Este jueves 10 de septiembre, la presidenta Claudia Sheinbaum estará en Veracruz para presentar en el estadio de beisbol Beto Ávila su informe regional sobre las acciones, programas y resultados de su segundo año de gobierno en la entidad.
La gobernadora Rocío Nahle ha presentado el acontecimiento como algo inédito y ha convocado a los veracruzanos a acudir para conocer de primera mano qué ha hecho el Gobierno Federal por Veracruz. La cita está prevista para las 15:30 horas y las autoridades han señalado que la invitación es abierta.
Hasta ahí, todo muy bien.
El problema aparece cuando uno lee el lema con el que se promociona el acontecimiento:
“Honestidad y Resultados”.
Porque, según información proporcionada por fuentes que conocen la organización del evento, detrás de esa convocatoria ciudadana habría también una operación mucho menos espontánea: la movilización de trabajadores del Gobierno del Estado.
Es decir, los famosos acarreados.
Sí, esos mismos que durante décadas fueron parte del paisaje político del viejo PRI y que, según estas versiones, ahora tendrían una nueva camiseta, aunque no necesariamente un nuevo método.
La diferencia es que antes se movilizaba principalmente a campesinos y habitantes de comunidades rurales.
Ahora, aseguran las fuentes, serían empleados del Gobierno estatal.
Y habría un ingrediente particularmente delicado: la supuesta advertencia de que quien no participe podría poner en riesgo su empleo.
Si esto fuera cierto, habría que preguntarse qué tan lejos estamos realmente de aquellas prácticas que Morena prometió desterrar de la vida pública.
Porque una cosa es invitar.
Otra muy distinta es ordenar.
Y una cosa es acudir por convicción.
Otra muy diferente es hacerlo porque de ello depende la nómina.
Las fuentes señalan que los trabajadores serían concentrados desde las 9:30 de la mañana en distintos puntos para posteriormente ser trasladados al estadio.
Entre los puntos señalados se encuentra el Teatro del Estado, donde habrían sido convocados trabajadores de la Secretaría del Trabajo, mientras que personal de los Servicios de Salud de Veracruz —SESVER— habría recibido instrucciones de concentrarse detrás de la Central de Abastos, en las inmediaciones del antiguo almacén.
Y hasta un detalle curioso:
La instrucción, según estas versiones, sería acudir de civil.
No vaya a ser que al ciudadano que llegue al Beto Ávila se le ocurra pensar que aquella multitud está integrada por trabajadores movilizados por el gobierno.
Porque, naturalmente, un acarreo con uniforme se nota demasiado.
Sin uniforme, quizá pueda pasar por entusiasmo ciudadano.
Y aquí aparece otra diferencia con los viejos tiempos.
Antes, al menos, al acarreo le daban su torta, su refresco y, con suerte, hasta alguna pequeña gratificación para soportar varias horas bajo el sol.
Ahora, según las versiones que nos hacen llegar, ni eso.
Cada quien tendría que pagar sus propios gastos.
Eso sí: transporte no faltaría.
¡Qué modernización tan extraordinaria de las viejas prácticas!
El PRI llevaba gente.
Ahora se llevaría a los trabajadores.
El PRI utilizaba estructuras gubernamentales.
Ahora, según las denuncias, también.
El PRI llenaba plazas para demostrar músculo político.
Ahora se llenaría un estadio.
La pregunta es inevitable:
¿Qué cambió?
Porque si la Cuarta Transformación llegó para terminar con el acarreo, el corporativismo y la utilización política de los trabajadores públicos, resulta bastante extraño que reaparezcan las mismas prácticas con otro color partidista.
Y más extraño todavía cuando el acto lleva por bandera una palabra tan comprometida como “Honestidad”.
La honestidad no consiste solamente en decir que se gobierna con honestidad.
También consiste en permitir que quien quiera acudir vaya por voluntad propia y que quien no quiera hacerlo pueda quedarse en su casa sin temor a perder su empleo.
Eso se llama libertad.
Y también es democracia.
Habrá que esperar al jueves.
Habrá que observar quiénes llenan las gradas del Beto Ávila.
Quiénes llegan por voluntad propia.
Quiénes llegan en autobuses.
Quiénes fueron convocados desde oficinas públicas.
Y, sobre todo, quiénes están ahí porque quieren escuchar a la presidenta y quiénes porque recibieron la instrucción de presentarse.
Porque las fotografías oficiales pueden mostrar un estadio lleno.
Pero no pueden fotografiar las amenazas que supuestamente estuvieron detrás de cada asiento ocupado.
Y ojalá, por el bien de la propia presidenta Claudia Sheinbaum, todo esto quede solamente en rumores.
Porque ya ocurrió en otra entidad que una multitud movilizada terminó interrumpiendo con gritos el discurso presidencial.
Sería una verdadera paradoja que un acto organizado para presumir resultados terminara convirtiéndose en una demostración de las viejas formas de hacer política.
Y entonces sí habría que cambiarle el nombre al evento.
En lugar de “Honestidad y Resultados”, podría llamarse:
“Acarreados y consecuencias”.
Porque si algo debería haber aprendido la política mexicana después de tantas décadas es que un estadio lleno no necesariamente significa un pueblo convencido.
A veces solamente significa que hubo suficientes autobuses.
Y si para llenar el Beto Ávila hay que amenazar a trabajadores con quitarles el empleo, entonces el problema ya no sería de logística.
Sería de congruencia.
Porque la Cuarta Transformación prometió cambiar la historia.
No repetirla con nuevos protagonistas.
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