| Reaviva repudio a carabineros atropello de joven en Chile. | ||||
| Son cientos de hombres y mujeres, jóvenes en su mayorÃa, que enfrentan a los carabineros todos los dÃas. | ||||
| Domingo 22 de Diciembre de 2019 | ||||
| Por: La Jornada | ||||
Son cientos de hombres y mujeres, jóvenes en su mayorÃa, que enfrentan a los carabineros todos los dÃas. Se colocan en los puntos estratégicos para impedir que los gases lacrimógenos, los disparos de municiones y los chorros de agua con quÃmicos lleguen al resto de la movilización pacÃfica. Son las y los guardianes de las decenas de miles de personas que llevan más de dos meses protestando en las calles contra un sistema que los excluye. La esquina de Ramón Corvalán con la calle Carabineros de Chile es uno de los campos de la desigual batalla. Piedras contra tanquetas desde las que disparan municiones que han dejado tuertas a más de 300 personas, bombas lacrimógenas o los vehÃculos conocidos como guanacos que disparan chorros de agua con quÃmicos lacerantes que dejan ardiendo la piel por dÃas. Chile es experto en este tipo de miserias. Las noches son un hervidero. De un lado grupos de jóvenes quiebran el pavimento con mazos para dotar de piedras a la primera lÃnea. Hileras de chicos con costales de pedazos de concreto atraviesan las calles y se las dejan a quienes repelen los ataques frontales de los carabineros. Gracias hermanos, se escucha desde la refriega y el humo. Y es que sÃ, la primera batalla que se ganó fue contra el individualismo y el ego, aquà todo es colectivo. Decenas, cientos de personas esperan a los manifestantes que corren con los ojos llorosos. ¡Agua con bicabornato! ¡Agua con bicabornato!, gritan. Y los gaseados se acercan para que les rocÃen el rostro, les digan palabras de aliento, los socorran. Por cada persona lesionada se acercan cuatro o cinco de inmediato. Es el desborde. Sigue la primera lÃnea. Al oscurecer se juntan manifestantes frente a los guanacos y tanquetas y los desconciertan con la luz verde de cientos de rayos láser en los parabrisas. El espectáculo de luz y sonido inunda la calle. El guanaco retrocede. Los muchachos gritan de júbilo. De pronto la infanterÃa carabinera se despliega a pie. Parapetados en los vehÃculos reciben la orden de atacar y corren detrás de los jóvenes y golpean y patean a todo el que se les atraviese, detienen a alguno y sus compañeros tratan de rescatarlo en una batalla cuerpo a cuerpo. A veces lo consiguen. Otras el chico o chica pasa a engrosar las filas en las comisarÃas. Se habla ya de más de 20 mil detenidos en 60 dÃas de protestas, aunque la mayorÃa son liberados. A la primera lÃnea llega Claudia Aranda, reportera y activista de tiempo completo. Durante nuestro encuentro recibe por WhatsApp la imagen del ultrasonido de su próximo nieto. Está feliz. Hace 50 años lo dejó todo y se fue a vivir a una casa okupa para mantenerse disponible todo el tiempo. La tÃa del agua, le dicen sus miles de nuevos sobrinos en las calles. ¡Hidrátense cabros!, les grita con su bidón de cinco litros en la mano. En su mochila carga el láser para cuando toca desorientar a los carabineros, y su libreta y cámara, para sus crónicas. En otra esquina del escenario grupos de jóvenes intentan tumbar un semáforo. Lo jalan con un lazo para arrancarlo del concreto y formar con el poste una barricada. Decenas de esquinas ya no tienen semáforo, por lo que otro grupo de voluntarios dirige el tránsito, recibiendo como pago el sonido del claxon de los automovilistas que lo mismo le regalan una botella de agua o algo para comer. Decenas de médicos, enfermeros y sicólogos cubren los puntos de salud. Llegan aquà luego de largas jornadas de trabajo en hospitales públicos y privados, y durante horas atienden a los heridos de la revuelta. Al parecer, dicen, cada vez le ponen quÃmicos más agresivos al agua que avientan los carabineros, pues en los dÃas recientes los chicos llegan con quemaduras severas de la piel. Una joven que trabaja como productora de fiestas es ahora la encargada de la logÃstica en el centro de salud. Recibe y clasifica las bolsas de donaciones de la gente: tapabocas, analgésicos, vendas, sueros y un sinfÃn de artÃculos que se amontonan a un costado. La solidaridad, por ahora, es más grande que la emergencia. En la primera fila los jóvenes se protegen con escudos hechos con láminas arrancadas de cortinas de tiendas, con tapas de tambos, con los discos de las antenas satelitales. Son unos gladiadores. Hay hombres y mujeres bombers cuya misión es ahogar las bombas lacrimógenas con garrafas de agua con bicarbonato y sosa cáustica. Se llevan la peor parte, pues sus pulmones se llenan de tóxicos. El aplauso de sus compañeros es el único pago por cada bomba desactivada. En la manifestación no se pasa hambre. Y menos en la primera lÃnea, pues se organizan ollas comunes y se reparten gratos en carritos recuperados del supermercado. Lentejas y papas nunca faltan. A veces llegan contingentes de ciclistas con ayuda, otra veces son ellos los que la necesitan ¿Qué pasarÃa si no existiera esta primera lÃnea? Hace unos dÃa intentó llegar a la Plaza de la Dignidad, antes conocida como Plaza Italia, el centro neurálgico de las movilizaciones, una marcha organizada por maestras de kÃnder, y contra ellas arremetió la policÃa con gases lacrimógenos. La primera lÃnea sirve para que ellas y muchas como ellas puedan acceder a la plaza y manifestarse pacÃficamente. Las resorteras y ballonetas improvisadas son las armas de la primera lÃnea. Barricadas de piedras, láminas, llantas, todo lo que sirva para obstaculizar el paso de los carabineros, cuya misión es cada tanto romper esa lÃnea, atravesar las barricadas a como dé lugar e ir tras los manifestantes. Más de 40 dÃas después la mecánica es clara. Rompen la lÃnea, los jóvenes salen disparados, se dispersan y luego retoman sus lugares. Hasta el nuevo ataque. Y asÃ. ¡Encerrona! ¡Encerrona!, gritan cuando vienen los guanacos de los dos lados. No hay mucho que hacer más que agacharse y protegerse con los cuerpos. Se avisan igual cuando uno de ellos con un cóctel molotov está a punto de arrojarlo. ¡Mecha, mecha!, gritan para que sus compañeros abran cancha. La bomba artesanal vuela por los aires y cae cerca de los carabineros. El júbilo se expande, pues eso les da un tiempo para acercarse a los carabineros y continuar el combate con piedras. En medio del ataque no falta la batucada o un saxofonista que se acerca con El derecho de vivir en paz e inunda con sus notas el ambiente. Anochece y los bloqueos se van apagando. Por semioscuras calles aparecen grupos de carabineros patrullando. Y de entre las sombras, como fantasmas, se escuchan los gritos: ¡Milicos de mierda! ¡Cabros de mierda! ¡Asesinos! Una chica con una enorme piedra en la mano pasa junto a la hilera de carabineros. Los insulta de frente con la piedra escondida. Los carabineros se siguen. Ella también. Aquà se perdió el miedo. |
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