| Exposición en Londres celebra la vejez desde el arte y la ciencia. | ||||||
| Esa misma obsesión, convertida hoy en pregunta científica y cultural, es el punto de partida de The Coming of Age (El paso a la vejez), en el museo Wellcome Collection de Londres (gratuita, hasta el 29 de noviembre), curada por Shamita Sharmacharja. | ||||||
| Domingo 20 de Septiembre de 2026 | ||||||
| Por: La Jornada | ||||||
Esa misma obsesión, convertida hoy en pregunta científica y cultural, es el punto de partida de The Coming of Age (El paso a la vejez), en el museo Wellcome Collection de Londres (gratuita, hasta el 29 de noviembre), curada por Shamita Sharmacharja. La muestra abre con un gesto elocuente: dos copas de sake que resumen, en un solo objeto, toda una transformación demográfica. Son las que el Estado japonés regala tradicionalmente a quienes cumplen 100 años; antes se hacían de plata; ahora, de níquel, porque los centenarios pasaron de 153 en 1963 a más de 29 mil en 2014, y la plata dejó de ser sostenible. A partir de ahí, 150 obras y objetos –acompañados por una antología de 12 autores internacionales– abordan la vejez desde la ciencia, el arte y la política. La institución Wellcome es una de las mayores fundaciones científicas independientes del mundo, dedicada a financiar investigación sobre salud y grandes desafíos sanitarios globales; su biblioteca conserva más de 1.1 millones de piezas sobre la historia y cultura de la medicina, de las cuales, más de la mitad son fondos bibliográficos y documentales, y una amplia porción de ello está digitalizado. Para entender lo que celebra la exposición, conviene primero preguntarse qué es el envejecimiento. El premio Nobel Venki Ramakrishnan lo explica sin metáforas: no es un reloj programado, sino la acumulación gradual de daños celulares que termina en disfunción sistémica. Esa acumulación varía enormemente según la especie: el tiburón de Groenlandia supera 400 años de vida; la efímera, pequeño insecto alado, apenas alcanza el día. La diferencia no es un capricho de la naturaleza, sino un cálculo evolutivo puro –reparar un cuerpo tiene sentido sólo si ese cuerpo tiene tiempo de aprovecharlo. Por eso los seres expuestos a morir jóvenes, ya sea de hambre o por depredadores, priorizan madurar y reproducirse cuanto antes. Los humanos rompemos esa lógica: vivimos casi el doble de lo esperado para nuestro peso corporal, aunque el límite evolutivo parece rondar los 110 años –el récord lo sigue teniendo Jeanne Calment, fallecida en 1997 a los 122. El problema ya no es sólo cuánto vivimos, sino cómo: hoy se suman años de vida sin sumar años de salud. Ahí se concentra la ciencia actual, con fármacos que imitan la restricción calórica, senolíticos que eliminan células senescentes y suplementos que reponen moléculas que el cuerpo deja de producir. La apuesta más ambiciosa es la reprogramación celular temporal, que no nada más busca ralentizar el envejecimiento, sino revertirlo. Antes, sinónimo de saber Prolongar la vida sirve de poco si la sociedad sigue penalizando a quienes envejecen: según la Real Sociedad para la Salud Pública, el edadismo es la principal forma de prejuicio en el Reino Unido, síntoma de una cultura que idolatra la juventud. La feminista y académica Lynne Segal va más allá y lo señala como un problema político, no sólo cultural, que obliga a preguntarse si es posible celebrar la longevidad mientras siga asociada a dependencia y aislamiento. El título de la muestra es prueba de ese rechazo, incluso lingüístico: The Coming of Age es la traducción inglesa de La Vieillesse (1970), de Simone de Beauvoir, elegida precisamente porque “vejez” sonaba negativo. Ya entonces se evitaba la palabra “viejo”, con sus connotaciones casi automáticas de decadencia e invisibilidad. El término “edadismo” llegaría hasta 1969, acuñado por el gerontólogo Robert Butler, aunque el fenómeno es anterior: nació en el siglo XIX, cuando la Revolución Industrial ató el valor de las personas a su eficiencia productiva y despojó a la vejez de su antiguo prestigio como sinónimo de sabiduría. No es un prejuicio inocuo. Pragya Agarwal cita un estudio con siete millones de participantes seguidos durante 25 años: quienes sufren edadismo tienen peores resultados de salud en más de 95 por ciento de los casos, con más deterioro físico y cognitivo, más estrés y más aislamiento. Incluye la discriminación médica, que infantiliza a los mayores y les niega tratamientos efectivos por considerarlos “no candidatos viables”, además de excluirlos sistemáticamente de la investigación clínica. Y no golpea por igual: Agarwal subraya que las mujeres lo sufren con más dureza. Las canas masculinas se leen como estatus y sabiduría; las arrugas femeninas, como pérdida. La razón, explica, es que la sociedad ha depositado en el cuerpo de la mujer un capital social ligado a la juventud, al atractivo y a la fertilidad, de modo que envejecer se convierte casi en una falta cultural. De ahí expresiones como “mutton dressed as lamb” (oveja vestida de cordero) contra quien se resiste a desaparecer socialmente. Frente a eso, activistas como Maggie Kuhn –fundadora en 1970 de las Panteras Grises– hicieron de la sexualidad en la vejez una de sus banderas más provocadoras, precisamente por tratarse de algo que la sociedad prefiere no ver. Segal cierra el argumento con una idea incómoda: al denigrar a los ancianos, la sociedad no discrimina a un “otro”, sino a su propio futuro. Por eso aboga por el cuidado mutuo y la interdependencia como única respuesta que tiene sentido. Ese cuidado mutuo, con todo, también empieza por uno mismo. La exposición lo ilustra con las “supermujeres” como la célebre fotografía de Robert Mapplethorpe tomada en 1982 (e impresa en 1991), que retrata a una Louise Bourgeois de 70 años con una actitud marcadamente juguetona y desafiante. Esta icónica imagen fue capturada justo antes de que la artista tuviera su primera gran retrospectiva en un museo importante. Angela Saini, por su parte, menciona a Roshni Devi, quien practica halterofilia, o a Meenakshi Raghavan, maestra de artes marciales en sus 80 años. Esa misma aceptación, sostiene Tom Shakespeare, debería extenderse a las herramientas del cuerpo que envejece. Rechazar una andadera o un audífono por vergüenza no es más que estigma hacia la discapacidad disfrazado de orgullo: no son señales de derrota, sino instrumentos de autonomía, tan cotidianos como un audiolibro o una alarma en el móvil, tecnologías que en su día también nacieron para incluir y que hoy usamos sin pensarlo dos veces. Adoptarlas sin pudor, sugiere, es lo que permite seguir viviendo de forma plena en comunidad. La muestra lo recuerda con humor: entre sus piezas está el bastón de Charles Darwin, coronado –irónicamente– con una calavera. Queda, al final, la advertencia de Andrew J Scott: el verdadero desafío de la longevidad no es vivir más años, sino dejar de organizar esas vidas más largas con estructuras pensadas para vidas más cortas. Combatir el edadismo, en el fondo, no es un gesto de caridad hacia los mayores de hoy. Es imaginar, desde ahora, el mundo que queremos encontrar cuando lleguemos. |
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