| FLORENCIO PÉREZ RAMÍREZ |
| Florencio Pérez Ramírez |
| 2026-04-27 /
13:32:37 |
| CELORIO, BAUMAN Y EL CERVANTES: retrotopía, el aquí y el ahora y la utopía |
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Florencio Pérez
24-04-2026
El reciente reconocimiento a Gonzalo Celorio con el Premio Cervantes trasciende el mero protocolo académico para situarse como un acto de "alta densidad cultural y política". En un mundo donde las narrativas oficiales intentan escindir la historia compartida, el discurso de Celorio en Alcalá funcionó como un espejo de nuestra propia crisis civilizatoria al utilizar una palabra clave: Retrotopía.
Este concepto acuñado por el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, el "último gran cartógrafo de la incertidumbre", quien en su obra póstuma advirtió que, ante un futuro que genera miedo y un presente insoportable, la humanidad ha iniciado un peligroso movimiento de retroceso.
El reconocimiento a Gonzalo Celorio con el Premio Cervantes no es un gesto menor ni protocolario: es un acto de alta densidad cultural y política. Constituye, en sentido profundo, la afirmación de que México y España no pueden pensarse como entidades escindidas por discursos coyunturales o visiones ideológicas estrechas.
La lengua, la historia y la tradición intelectual configuran un espacio compartido que trasciende gobiernos y narrativas oficiales. Reducir esta relación a reduccionismos ideológicos, tensiones superficiales o a reivindicaciones simplistas de los pueblos originarios no solo resulta insuficiente, sino intelectualmente precario.
La cultura, la literatura y la filosofía, demuestran que las raíces no son trinchera discursiva, manipuladora e hipócrita, sino fundamento.
Zygmunt Bauman: el último gran cartógrafo de la incertidumbre
Del hombre hablemos antes que del concepto. Zygmunt Bauman (1925–2017) fue uno de los pensadores más lúcidos y necesarios de finales del siglo XX y los albores del XXI. Sociólogo polaco de origen judío, sobreviviente del nazismo, perseguido por el estalinismo, exiliado de su propio país, hasta que fue acogido por la Universidad de Leeds, en Inglaterra. Su vida y su biografía, son en sí mismas la demostración de las fuerzas que estudió con tanta profundidad: el Poder, el miedo, la identidad, el exilio y la búsqueda de pertenencia.
Su concepto más celebrado es el de la modernidad líquida: la idea de que vivimos en una época donde nada es sólido, donde las instituciones, los vínculos, los valores y las certezas se derriten antes de que podamos aferrarnos a ellos.
Bauman observó con inquietud, que en esta época de nuestro mundo (fluido e inestable), las personas, desorientadas, empezaban a mirar hacia atrás en lugar de hacia adelante. Esa observación se convirtió en su testamento intelectual: Retrotopía (2017), publicado semanas antes de su muerte, a los 91 años.
Fue, con toda justicia, su última y más urgente advertencia: ante un futuro que genera miedo y un presente insoportable, la humanidad ha iniciado un peligroso movimiento de retroceso.
El "Aquí y el Ahora": la trampa disfrazada de sabiduría
Durante décadas, una cierta filosofía de bazar, mal digerida, peor aplicada, se instaló en la cultura popular como si fuera la cima del pensamiento humano. Su dogma central: vive el aquí y el ahora. No pienses en el ayer. No te preocupes por el mañana. El presente es todo lo que existe.
Esta idea, extraída sin contexto ni rigor de tradiciones tan profundas como el budismo zen o el estoicismo griego, ha sido convertida en slogan de autoayuda, en argumento de redes sociales y en coartada ideológica. Lo que en manos de un maestro espiritual podía ser una invitación a la presencia y la gratitud, en manos del mercado político, se convirtió en otra cosa: en una herramienta de resignación.
Porque hay una diferencia fundamental entre estar presente y quedarse paralizado en el presente.
El "aquí y ahora" comercializado no te invita a vivir con plenitud: te invita a no preguntarte demasiado. A no incomodarte. A no imaginar que las cosas podrían ser y deberían ser radicalmente distintas. Es el presente como zona de confort intelectual, moral y políticamente redituable. Es la comodidad, aceptación y manipulación de lo "irremediable": así son las cosas, así han sido, así serán, aquí nos tocó vivir, llegue quien llegue nada cambia, todos son iguales. No hay horizonte porque el horizonte incomoda. No hay futuro porque el futuro exige coraje.
Lo que nunca me convenció de esa filosofía de bolsillo, y que ahora, gracias a Gonzalo Celorio y a Bauman, encuentro articulado con toda claridad, es precisamente eso: el "aquí y ahora" sin visión de futuro no es liberación, es abandono. Es la renuncia a la esperanza disfrazada de ecuanimidad. Es la resignación con “argumentos y convicción” de lo irremediable, que además, se consolida con otros dogmas como “no esperes que las cosas cambien si no cambias tú”.
La Retrotopía: cuando el miedo al futuro nos empuja al pasado
Bauman describe algo que, visto con honestidad, reconocemos a nuestro alrededor: cuando el futuro da miedo y el presente es insoportable, el ser humano tiene un tercer movimiento posible, más allá de No avanzar, No detenerse: Retroceder.
A eso le llamó retrotopía: la búsqueda de la salvación no en un lugar que construiremos, sino en un lugar al que, creemos, podemos regresar. Un pasado idealizado que nunca existió exactamente como lo recordamos, pero que funciona como refugio emocional y por supuesto, como herramienta política. Bauman identifica cuatro grandes dimensiones de este "viaje de regreso":
• El regreso al hombre fuerte: El miedo a la inseguridad nos hace desear un Estado autoritario que nos proteja. Sacrificamos libertades por seguridad y la ilusión de orden. Alguien que diga "yo sé cómo eran las cosas antes y sé cómo volver a ellas" se convierte en líder.
En teoría política se diría: de vuelta a Hobbes.
• El regreso a las tribus: Ante la pérdida de comunidad (el vecino no es familia, no es conocido, no es comunidad, es un extraño), en un mundo globalizado y líquido donde todo se mezcla y nada se sostiene, buscamos un sentido de pertenencia (nacionalismos, fundamentalismos, partidos políticos) en grupos cerrados -tribus- como refugio de identidades excluyentes: La pertenencia, aunque excluyente, calma el vértigo.
En política se escucha: “O estás conmigo contra mí”
• El regreso a la jerarquía y la vuelta a la desigualdad: La resignación ante la desigualdad, una “aceptación” de que las jerarquías son naturales o necesarias, idealizando sistemas de castas, clases del pasado. lugares predeterminados.
En la sociedad se escucha: Siempre fue así, así será, nada va cambiar;
• El regreso al yo: El repliegue al mundo interior, al "yo", a lo familiar, a lo pequeño y conocido. El rechazo al esfuerzo que implica construir una sociedad abierta y compleja.
Escuchamos: El gobierno no tiene la culpa de nada; enfócate en tu persona, preocúpate u ocúpate por ti, por sobrevivir que a ellos no les importas, solo se preocupan por ellos mismos; la familia es lo único que vale la pena.
Cada uno de estos movimientos tiene algo en común: el pasado como escudo defensivo ante el miedo al futuro. No es nostalgia inocente, pero tampoco es el gusto tierno por lo de antes. Sino como advirtió Bauman con toda su lucidez, el pasado convertido en arma política; y las armas, ya se sabe, no construyen, destruyen.
Utopía y Retrotopía: dos energías, dos destinos
Aquí es donde el argumento se vuelve más delicado y más importante.
La utopía, en su sentido original y noble, no era una ilusión ingenua. Era una energía. La fuerza moral que le dice a una sociedad: las cosas pueden ser mejores. La valentía de imaginar un mundo más justo aunque todavía no exista. El impulso que moviliza, que organiza, que construye. La utopía es el combustible del cambio.
Sin ella, no habría abolición de la esclavitud, no habría democracia, no habría derechos humanos. Todos esos logros comenzaron siendo "utópicos", inexistentes pero imaginados con suficiente fuerza como para volverse reales.
Pero la utopía tiene un riesgo: puede volverse abstracta, ilusoria, desconectada de la realidad. Puede convertirse en el sueño que sirve de excusa para no construir nada concreto. Puede, en sus peores versiones, justificar cualquier destrucción presente en nombre de una perfección futura que nunca llega.
Por eso la utopía necesita una compañera: la razón aplicada al presente. La inteligencia que mira el aquí y ahora, no como destino para quedarse en él, sino para entenderlo como el punto de partida desde el cual construir.
Esa es la diferencia que importa:
• El "aquí y ahora" del existencialismo comercial te dice: quédate aquí.
• La retrotopía te dice: vuelve allá.
• La utopía con raíces en la realidad te dice: avanza desde aquí hacia allá.
La utopía es la energía, la fuerza, el valor, el coraje, el impulso. La razón anclada en el presente es la inteligencia que traza el camino. Juntas, forman la única filosofía digna de ese nombre, que no renuncia ni al sueño ni a la realidad.
Celorio en Alcalá: un aviso desde el idioma compartido
Cuando Gonzalo Celorio habló ante el rey de España en la Universidad de Alcalá —treinta y cinco minutos de discurso armónico, como lo describió Ciro Gómez Leyva— y usó la palabra "retrotopía" para describir el riesgo de mitificar el pasado, no estaba haciendo un ejercicio académico. Estaba haciendo algo más urgente: le estaba poniendo nombre a esa trampa.
La trampa en la que caen los gobiernos que convierten el pasado indígena en argumento de resentimiento presente. La trampa en la que caen las culturas que prefieren celebrar lo que fueron antes que preguntarse qué serán. La trampa en la que cae cualquier persona que usa el "así eran las cosas" como razón para no preguntarse cómo podrían ser.
Celorio lo dijo con toda claridad: la nacionalidad mexicana no puede disociarse de la historia y la cultura españolas. Sin la lengua española, ni México ni ningún otro país hispanoamericano hubiera podido configurar su identidad. Eso no es negar el pasado indígena —es reconocer que la identidad es síntesis, no pureza; que somos lo que hemos construido juntos, no lo que fuimos por separado; que mirar hacia adelante desde lo que somos es infinitamente más productivo que usar el pasado como escudo de ignorancias, como arma mediática, como retórica hipócrita, como manipulación abyecta.
El futuro como tarea moral
Bauman nos dejó la retrotopía como concepto, pero también como advertencia: cuidado cuando el miedo al futuro los empuje hacia atrás. Cuidado cuando alguien les venda el pasado como solución. Cuidado cuando la nostalgia se vista de programa político.
El antídoto no es ignorar el pasado, eso sería otra forma de ceguera. El antídoto es usarlo como lo que es: memoria, lección, identidad, punto de partida, nunca como destino.
Y el antídoto tampoco es ese "aquí y ahora" perezoso que renuncia al horizonte. El presente es real y hay que habitarlo con plenitud, sí. Pero habitarlo con los ojos abiertos hacia lo que puede ser. Con la energía de la utopía, ese coraje de imaginar lo mejor, y con la inteligencia de la razón que sabe desde dónde y con qué materiales se construye.
El futuro no es una ilusión. Es una tarea; y las tareas, como bien sabía Bauman, exigen valentía.
La utopía es la energía del futuro. La razón anclada en el presente es el camino. Y la retrotopía, la advertencia de lo que ocurre cuando se renuncia a ambas; cuando el Poder usa el Miedo, para manipularte y gobernar, te construye una nueva identidad y aceptas pertenecer a ella, excluyendo a quienes no están contigo porque están contra ti; y lo peor, renuncias a pensar porque pensar es un peligro para tu zona de confort.
Florencio Pérez
24-04-2026
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