De Veracruz al mundo
FRANCISCO BERLÍN VALENZUELA
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2026-03-07 / 11:35:45
El arte de gobernar con amor, sin odios ni rencores
Primera Parte

La Política como Reconciliación Humana


*Por Francisco Berlín Valenzuela





En los tiempos actuales, en los que la polarización amenaza con convertirse en método político y el lenguaje público se contamina de rencores y agravios, conviene recordar una verdad elemental, que parece olvidada, gobernar no es imponer, sino servir. El poder, cuando se divorcia de la ética, degenera en instrumento de división; cuando se fundamenta en el amor social, se transforma en fuerza creadora de armonía, que cohesiona a los gobernados y los mantiene unidos para enfrentar su destino.

Toda reflexión seria sobre el gobierno debe partir de una pregunta esencial: ¿qué es el ser humano? La política no es una abstracción; es una actividad ejercida por personas y dirigida a personas. Por ello, la calidad del gobierno dependerá inevitablemente de la comprensión que se tenga de la naturaleza humana.

Desde la tradición clásica, Aristóteles definió al hombre como zoon politikon, un ser naturalmente social, dotado de razón y orientado a la vida en comunidad. Esta condición implica cualidades fundamentales: racionalidad para deliberar, libertad para elegir, responsabilidad para responder por los propios actos y dignidad para exigir respeto.

Sin embargo, el ser humano no está exento de pasiones. Ambición, temor, resentimiento y orgullo pueden desviar la rectitud del juicio. Cuando estas pasiones dominan la razón, el ejercicio del poder se desvirtúa. De ahí que gobernar con amor no sea un acto sentimental, sino profundamente racional y ético: significa orientar la voluntad hacia el bien de todos, subordinando los intereses personales al interés colectivo.

El hombre en la política

Si el hombre es social por naturaleza, la política es una dimensión inherente a su existencia. Vivir en comunidad exige organizar intereses, resolver conflictos y establecer normas que permitan la convivencia pacífica. En ese espacio surge la política como expresión de la racionalidad colectiva.

El ciudadano, al participar en la vida pública, puede ennoblecer o degradar el ambiente político. Cuando actúa con responsabilidad y respeto, fortalece las instituciones; cuando se deja arrastrar por el fanatismo o el odio, erosiona el tejido social. Como advertía Montesquieu, la virtud es el principio vital de la república: el amor a las leyes y a la patria.

La historia de las naciones demuestra que el progreso duradero no se construye sobre la exclusión ni la revancha, sino sobre el consenso y la aceptación de reglas comunes. La política pierde su sentido y su razón de ser, cuando se convierte en instrumento para dividir sistemáticamente a la sociedad entre “amigos” y “enemigos”, cuando los encasilla en buenos y malos ciudadanos.

Continuará mañana en la Segunda Parte.

*Ex profesor universitario, autor de libros sobre Derecho Electoral y Derecho Parlamentario. Director fundador de El Colegio de Veracruz y de la Casa de la Cultura Jurídica de la SCJN.

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