De Veracruz al mundo
POLITICAS, TRAICIONES Y ALGO MAS
Marco González Kuri.
2026-08-22 / 14:03:00
La urgencia y el fuero de Rocha Moya.


Por: Marco González Kuri



No fue el clamor popular, lo que hizo regresar de golpe a Rubén Rocha Moya al timón del Palacio de Gobierno en Sinaloa, sino el tictac implacable de un reloj judicial que empezó a correr demasiado rápido en los sótanos de la Ciudad de México. Apenas habían transcurrido 48 horas desde que la Fiscalía General de la República detuviera e ingresara por la puerta de alta seguridad del Altiplano a Fausto Corrales —el testigo clave, el acompañante infaltable de aquella tarde de plomo y sombra donde se cruzaron el destino de Melesio Cuén y el secuestro del Mayo Zambada—, cuando el mandatario decidió dar por terminada su cómoda licencia.



Rocha se reinstaló agitando el pañuelo de la inocencia y proclamándose con la "frente limpia". Pero seamos serios: en la jerga del poder mexicano, volver a la silla del ejecutivo con la misma prisa con la que cae un testigo incómodo no es un acto de valentía; es una urgencia de supervivencia jurídica. El hombre regresó corriendo a protegerse con el fuero constitucional. Porque una cosa es andar por la vida como ciudadano común rindiendo cuentas ante el Ministerio Público, y otra muy distinta despachar con escoltas, chequera abierta y la inmunidad que da una gubernatura en funciones.



Lo más fascinante de este sainete tropical es que la arquitectura legal de Sinaloa le ofrecía al régimen una salida elegante, higiénica y perfectamente institucional. Transcurridos más de cuatro años de sexenio, el Artículo 59 de la Constitución local era clarísimo: ante una ausencia definitiva, el Congreso del Estado tenía la facultad expedita de nombrar a un gobernador sustituto para concluir el periodo hasta 2027, sin desgaste, sin circo y sin costo financiero de convocar a unas innecesarias elecciones extraordinarias. La vía civilizada estaba servida sobre la mesa para Morena.



Pero en el fondo, lo que deja este episodio es un denso y helado halo de incertidumbre que ninguna versión oficial alcanza a sofocar. ¿Qué pasó y qué sigue pasando realmente en Sinaloa desde la llegada de este personaje? La sombra de la colusión con el crimen organizado no es una especulación de la oposición; es una sospecha viva que respira en las calles de Culiacán, en el miedo cotidiano de una ciudadanía desplazada y en el acoso sistemático a voces disidentes y opositores. Queda flotando en el aire la pregunta incómoda: ¿estamos ante un gobernante rebasado o ante un engrane consciente de un pacto inconfesable? Es justamente esa duda no resuelta, esa bruma de complicidades y pactos en la sombra, la que termina carcomiendo la vida democrática del país. Para Morena, solapar a impresentables de este calibre —en Sinaloa como en otros rincones de la geografía nacional— no es un costo abstracto: es una factura moral que erosiona directamente su narrativa fundacional.



Sitiado por las preguntas, Rocha creyó que al tomar protesta de nuevo obligaría al oficialismo a cerrar filas a su alrededor por mera disciplina de rebaño. Se equivocó rotundamente. En un hecho inédito que pasará a los anales del pragmatismo de Estado, la respuesta de sus pares no fue el abrazo solidario, sino un desplegado demoledor. Firmado por 22 gobernadoras y gobernadores de la Cuarta Transformación, el mensaje fue un portazo en la cara: llamados explícitos a la "madurez", reclamos contra la "desmesura" y una advertencia fulminante de que "las decisiones individuales jamás estarán por encima del proyecto colectivo".



Siendo claros Palacio Nacional le quitó la escalera antes de que terminara de bajarse. El gobernador se quedó solo, colgado del fuero, pero desprovisto del manto sagrado del movimiento y de la tutela política.



Sin embargo, en esta contienda de cálculo y cobardías, la derrota más amarga no la sufre Rocha Moya caído en desgracia, ni el partido que intenta lavarse las manos a deshoras. La verdadera víctima es la ciudadanía sinaloense —y la de tantos estados en el país—, condenada a vivir como rehén de una clase política que utiliza las instituciones como escudo personal, mientras la vida pública, la seguridad y la dignidad de la gente se pagan como simple daño colateral.



Ya va siendo hora de que en MORENA entiendan que reivindicar la causa pública no se logra con retórica, sino filtrando las candidaturas con un mínimo de decoro; porque pedirle al electorado que aplauda y legitime en las urnas a verdaderos impresentables encumbrados a la categoría de gobernantes, rebasa por mucho la frontera de la disciplina partidista y coquetea abiertamente con el cinismo y la desvergüenza.

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