| RAÚL VÁZQUEZ MONTOYA |
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| 2026-09-13 /
17:22:39 |
| CANDIDATOS Y DISCURSOS DE SIEMPRE, CIUDADANOS AUSENTES |
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El partido en el gobierno enfrenta un desgaste institucional inevitable en el ejercicio del poder y la autoridad: promesas incumplidas, excesos transformados en arrogancia, corrupción e impunidad, y la ausencia de alternativas reales. La oposición, por su parte, permanece atrapada en su incapacidad de articular y encabezar el descontento social, sin ofrecer propuestas frente a una realidad saturada de viejos y nuevos problemas aún sin resolver.
El proceso electoral rumbo al 6 de junio de 2027, fecha en la que se renovará la Cámara de Diputados -300 de mayoría relativa y 200 de representación proporcional-, además de 17 gubernaturas, 31 Congresos Locales y más de 1,800 alcaldías, no es un calendario menor. Se trata de una elección intermedia que pondrá a prueba la credibilidad de los partidos y la confianza ciudadana.
Todos los partidos políticos cargan con una losa imposible de ocultar: una desaprobación que supera el 60%, suficiente para recordarles que la ciudadanía los mira con desconfianza y los castiga con indiferencia.
La oposición, mientras tanto, permanece ausente: paralizada, inmóvil e incapaz de competir. Y ahí está la paradoja: un sistema político que se desgasta en disputas internas mientras la mitad del país se retira del juego.
¿De qué sirven las campañas políticas que se alimentan de candidatos reciclados, impresentables y promesas incumplidas, si al final lo que produce es desafección y abstencionismo?
El nivel de participación más alto desde que existe un árbitro electoral (el IFE, hoy INE) se alcanzó en 1994, con un 77.16%, cuando la ciudadanía salió masivamente a las urnas y marcó un hito en la historia democrática.
En elecciones intermedias, la participación más elevada fue en 1991, la primera organizada por el recién creado IFE, con un 61.9%. Le siguió la de 1997, con 57.7%. Estos datos muestran que la ciudadanía responde con mayor fuerza cuando percibe que está en juego un cambio real en el equilibrio político.
Los votantes que protagonizaron la histórica elección de 1994 hoy superan los 50 años y forman parte de un bloque de más de 34 millones de electores. Según datos oficiales del INE (corte 2026), los ciudadanos de 50 años y más representan el 35.6% de la Lista Nominal.
Este segmento es clave porque históricamente muestra mayor disciplina de voto que los jóvenes, y su peso político resulta decisivo: más de un tercio del electorado puede inclinar la balanza en elecciones intermedias. La generación que protagonizó la hazaña de 1994 sigue presente en las urnas.
¿Será posible que los ciudadanos repitan aquella hazaña? La respuesta depende de los partidos, las campañas, los candidatos y, sobre todo, de la participación ciudadana, porque votar sigue siendo la única manera de evitar que el abstencionismo se convierta en el gran ganador.
El panorama de las elecciones intermedias revela que 1 de cada 2 electores no vota, y los partidos únicamente se disputan la mitad del electorado. Según las encuestas, el partido en el poder y sus aliados concentran cerca del 45% de las preferencias, mientras que la oposición -PAN, PRI y MC- apenas alcanza un tercio. Los dos partidos de reciente creación rondan apenas los dos puntos porcentuales, y el resto permanece indeciso.
El desafío está en lograr que ese 50% se sienta invitado a sentarse a la mesa, si nadie los convence ni los representa, todos los partidos seguirán siendo perdedores frente a un país donde la mitad decide no votar.
¿Qué pesa más en tu voto: la marca del partido o la voz cercana del candidato?
¿Qué pasaría si la mitad de los ciudadanos que hoy no votan decidieran hacerlo por alguien que los convence más allá del partido?
Según las proyecciones del INEGI, los jóvenes que hoy tienen entre 14 y 17 años y que cumplirán 18 para el año 2030 -aproximadamente 5 millones de nuevos votantes- se incorporarán por primera vez a la Lista Nominal.
Este bloque juvenil constituye una franja estratégica: reducido en proporción, pero capaz de definir elecciones en márgenes cerrados. Estos jóvenes abren la posibilidad de transformar el rumbo político si decide participar, pero también es el más vulnerable a la apatía y al desencanto.
Las propuestas de partidos y candidatos deben incluir el cómo, no solo el qué, pues la agenda política tiene que presentar propuestas impostergables de todas las fuerzas partidistas para que los electores decidan con información el sentido de su voto; los temas estratégicos son ineludibles: salud, con infraestructura sólida y personal médico capacitado que garantice accesibilidad y disponibilidad frente al reto del envejecimiento poblacional; educación, con la inteligencia artificial como columna vertebral del sistema; agua, eje de seguridad nacional sin la cual no hay salud, ni educación, ni desarrollo; seguridad pública integral, porque mientras haya familias que pierden a un ser querido por homicidio o jóvenes envenenados por las drogas, ningún esfuerzo será suficiente; migración, fenómeno estructural que exige control de flujos internos y externos; entre otros temas pilares de desarrollo.
Solo así la ciudadanía podrá distinguir entre proyectos auténticos y discursos vacíos, y decidir con responsabilidad el rumbo del país.
Las elecciones necesitan respuestas y votantes. La política se sostiene en la capacidad de cumplir y en la voluntad ciudadana de participar.
El reto exige, por un lado, una participación amplia que evite que la abstención se convierta en el gran vencedor; y por otro, la partidocracia debe apartarse y abrir sus estructuras a candidaturas ciudadanas: mujeres y hombres sin militancia partidista, que incorporen liderazgos locales honorables, de trayectoria limpia y reconocidos por los ciudadanos, capaces de inspirar confianza y movilizar a los votantes.
El verdadero adversario no está en la boleta, sino en el abstencionismo. La participación masiva es la única vacuna contra la decadencia política.
El Mundial nos recordó que la fuerza colectiva se mide en presencia; la democracia exige lo mismo. México vivirá otra jornada decisiva, pero en las urnas. Así como la pasión futbolera llenó los estadios y las plazas públicas, las casillas deben llenarse de votos. Cada boleta depositada es un gol que suma, construye y define el rumbo del país, asegurando que el marcador final refleje la voluntad de todos.
Y sí, sí: llenar las urnas es nuestra manera de jugar el partido más importante.
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