| Escuchar a las adolescencias: una voz necesaria en el debate sobre redes sociales en México. | ||||||
| La discusión se centra en la restricción de pantallas y el establecimiento de límites a las redes sociales para proteger su salud mental; sin embargo, la regulación transformará también su forma de convivir, aprender y entretenerse. Especialistas piden mover el foco: menos culpa personal y más exigencia a las empresas tecnológicas. | ||||||
| Viernes 04 de Septiembre de 2026 | ||||||
| Por: animalpolitico.com | ||||||
El futuro de la regulación de las redes sociales y dispositivos digitales en México debe evitar un patrón histórico: que las personas adultas deliberen, diagnostiquen y diseñen prohibiciones sin escuchar a las infancias y adolescencias, como si las personas menores de 18 años fueran pasivas, solo sujetas a tutela y protección. La discusión sobre restringir el acceso a teléfonos inteligentes, vetar las redes sociales o prohibir las pantallas en las aulas coloca el foco en riesgos reales de salud mental y física, pero cualquier marco normativo que ignore sus voces sería inadecuado; lo mismo que un enfoque que coloque más atención en la responsabilidad personal que en la empresarial. Las redes sociales y las pantallas son una herramienta del día a día en las vidas de adolescentes como Jacobo y María José. Con mayor o menor conocimiento sobre sus riesgos, son indispensables para su aprendizaje, convivencia y entretenimiento, comparten con Animal Político. “Yo con mi experiencia así con las redes sociales, son algo no muy importante así que digamos; en mi vida diaria no las necesito mucho, pero, por ejemplo, en las tareas de las materias, en todo eso, sí. Son importantes ya que me ayudan a saber, ¿no? A investigar, a conocer cosas nuevas”, dice Jacobo. Al mismo tiempo, reconoce que el entorno virtual encierra dinámicas que pueden absorber a las personas sin que lo noten. Sin embargo, antes que esperar restricciones impuestas, él mismo reflexiona sobre la importancia de la autogestión y los límites. “Sí hay que poner, yo sí pongo límites sobre cuánto tiempo puedo estar ahí, porque, por ejemplo, te puedes quedar ahí mucho tiempo y se te pasa el tiempo así muy rápido, y no te das cuenta. Entonces hay que poner límites”, asegura. Además, distingue con claridad el uso provechoso y el consumo excesivo que genera dependencia o pérdida de capacidades analíticas. Para él, el peligro no es la tecnología en sí, sino lo que sucede cuando se abusa de ella y la exposición a riesgos externos. “En mi opinión, no es malo utilizarlas, pero ya consumirlas en exceso o así, ya te daña: en las redes sociales hay que cuidar nuestras amistades, porque ahorita siendo pequeños somos muy vulnerables, nos pueden engañar o así”, considera. María José, de la misma edad, compara el placer que le dan las redes sociales con comer chocolate. Ahí está todo, dice: sus amigas, su vida social, sus redes. Las usa a diario, todo lo que puede. Para la escuela no mucho, solo en general, y le gusta ver cosas a las que llama “normales”: get ready with me (tutoriales de cómo vestirse y maquillarse) y outfits del día. También suele ver “cosas de gatos y de perros” y de “La casa de los famosos”. Nunca ha pensado en usarlas menos: “¿para qué?, ¿qué haría?”, se pregunta. Tampoco cree que tengan un lado negativo, aunque “soy menos productiva, pero yo lo decido”, aclara. Asegura que ella decide cuándo dejarlas de ver y puede hacerlo a voluntad. No ve tantas, dice, pero dedica más tiempo a videojuegos como Toca Boca. Descubrir Toca Boca y estar en contacto todo el tiempo con su mejor amiga es lo más increíble que le ha pasado en el mundo digital. Sobre la posible regulación de las redes, piensa que es una tontería innecesaria, sin sentido. “Son malos y solo quieren que suframos, porque es como darle un chocolate a alguien, luego quitárselo y decirle que no puede comer más chocolate en su vida”, añade. “No es necesario regular los dispositivos, yo estoy bien como estoy, viendo mi teléfono cada vez que se me antoja”. Reconoce, sin embargo, que le han pasado algunas cosas no tan gratas en internet, como un grupo de “quemados”, que en todas las escuelas hay; es decir, donde unos estudiantes hablan mal de otros. Además, una vez hizo tres cuentas de Instagram y no le avisó a su papá; cuando él se dio cuenta, se enojó y la castigó dejándola sin el teléfono. Cuenta también que conoce los riesgos, como que la pueda contactar un extraño, al igual que si publica su rostro, personas extrañas podrían comentarle cosas desagradables. A algunas de sus compañeras les ha pasado. De esos riesgos le han hablado su papá y su mamá. Tampoco la dejan tener Roblox, por la misma razón. En la escuela no le han dicho mucho, aunque el director asegura que va a prohibir los teléfonos por su uso inadecuado. Las adolescencias no son tan inconscientes al usar internet y redes sociales, como suele pensarse. Datos recolectados en el informe Jóvenes México 2026, de la Fundación SM y el Observatorio de la Juventud en Iberoamérica, revelan que 71.6 % reconoce la tecnología como un elemento central para su día a día. En contraste, 23.6 % la evalúa como un aspecto “poco importante”, mientras que 4.8 % la juzga “nada importante”. Los datos, sin embargo, muestran una relación compleja y ambivalente de la juventud con la tecnología. Por un lado, existe una valoración instrumental y aspiracional muy clara; por otro, una percepción evidente de riesgos y una sensación extendida de saturación y pérdida de control sobre el tiempo y la atención. Valoran sus lados positivos y negativos: tres de cada cuatro consideran que facilita su vida diaria, 88 % la usa para aprender cosas nuevas, 83 % protege sus datos personales y 76 % asegura que verifica la información; en contraste, 67.7 % reconoce que le distrae de asuntos importantes, 60 % considera que genera más problemas que beneficios y 57.3 % afirma haber sentido saturación hasta la necesidad de desconectarse. Riesgos reales, y empresas en el centro de la responsabilidad Mercedes Llamas, cofundadora de Restart —un centro de atención psicológica especializado en la dependencia a pantallas—, hace énfasis en los efectos físicos, neurológicos y sociales del uso excesivo de dispositivos digitales. Desde el ámbito neurológico afirma que la exposición constante altera el desarrollo de la corteza prefrontal del cerebro, área encargada de la atención, la concentración, el juicio, el pensamiento crítico, la resolución de conflictos y la regulación emocional. Esto ocurre por los altos niveles de dopamina que generan las plataformas inmersivas de recompensa inmediata. Entre las principales afectaciones de salud que ha documentado el centro se encuentran los problemas visuales y musculoesqueléticos, las alteraciones endocrinas y del desarrollo, problemas dentales, y de salud mental, como el incremento de la ansiedad generalizada, depresión y estrés postraumático provocado por la sobreestimulación. En el ámbito lingüístico y social, identifica el fenómeno de “orfandad digital”, en el cual nueve de cada diez niños reportan que sus cuidadores están en el teléfono mientras los acompañan, lo que reduce el desarrollo lingüístico y genera sentimientos de abandono. Asimismo, la escasez de juego libre disminuye la oportunidad de ensayar habilidades sociales y resolver conflictos cara a cara. A nivel de seguridad digital, advierte riesgos como el acceso a pornografía a edades tempranas inducido por algoritmos, el grooming —cuatro de cada 10 menores interactúan con desconocidos en plataformas como Roblox—, las extorsiones de carácter sexual, el reclutamiento delictivo por redes como TikTok y la trata digital sin que los menores salgan de sus hogares. Como respuesta, Restart propone adoptar los lineamientos de la Asociación Española de Pediatría: prohibir celulares inteligentes antes de los 14 años, restringir redes sociales antes de los 16, vetar celulares en escuelas y fomentar el juego libre. Además, sostiene que el Estado debe imponer leyes que responsabilicen penalmente a las grandes empresas tecnológicas para que apliquen filtros de edad directamente en sus plataformas, en lugar de trasladar toda la carga de vigilancia a los padres de familia. En ello coincide Karime Rocha, quien trabaja en talleres de prevención de la violencia con jóvenes de bachillerato. Hace énfasis en un enfoque centrado en los derechos de las adolescencias y las variables socioeconómicas pues el acceso a la tecnología sigue siendo desigual. La especialista defiende el valor democrático del internet y las redes sociales como herramientas de información, socialización y aprendizaje. En su experiencia, las adolescencias también recurren a estos espacios para consultar información sobre sus cuerpos, sexualidad e identidad, cuando en sus entornos familiares o escolares dichos temas suelen estar limitados por el tabú, el estigma o el temor a ser juzgados. Rocha cuestiona la tendencia a “individualizar” y patologizar el uso excesivo de dispositivos, culpando exclusivamente a las y los jóvenes de su conducta. El problema, sostiene, es de carácter estructural y engloba tres factores clave: la escasez de espacios públicos y recreativos alternativos para los jóvenes, la falta de una educación digital crítica y el diseño de las plataformas creadas deliberadamente para retener la atención del usuario. Bajo esa premisa, reprocha que las políticas públicas actuales se basen en una sola corriente de evidencia científica, que psicologiza el problema en el individuo. Ante ello, la regulación estatal no debe sancionar la conducta o el cuerpo de las adolescencias , sino fiscalizar el diseño y exigir responsabilidad corporativa a las empresas proveedoras de software. Además, enfatiza en la urgencia de escuchar directamente sus percepciones, gustos y demandas en el diseño normativo. De lo contrario, advierte que “legislar de ellas sin ellas” desvirtúa la protección y la convierte en mero tutelaje adulto. Los talleres en escuelas deben enfocarse a dotar a los jóvenes de herramientas reflexivas para que tomen sus propias decisiones respecto al uso digital. “Se puede volver un vicio y al final ese vicio te hace mucho daño, ya que aparte te vuelves más flojo. Por ejemplo, en internet, la inteligencia artificial, no siempre hay que buscar ahí, nada más preguntarle ya o evitarse problemas, porque al final te vuelves perezoso, por decirlo así, y ya no eres el mismo, porque te acostumbras a lo fácil. Lo que supuestamente se debería hacer es buscar en libros información confiable, estar leyendo y no agarrar la primera información que veas”, alerta el propio Jacobo. |
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