De Veracruz al mundo
19 de septiembre: una cicatriz que no sana.
El estruendo del concreto desplomado dio paso a un silencio atónito, apenas interrumpido por sirenas y voces que pedían auxilio. En los días posteriores, brigadistas y cronistas documentaron la magnitud de la tragedia y el dolor que dejó.
Viernes 19 de Septiembre de 2025
Por: La Jornada
Foto: .Cristina Rodríguez y Jair Cabrera Torres
CDMX.- A las 7:19 de la mañana del 19 de septiembre de 1985, la normalidad se quebró en un instante. El suelo de la Ciudad de México se agitó con una furia de magnitud 8.1 que arrasó con la rutina: un minuto y medio bastó para desmoronar edificios, arrancar miles de vidas y llenar el aire de polvo, humo y gritos.

El estruendo del concreto desplomado dio paso a un silencio atónito, apenas interrumpido por sirenas y voces que pedían auxilio. En los días posteriores, brigadistas y cronistas documentaron la magnitud de la tragedia y el dolor que dejó.

Ese impulso es lo que la historiadora del arte Dina Comisarenco identifica como el inicio de un “trauma cultural”: un golpe colectivo que altera identidades y obliga a relaborar la memoria, reflejándose en símbolos, relatos y expresiones visibles en el espacio público.

“Más allá de los escombros, permanece el testimonio de una ciudad que, entre ruinas, encontró en la solidaridad y en la creación artística un medio para levantarse”, explicó Comisarenco en entrevista.

Este viernes se cumplen 40 años de aquel amanecer que marcó a generaciones. El sismo no sólo derrumbó edificios: resquebrajó la confianza en el gobierno y despertó a la sociedad civil.

“El arte, en ese contexto, se volvió un espacio donde la comunidad podía elaborar colectivamente su trauma. De ahí surgieron espacios como la galería Frida Kahlo de la Unión de Vecinos y Damnificados 19 de Septiembre, o la galería Benita Galeana, en el Sindicato de Costureras, donde se reunieron performances, asambleas y colectivos feministas. La expresión creativa no era un lujo, sino un lenguaje compartido para procesar la devastación”, puntualizó la especialista.

Pocos artistas representaron de forma explícita la tragedia. La herida era demasiado profunda y el riesgo de caer en el sensacionalismo estaba presente. Por eso cobran relevancia los murales que sí lo hicieron.

Obras como La historia jamás contada, de Ariosto Otero; Homenaje al rescate, de José Chávez Morado; Tlatelolco 1985: Sismo y resurrección, de Nicandro Puente, y Tlatelolco, lugar del sacrificio (1989), de Arnold Belkin, dieron forma al dolor y lo fijaron en la memoria colectiva.

“La clave de su permanencia radica en que este impacto colectivo necesita inscribirse en símbolos que todos puedan reconocer. Es un golpe profundo que deja huella en la memoria de la comunidad y transforma la manera en que las personas se relacionan con su pasado”, añadió Comisarenco.

Nació el activismo visual

“Desde la praxis creativa, estas experiencias pueden elaborarse en representaciones simbólicas que permiten procesarlas colectivamente y resignificarlas. Cada muro pintado fue más que una superficie: fue una herida hecha relato.

“Los colores, figuras y escenas no sólo denunciaron lo ocurrido; también ofrecían un lugar de reconocimiento, un espejo en el que los sobrevivientes y sus descendientes podían decir: ‘aquí estuvimos, aquí seguimos’.

“Al fijar los rescates, los rostros de damnificados o los escombros convertidos en geometrías, los murales impidieron que la tragedia quedara sepultada bajo la costumbre o el olvido.”

El terremoto de 1985 abrió un espacio clave para las artes plásticas. La creación pictórica y escultórica, aunque más limitada en número, comenzó a articular testimonios de la experiencia traumática, lo que dio nacimiento a un activismo visual que combinaba performance, pintura y crítica social.

Para Comisarenco, esas expresiones fueron esenciales, pues “permitieron que la comunidad elaborara colectivamente su dolor, que se visualizara el registro histórico y que se construyera identidad a partir de la experiencia compartida.

“El muralismo posterior a 1985 encarna la posibilidad de reconstruirse como comunidad. La labor plástica permite al grupo resignificar el trauma cultural y reafirmar su identidad como comunidad.

“A 40 años del sismo, en cada muro descascarado que aún resiste permanece esa lección: la memoria no se borra, se pinta una y otra vez, y con ella, la ciudad sigue contando su historia.”


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