y actuar después.



Esta patología social golpea con especial dureza a las profesiones de alto contenido social. La gestión de grupos, la atención personalizada y las reuniones para



alcanzar acuerdos se han convertido en experiencias amargas debido a esta inestabilidad colectiva. El "adolescentrista" cree tener siempre la razón y, para prevalecer, no duda en mentir, acusar o enjuiciar sin medir el daño que causa a terceros.



Lo más grave es el carácter infamante de estas conductas: ataques que buscan destruir la dignidad y reputación del otro, provocando daños que van desde lo psicológico hasta lo patrimonial, pudiendo causar efectos administrativos o laborales. Mientras tanto, el sistema permite que el mentiroso conserve su estatus jurídico de “quejoso” sin la exigencia de probar sus dichos. Es, sin duda, una perversidad de la ley.



Esta perversidad no sólo es una falla jurídica; es un detonante de erosión institucional. Cuando el sistema permite que la mentira y la inmadurez operen sin consecuencias, generan tres escenarios críticos para los profesionales de contenido social: 1) la parálisis por desgaste, donde el profesional —maestro, médico, gestor, líder de grupo— comienza a actuar bajo el miedo a la represalia infamante. 2) El éxodo del talento humano y el abandono de los perfiles más capacitados y sensibles en las áreas de servicio público o comunitario. 3) La institucionalización de la mentira como modo para obtener algo, lo que destruye el acuerdo y el diálogo para concluir un conflicto.



gnietoa@hotmail.com

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