De Veracruz al mundo
POLITICAS, TRAICIONES Y ALGO MAS
Marco González Kuri.
2026-11-04 / 16:18:49
El castigo hispano a Trump


Por: Marco González Kuri



Hablando de las elecciones en el país vecino sin ser especialista en Geopolítica, me lleva a la siguiente reflexión: si algo retrata de cuerpo entero la decadencia política del Trumpismo son varios dislates, como sus arranques arancelarios, ese afán ridículo, propio de un Calígula trasnochado, de querer renombrar la geografía del planeta por capricho. Al magnate no le bastó tratar a América Latina como traspatio de maquila y almacén de hidrocarburos; extendió su soberbia hacia el norte amenazando con anexar a Canadá para degradarlo a «su estado número 51», mientras rebautizaba el Golfo de México como «Golfo de América» o sugería ponerles su propio apellido a los océanos. Esa arrogancia de quien se siente procónsul con derecho a borrar fronteras e identidades históricas no era fortaleza: era la grotesca comedia de un poder imperial que confunde el berrinche con la geopolítica.



El desprecio acumulado a lo largo y ancho del continente no cayó en saco roto ni se quedó en el terreno de las buenas intenciones. Agraviar a Canadá tratándolo como colonia anexa, chantajear a los socios comerciales, meter las manos en elecciones sudamericanas para imponer a sus peones y, por encima de todo, hostigar día y noche a México, a su base trabajadora latina, a sus familias y hasta la investidura de la presidenta de nuestro país, terminó por reventarles el tablero donde más les duele: en las urnas. Pretendieron gobernar mediante intimidación para inflar el pecho electoral, convencidos de que humillar a los vecinos les garantizaría aplausos eternos.



Pero esto no es poesía ni floritura: es la frialdad aplastante de la demografía. Los estrategas del desprecio olvidaron un detalle elemental: la comunidad latina e hispana en Estados Unidos ya no es un apéndice testimonial; es la primera minoría absoluta de ese país, superando con creces a la población afroamericana y sumando más de 36 millones de electores con credencial en mano. Pensaron que los paisanos aguantarían callados las deportaciones televisadas, los asesinatos, las bravuconadas de invasión y el insulto diario a su tierra de origen. Se equivocaron. Cuando quisieron darse cuenta, la misma gente que limpia sus hospitales, levanta sus cosechas y mueve la economía en sus ciudades les cobró la afrenta boleta por boleta, demostrando que estirar la liga del racismo tiene un límite en el conteo de votos.



Donde el golpe retumbó con mayor justicia poética fue en Texas, el epicentro del antimexicanismo, donde se colocaron boyas con alambre de navajas en el río y se persiguió a los nuestros con sevicia. Ahí cayó el bastión de Greg Abbott ante una mujer como Gina Hinojosa, que será la primera gobernadora con raíces mexicanas, acompañada del triunfo senatorial de James Talarico. Ese vuelco, sumado a la pérdida total de la Cámara de Representantes (228 escaños opositores) y del Senado (54 curules demócratas), le arranca de las manos al aprendiz de emperador el cetro presupuestal y la chequera con la que pretendía financiar muros, redadas y bravuconadas de intervención armada. Trump queda reducido a amenazar con el veto en un Congreso que lo tendrá bajo la lupa de comisiones fiscalizadoras. La soberanía de los países vecinos no se doblegó ante el látigo; hoy es el capataz quien amanece maniatado por sus propios electores.



Querer borrarle el nombre al Golfo de México o adjudicarse mares ajenos no es política exterior; es megalomanía. Pretendió actuar como un césar romano, pero las elecciones legislativas le recordaron que Washington tiene contrapesos y que el mapa internacional no se dibuja con plumón indeleble.



Fiel al guion del narcisismo puro, Donald Trump tiene lista la excusa de 2018 y de 2025: que el naufragio republicano se debió exclusivamente a que su nombre no figuraba en la boleta. Para el magnate, la derrota no fue por la inflación ni por sus excesos, sino porque el universo cometió el sacrilegio de votar sin su fotografía enfrente.



Frente a las groserías a Canadá, las intromisiones en América Latina y los exabruptos permanentes contra México, la mejor defensa nunca fue el aspaviento, sino la firmeza republicana. Y el agravio se vuelve doblemente cínico cuando se mira el libreto completo: hacia la presidenta de México reparte zalamerías de comedia y elogios de ocasión sobre «su dulcísima voz», mientras con la otra mano financia, cobija e instruye a una oposición local arrodillada que aplaude cada amenaza de invasión o castigo comercial contra su propia patria. Ese juego de acariciar con el discurso meloso para luego golpear con la chequera de la injerencia política se topó con un muro insalvable.



Hoy se confirma la vieja máxima que la soberbia imperial suele ignorar: quien r siembra tempestades, tarde o temprano cosecha su propia y aplastante tormenta en las urnas.



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