Por Héctor Raúl Rodríguez
A manera de introducción, me permito realizar dos comentarios relacionados con la teoría política y uno de los métodos para conocer y estudiar la realidad.
El primero se refiere a la teoría de sistemas, un concepto que viene de la termodinámica pero que a mediados del siglo pasado los estudiosos de las ciencias sociales comenzaron a utilizar para analizar el cambio social. De acuerdo con este enfoque, un sistema es un conjunto de elementos interrelacionados entre sí y tendientes a la consecución de un mismo fin, haciendo énfasis en la relación vital entre sistema y ambiente, así como en la energía positiva y negativa, esta última también llamada entropía.
El segundo tiene que ver con el método del sobrecódigo como instrumento de análisis, el cual está compuesto de tres partes: la primera se refiere al tratamiento secuencial del relato que es, en síntesis, la exposición que realizará su servidor al hacer un esbozo de la historia del PRI; la segunda se refiere al sobrecódigo estructural – que localiza el cambio o los puntos de inflexión, en este caso en el proceso histórico del partido – y la tercera es el sobrecódigo analítico, que analiza el cambio, y que será el ejercicio a realizar al final de manera conjunta.
Dicho lo anterior, comenzamos:
Decía Max Weber, considerado el padre de la sociología política contemporánea, que un político debe tener tres cualidades: pasión, para defender sus convicciones; una ética de la responsabilidad, para hacerse responsable de lo que dice y de lo que hace; y un sentido de las proporciones, para dimensionar adecuadamente las cosas y situaciones.
Desde esa perspectiva, haciendo un breve ejercicio de reflexión, mi planteamiento inicial es que el PRI como partido político nacional y como un actor político central de nuestro sistema político ha cumplido y cumple con su misión y visión histórica, y con su responsabilidad para con México y los mexicanos.
Solo para dimensionar la importancia del partido en la conformación del Estado y del Sistema Político Mexicano contemporáneos, comienzo por destacar que, en los 205 años de vida del México independiente, durante prácticamente la mitad de ese periodo, desde su formación en 1929, el PRI le ha dado rumbo, estabilidad política, gobernabilidad, desarrollo económico y paz social a México.
Recordemos que en los primeros cien años de vida independiente el país se enfrentó al difícil proceso de construcción de la nación mexicana en el que tuvo que decidir, primero, entre ser un imperio formado por súbditos, como en España o Inglaterra, o una república de ciudadanos libres, siguiendo el modelo de Francia y los Estados Unidos.
En este proceso que duró décadas ganó la República, un gobierno organizado en tres poderes, Ejecutivo, Legislativo y Judicial, regido por una ley suprema expresada en las constituciones federalista de 1824 y liberal de 1857.
Si el siglo XIX fue el de los grandes caudillos como el xalapeño Antonio López de Santa Anna, Benito Juárez y Porfirio Díaz como figuras históricas relevantes, los 30 años de la dictadura porfirista condujeron a principios del siglo XX al gran movimiento democratizador y social de la Revolución Mexicana de donde emergieron figuras nacionales como Francisco I. Madero, Venustiano Carranza, Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles.
Sin embargo, fue hasta el surgimiento del PNR, en 1929, cuando el país entró en un proceso de institucionalización que permitió organizar la vida política y pública de la nación ya no en torno a caudillos, sino de instituciones.
Don Daniel Cosío Villegas, uno de los escritores políticos mexicanos más importantes de la segunda mitad del siglo XX – fundador de la Escuela Nacional de Economía, del Fondo de Cultura Económica y del Colegio de México -, en su ensayo: El sistema político mexicano, las posibilidades de cambio, publicado en México en 1973, destaca tres importantísimas funciones que desempeñó el Partido Nacional Revolucionario, desde su fundación en 1929, y cito:
“Contener el desgajamiento del grupo revolucionario; instaurar un sistema civilizado de dirimir las luchas por el poder y dar un alcance nacional a la acción político-administrativa para lograr las metas de la Revolución Mexicana”.
En estas tres grandes funciones radica la importancia de la visión histórica de nuestro partido:
Primero, contener el desgajamiento del grupo revolucionario. Recordemos que al iniciar la Revolución Mexicana, luego de la caída y exilio de Porfirio Díaz y las elecciones presidenciales que llevaron en 1911 a Francisco I. Madero a la Presidencia, en 1913 inició un periodo de inestabilidad y violencia política que se extendió de manera intermitente hasta 1928.
Al triunfo de Madero, se sucedió el golpe de estado de Victoriano Huerta y el asesinato del Presidente y Vicepresidente durante la llamada Decena Trágica de febrero de 1913. A este hecho siguió el levantamiento armado de los grupos maderistas encabezados por Don Venustiano Carranza, para restablecer el orden constitucional, que llevó al derrocamiento de Huerta. Tras el triunfo del ejército constitucionalista – donde el general veracruzano Cándido Aguilar jugó un papel relevante – Carranza convocó al constituyente de Querétaro para promulgar una nueva Constitución que recogió los principios federalistas y liberales de las constituciones de 1824 y 1857 e incorporó el contenido social de la Revolución, plasmado en los artículos 3°, de la educación pública, laica y gratuita; 27, relativo al reparto agrario y la posesión de la tierra y 123, de los derechos laborales de los trabajadores y antecedente de la Ley Federal del Trabajo. En 1915, desde Veracruz, había promulgado la Ley Agraria, como un antecedente del artículo 27 de la nueva Constitución.
Sin duda la Constitución de 1917, que rige hasta nuestros días, y la incorporación de los postulados sociales de la Revolución – que el PRI hizo su programa de gobierno a lo largo del siglo XX –han sido dos de los logros fundamentales de la Revolución Mexicana.
En la sucesión presidencial de 1920, al inclinarse Carranza por un candidato civil, Obregón que era el general revolucionario más destacado y aspiraba con ese derecho a la Presidencia, se levantó en armas, lo que llevó al asesinato del presidente Carranza en su trayecto de la Ciudad de México a Veracruz.
Sin embargo, la violencia no terminó con el arribo de Obregón a la Presidencia en 1920, pues con motivo de la sucesión presidencial de 1924, también se registró la rebelión del sonorense Adolfo de la Huerta, y lo mismo ocurrió en 1928 cuando Obregón decidió reelegirse y si bien lo consiguió al ganar las elecciones, Cosío Villegas hace notar que ese año, la lucha facciosa concluyó con la muerte de los tres candidatos presidenciales del grupo revolucionario: los generales Francisco Serrano y Álvaro Obregón asesinados, y Arnulfo R. Gómez, fusilado.
En este contexto emerge la segunda gran razón que llevó a la formación del PNR: instaurar un sistema civilizado de dirimir las luchas por el poder.
Tras el asesinato de Obregón en 1928, Calles que estaba a unos meses de concluir su mandato, convocó al grupo revolucionario, primero para consensar el nombramiento de un presidente interino, que recayó en el tamaulipeco Emilio Portes Gil, y segundo para formar un Partido Nacional Revolucionario de cuya primera convención saliera el candidato a presidente constitucional que todo el grupo revolucionario se comprometiera a aceptar y apoyar.
Dice Cosío Villegas: “el partido oficial nació, pues de la necesidad de contener el desmembramiento de lo que comenzaba a llamarse Familia Revolucionaria”. El candidato a la presidencia fue Pascual Ortiz Rubio, nominación que fue aceptada por todos los grupos consiguiéndose así el segundo fin: “confiar la solución de la lucha por el poder al medio civilizado de un partido político y no a las armas, como había ocurrido desde que se inició la revolución maderista, pero de un modo más espectacular y sangriento a partir de 1920.”
Entramos así a la tercera gran función histórica del partido: dar un alcance nacional a la acción político-administrativa para lograr las metas de la Revolución Mexicana.
De 1928 a 1934 en el periodo conocido como el Maximato se sucedieron tres presidentes: Emilio Portes Gil, de 1928 a 1930; el electo Pascual Ortiz Rubio, quien renunció en 1932 y Abelardo L. Rodríguez, de 1932 a 1934, y en el cual el general Plutarco Elías Calles tuvo gran influencia de tal modo que fue llamado el Jefe Máximo de la Revolución. Esto terminó con la llegada al poder del general Lázaro Cárdenas, en 1934, quien tuvo fuertes diferencias con Calles y bajo la premisa de que no podía haber un poder por encima del Presidente lo sacó del país en 1936 consolidando así de una vez por todas la institución presidencial.
En 1938 Cárdenas cambió de nombre al PNR convirtiéndolo en Partido de la Revolución Mexicana, como un partido de masas, de fuerte tendencia izquierdista, apoyado en los sectores obrero, con la CTM como eje, y campesino, a través de la CNC.
Cárdenas nacionalizó el petróleo y dio un fuerte impulso al reparto agrario, avanzando de este modo en el programa revolucionario relacionado con la posesión de la tierra plasmado en el artículo 27 de la Constitución del 17.
En 1946, el presidente Manuel Ávila Camacho, con un gobierno más moderado, cambió el nombre al PRM por el de Partido Revolucionario Institucional, PRI, dando fuerza al sector popular, y postuló al veracruzano, entonces secretario de Gobernación, Miguel Alemán Valdés, como su primer candidato a la presidencia. Fue el primer presidente civil de seis años de la época posrevolucionaria. Este hecho es muy importante pues significó el paso de los gobiernos encabezados por generales a los gobiernos encabezados por presidentes civiles, formados en las aulas universitarias, y ya no en la carrera de las armas.
Con Alemán se inicia la etapa del llamado desarrollo estabilizador o el también llamado milagro mexicano.
Eran los tiempos del fin de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría. En ese contexto, en México la estabilidad política y la transmisión pacífica del poder evitó el surgimiento de golpes de estado o dictaduras militares sufridas por otras naciones latinoamericanas como Paraguay en 1954, Argentina que vivió seis golpes de estado entre 1930 y 1976, Brasil en 1964, Bolivia en 1964, Perú en 1968 y Chile en 1973, entre otros.
Mientras esto ocurría en Latinoamérica, de 1946 hasta 1976, durante cinco sexenios seguidos, México registró un crecimiento económico superior al de las citadas economías latinoamericanas.
En materia social se crearon el Instituto Mexicano del Seguro Social y el ISSTE.
Políticamente, Don Adolfo Ruiz Cortines, el veracruzano sucesor de Alemán otorgó el voto a la mujer y Adolfo López Mateos – quien se definía políticamente como de extrema izquierda dentro de la Constitución - nacionalizó la industria eléctrica.
Cosío Villegas afirma que en esa etapa, cuando se independizaron las colonias de los países europeos, varios países de África recién independizados mandaron delegaciones para estudiar discretamente el exitoso sistema político mexicano.
Al presidente Gustavo Díaz Ordaz le tocó el Movimiento Estudiantil del 68, que se suscitó también en Francia y otros países de Europa. La izquierda mexicana ha tomado la respuesta del Estado en el 68 como bandera de lucha, aunque habría que decir que Díaz Ordaz asumió la responsabilidad plena de la decisión tomada en el contexto de la Guerra Fría y de la inminente celebración de los Juegos Olímpicos, que fueron los primeros celebrados en Latinoamérica, los cuales se desarrollaron de manera pacífica.
Durante los gobiernos de Luis Echeverría, José López Portillo y Miguel De la Madrid el modelo del Estado de Bienestar como se conoce a nivel mundial el Estado surgido después de la Segunda Guerra mostró signos de crisis, sobre todo en el terreno económico.
En lo político, en este periodo el ilustre tuxpeño y veracruzano Don Jesús Reyes Heroles, quien postuló el modelo del liberalismo social mexicano, síntesis de las ideas liberales y republicanas del siglo XIX y del contenido social de la Revolución Mexicana, promovió la reforma política de 1977 para abrir el sistema político mexicano a la participación de las fuerzas minoritarias, marginales y hasta clandestinas, como el partido comunista. Gracias a esa reforma se crearon los diputados de representación proporcional que permitieron a las minorías políticas estar representadas en el Congreso.
En 1988 se registró la gran crisis de las elecciones presidenciales que llevaron a Carlos Salinas de Gortari a la Presidencia, las cuales pasaron a la historia por la llamada caída del sistema del conteo de los votos, anunciada por el entonces secretario de Gobernación Manuel Bartlett, quien años más tarde renunció al PRI y en el sexenio pasado fue un destacado miembro de la nomenclatura obradorista. En el sexenio de Salinas un destacado ex gobernador de Veracruz, Don Fernando Gutiérrez Barrios, como Secretario de Gobernación fue pieza clave para mantener la gobernabilidad del país durante los primeros cuatro años de ese gobierno.
Salinas fue un presidente con gran visión que legitimó su mandato en el ejercicio del poder. Creó el Programa Nacional de Solidaridad y el exitoso Tratado de Libre Comercio de México, Estados Unidos y Canadá, el cual ha dado viabilidad económica al país durante los últimos 32 años. Sin embargo, en materia política en 1994 el levantamiento armado en Chiapas y el asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio afectaron la recta final de su gobierno. Ese año, 17 días antes del magnicidio, Colosio pronunció el discurso del 6 de marzo que definió con claridad la situación del país y del partido, y la necesidad de emprender lo que llamó una reforma del poder.
Al ganar las elecciones presidenciales de 1994, el candidato sustituto, Ernesto Zedillo retomó la agenda democrática colosista. De ahí que en, en materia política, impulsó la reforma electoral de 1996 que ciudadanizó al órgano electoral y creó las condiciones de mayor equidad en la competencia electoral, al mismo tiempo que inició lo que llamó una “sana distancia” con relación al partido.
Con la reforma electoral y en el contexto de la llamada transición a la democracia, el PRI pasó de ser el partido hegemónico, a un actor más del sistema de partidos, lo que se expresó de manera puntual en las elecciones intermedias de 1997, cuando la oposición ganó por primera vez en la historia posrevolucionaria la mayoría de la Cámara de Diputados y la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. Tres años más tarde, Vicente Fox ganó la Presidencia abriendo paso a la etapa de la alternancia democrática.
En este proceso de transición democrática, y esto es fundamental destacarlo porque la oposición ha pretendido escamotear los méritos del partido: con una ética de la responsabilidad y una clara visión democrática y de Estado, el PRI ha sabido asumirse como un actor político más del sistema de partidos para dar estabilidad política al país.
Parafraseando a Weber, corresponde a los priistas no solo asumir una práctica política con pasión, para defender nuestras convicciones; sino una ética de la responsabilidad, para ser responsables de lo que se dice y lo que se hace, y un sentido de las proporciones, para dimensionar adecuadamente de dónde venimos y hacia dónde vamos, con el propósito de valorar y reconstruir la grandeza de un partido que ha dado forma, estabilidad política y gobernabilidad a México durante prácticamente la mitad de su vida independiente.
De ese tamaño ha sido y es la visión histórica del PRI. |
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