POR: ÁNGEL LARA PLATAS
La democracia, desde su concepción griega en el Ágora ateniense, se fundó sobre un principio elemental y radical: el poder reside en el demos y se ejerce a través de la libre elección de los mejores entre los ciudadanos. El kratos del pueblo no era un reparto aritmético, era un veredicto. La comunidad deliberaba y elegía a quien consideraba más capaz, más elocuente, más popular para representarla. Hoy, ese principio está siendo quebrado por una ingeniería electoral que confunde igualdad con uniformidad.
Me refiero a la paridad obligatoria en candidaturas. La exigencia legal de postular exactamente 50% mujeres y 50% hombres, independientemente de la militancia, del trabajo territorial y de la preferencia real del electorado.
Nadie discute la necesidad histórica de abrir espacios a las mujeres. Fue una lucha justa. Pero hemos pasado de la apertura a la imposición mecánica, y ese salto tiene consecuencias democráticas profundas.
La democracia no sortea, elige. En la Atenas de Pericles, la isegoría -el derecho igual de todos a tomar la palabra- era sagrada. Todos podían hablar, pero no todos eran elegidos. El voto decidía. El procedimiento actual de paridad invierte esa lógica: obliga a los partidos a presentar un número idéntico de candidatas, aunque en esa sección, en ese distrito, en ese municipio, la figura con mayor arraigo, mayor conocimiento y mayor intención de voto sea un hombre.
He visto casos concretos en Veracruz y en todo el país: se hace encuesta interna, el aspirante varón supera por 20 puntos a la aspirante mujer en reconocimiento y aceptación ciudadana, pero el partido debe bajarlo porque "toca mujer" en ese distrito. Se sacrifica al candidato más competitivo por cumplir la cuota. ¿Eso es democrático? No. Es una lotería de género que sustituye la voluntad popular por una fórmula administrativa.
La democracia griega buscaba que gobernara el más popular y persuasivo ante la asamblea. La paridad rígida busca que la boleta se vea equilibrada, aunque pierda competitividad y representatividad real.
El principio democrático moderno consagrado en la Constitución es la igualdad de oportunidades para competir, no la garantía igualitaria de resultados. Todos deben poder inscribirse, hacer campaña y ser votados en igualdad de condiciones.
La paridad tal como se aplica hoy no garantiza igualdad de oportunidades; garantiza el resultado. Obliga a que haya 50% de candidatas, aunque no haya 50% de mujeres interesadas en competir, o aunque las que compiten no tengan el respaldo popular en ese momento. Eso rompe otro principio griego fundamental: la meritocracia cívica. Para Aristóteles, la democracia degeneraba en demagogia cuando se dejaba de elegir a los mejores para elegir por sorteo o por turno.
Hoy no sorteamos, pero sí asignamos por turno de género. El efecto es el mismo: se desplaza el criterio de popularidad y capacidad por un criterio identitario.
La consecuencia práctica es conocida por todos los operadores políticos: se postulan mujeres sin estructura, sin trayectoria, sólo para llenar el bloque de paridad, y se condenan a esos distritos a la derrota. Paradójicamente, se hace un flaco favor a la causa de las mujeres, porque se les usa como cuota y no como liderazgos auténticos. Y se hace un flaco favor al ciudadano, que ve en la boleta una candidatura que no refleja su preferencia.
La democracia no es un ejercicio de diseño gráfico donde debe haber igual número de rostros femeninos y masculinos. Es un mecanismo para que el pueblo elija a quien quiere que lo gobierne.
Si queremos más mujeres en el poder -y debemos quererlo-, el camino no es la imposición vertical de la paridad en la candidatura, sino el trabajo horizontal de formación, financiamiento y promoción de liderazgos femeninos para que ganen por su popularidad, no por su género. Que compitan y que ganen porque la gente las prefiere. Esa sí es una victoria democrática.
Imponer el 50/50 por decreto no corrige la desigualdad, sólo maquilla la boleta y, de paso, vulnera el principio más antiguo de la democracia: que sea el pueblo, y no la cuota, quien decida quién lo representa. |
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